LA NÚMERO 13 (DESEADME SUERTE)

Dentro de cinco días verá la luz mi novela número 13. Menos mal que no soy supersticiosa. Todavía me parece increíble que haya podido llegar hasta aquí.

Os confesaré que para mí es una novela muy especial. No solo porque cierra la serie «Ojalá», sino porque, en cierta manera, también pone el punto final a mi primer universo literario que comenzó con la historia de Lía en 2018.

Tengo tantas ganas de que les conozcáis que os dejo por aquí el primer capítulo a modo de adelanto.

Disfrutadlo.

1. MI FAMILIA

TEO

Los miro y sonrío. Es inevitable.

Para que luego digan que solo existe un modelo de familia. Pues yo te puedo asegurar que la mía, formada por muchos miembros con los que no comparto sangre, no encaja en ningún molde. Quizá por eso, para mí, es la más especial del mundo, y no la cambiaría por una más convencional.

La risa aguda de mi hermana Sofía mientras corre con sus primos por el jardín es escandalosa. Los adultos (sí, en este grupo me incluyo, aunque me faltan dos meses para cumplir los dieciocho) estamos sentados alrededor de la mesa.

—Entonces, ¿cuándo te mudas a París? —me pregunta Alba, la hermana de Axel, mi padrastro.

No es que me entusiasme esa palabra para referirme a él, pero sigo teniendo un padre biológico. Aunque, si nos guiamos por los deberes y las obligaciones que tendría que cumplir para ostentar dicho cargo, Axel, sin duda, es el dueño de ese título.

—Dentro de quince días. Quiero estar allí antes de que empiecen las clases.

—Qué pena, con la tabarra que te hemos dado para que vayas a estudiar a París, y nosotros, este año, solo estaremos en noviembre —me dice Alma, la madre de Axel.

Los padres de Axel y Alba, a los que considero mis abuelos, básicamente porque tengo más relación con ellos que con los míos propios, viven en París. Aunque este año, por lo que me cuentan, apenas coincidiremos.

—Tendremos que recomendarte los mejores lugares de la ciudad, eso sí —afirma Joan, su marido.

—Todavía no me lo creo. —Gael, que está sentado a mi derecha, me pasa el brazo por los hombros—. El enano en París. ¿Tienes claro que quieres irte? Seguro que mamá te deja cogerte un año sabático, como he hecho yo. —En Australia, para ser más concreto.

Me hace gracia que mi hermano mencione mi mudanza a París como si fuera algo nuevo. Como si no me hubiera escuchado hablar de mi sueño cientos de veces (creo que lo tengo claro desde los doce, más o menos). Vamos, igualito que él, que todavía está dándole vueltas a continuar estudiando Económicas después de su parón o cambiar a Magisterio. Aunque quizá ya lo haya hecho y se lo haya callado para no enfrentarse a mi madre. Esa desmotivación con los estudios fue una de las razones por las que, en una semana, y sin que nadie se lo esperara, tomó la decisión más trascendental de su vida. Hizo la maleta, y se fue con su novia Jana, a la que conocía desde hacía solo dos meses, a la otra punta del mundo.

—Teo no necesita cogerse nada —afirma mi madre—. Él ya está centrado, ¿verdad? —Guiña un ojo a mi hermano, solo para vacilarlo, y él se hace el ofendido, llevándose una mano al pecho.

Me encanta ser testigo de lo bien que se llevan ahora, porque te puedo asegurar que no siempre fue así. Cuando nuestros padres se separaron, la relación entre ellos atravesó momentos complicados. Gael, que siempre ha tenido mucho carácter, culpó a mi madre de todo lo que ocurrió en nuestra familia. Además, en cuanto ella nos presentó a Axel, la situación empeoró. Gael y yo nos fuimos a vivir con mi padre un tiempo, y mi madre lo pasó fatal. No fue la única, porque yo recuerdo aquellos meses con demasiada tristeza. Siempre he sido un niño hipersensible y muy empático; saber que mi madre se había quedado sola me partía por dentro, aunque no me atrevía a expresarlo abiertamente. La echaba de menos y, la mayoría de los días, conviviendo con Gael y con mi padre me sentía fuera de lugar. Como si fuera un extraño en sus vidas. Así que, en cuanto pude, regresé a vivir con ella, y mi hermano se quedó con mi padre. Luego, por suerte, mi madre recuperó la custodia de los dos. La relación de nuestra madre con Axel avanzó después de algún altibajo, y, cuando nadie lo esperaba, llegó Sofía para volvernos locos a todos. Locos de amor, uno gigante e incondicional. Es como si hubiera sido la pieza que le faltaba al puzle para que todos encajáramos y formáramos esta peculiar familia. A partir de ese día, la relación entre todos mejoró. Tanto que, en este momento, Gael parece más hijo de Axel que de mi padre, y eso sí que nadie se lo esperaba.

—A ver, universidad y París, juntos en la misma frase. Suena bastante sabático, ¿no os parece? —apunta Axel y se gana la mirada asesina de mi madre.

A continuación, ella me mira a mí y se le dibuja una sonrisa triste en los labios. Nos hemos hecho mayores, y sé que le cuesta asimilarlo. Menos mal que tiene a Sofía, a la que todavía le faltan un montón de años para llegar a la universidad. Y que Gael ya está de nuevo aquí. No me gusta ver a mi madre de bajón. Además, no tiene sentido que se ponga así, porque ella siempre me ha animado a estudiar lo que me apeteciera, sin coaccionarme en absoluto, ni con los estudios ni con la ciudad donde realizarlos. Sabe que, desde hace unos años, mi sueño es estudiar arquitectura en la capital francesa. Y, desde el primer día que se lo planteé, ella y Axel (él es arquitecto y mi ejemplo a seguir) no han dejado de ayudarme en todo lo que ha estado en sus manos para conseguirlo.

—Suena a sueño cumplido, así que espero que os alegréis por mí —argumento.

—Pues claro que nos alegramos, Teo —asevera Axel—. Los demás no sé, pero tú ya sabes que yo estoy jodidamente orgulloso de ti. —Se levanta y viene a abrazarme. Los aplausos de toda mi familia me hacen reír. Y vale, sí, también se me ha metido algo en el ojo.

Menos mal que está mi hermana para salvar la situación y hacerla menos intensa.

—¡Papi ha dicho un taco! —Sofía se chiva a mi madre, que se aguanta la risa mientras riñe a Axel por usar ese vocabulario. ¿Ella también se ha emocionado o me lo parece a mí?

Me entra un wasap y saco el móvil del bolsillo para mirarlo.

Berta: ¿Ya vienes? Mi madre y mi abuela acaban de salir, tenemos la casa para nosotros solos.

—Buah, solo le ha faltado decir que te espera… —Gael se ha asomado por encima de mi hombro y ha leído el mensaje, sin cortarse.

Ahora divagará, como hace siempre cuando se trata de Berta y de mí. Menos mal que el resto están hablando y no le han oído.

—Te quieres callar —protesto.

Berta es mi mejor amiga. Solo eso. El verano pasado tuvimos un par de intentos de ser algo más. Nos enrollamos de manera esporádica, pero, por suerte, aquel hecho no estropeó lo nuestro. Lo cierto es que, a la vuelta de las vacaciones, estuvimos unos cuantos días raros. Hablamos de lo que había sucedido y pusimos en una balanza lo que nos satisfacía más. Ganó la amistad. Y volvimos a ser solo mejores amigos. Tampoco es tan extraño que mi mejor amiga sea una chica, ¿no? Y mucho menos tiene que serlo para Gael, cuando la suya es Leah. Lo que me cansa es que no deje de insinuar que lo mío con mi amiga irá más allá. Quizá le despiste la actitud de Berta, que, en ocasiones, sí que parece que quiere algo más que mi simple amistad, aunque de verdad pensé que los dos lo teníamos superclaro.

—Te puedo acercar con la moto. ¿Está en casa de su abuela? —Asiento—. Pues te llevo. Voy al Salitre a ver a Jana y me pilla de paso. Y tengo condones en la cartera, por si los necesitas.

—Tato… —me cabreo, pero me pone su cara de buena persona (aparentemente) y termino sucumbiendo, solo a medias—. Paso de explicártelo otra vez. Venga, llévame.

Nos despedimos de todos con besos y abrazos y prometemos a Sofía que mañana, si hace sol, la llevaremos a la playa, los dos.

Antes de ponerme la sudadera para subirme a la moto, recibo otro wasap.

—¿Se pone nerviosita? Dile que ya vas, que lo bueno se hace esperar.

Y dale.

—¿Eso le has dicho tú a Jana? —contraataco.

—Jana ya lo sabe.

Me río porque él es así de capullo, pero lo queremos. Mientras arranca y se ajusta el casco, miro el mensaje. No es de Berta, es de Asier, el amigo de mi hermano.

Tu rubio: Hemos quedado esta noche en casa de Bosco, se viene party. Si te acercas, cuidaré de ti.

No voy a mentir. Me gusta mucho cómo suena ese plan. Bosco es primo de Berta, y sus fiestas suelen ser… interesantes, lo dejaré ahí.

Fue el propio Asier el que metió su contacto en mi móvil con esa definición tan gráfica. Y fue una buena idea, porque así nadie sabe quién es. Como ya te he dicho, mi hermano no ha estado en casa este curso pasado, así que no tiene ni idea de la amistad, o lo que sea, que ha surgido entre el rubio y yo. El único que nos ha visto pasar algo de tiempo juntos ha sido Bruno, el otro mejor amigo de Gael, pero sé que no le ha contado nada. No es que quiera ocultárselo, pero, como lo conozco, prefiero ahorrarme esa presión.

—Vaya, ¿esa sonrisilla? No me digas que Berta te ha mandado un nude.

—Eres un cansino, Gael. ¿Quieres dejar de pensar con el rabo un segundo? —Me guardo el móvil en el bolsillo, no vaya a ser que lo vea y me acribille a preguntas que no sabré responder.

Lo único que tengo claro ahora mismo es que sí, definitivamente, quiero irme a París. Y no solo porque quiera estudiar allí, sino también porque me apetece salir de aquí. De mi ciudad, de mi casa, de mi pequeño círculo. No es que tenga la sensación de que, si me quedo a su lado, nunca podré aclararme. Sé que terminaría haciéndolo, de un modo u otro. El problema es que primero necesito entenderme a mí mismo; explorar, probar, crecer… Conocerme. Y cuando sepa cómo quiero vivir, y, lo más importante, cómo quiero sentir, seré yo mismo el que se siente con ellos y se lo cuente.

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