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Si Nueva York suena, tú y yo bailamos.

Lo prometido es deuda. Por aquí os dejo el primer capítulo de mi próxima novela, para que empecéis a acumular ganas.

No sé la fecha exacta de publicación todavía, pero lo anunciaré prontito.

Disfrutad y contadme qué os parece.

CAPÍTULO 1

NICOLA

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Me quedo como un idiota en el umbral de la puerta, observando cómo se miran, con una mezcla de respeto y devoción. La risa que mamá trata de disimular cuando él le susurra los mismos piropos en el oído, noche tras noche, es el mejor sonido del mundo. Ese hombre fuerte, de cabello oscuro, ojos negros y manos grandes, marca los pasos y ambos se mecen al ritmo de Cosa Della Vita, de Eros Ramazzotti y Tina Turner, como si el mundo fuera solo de ellos. Parece mentira que su jornada laboral haya empezado hace más de doce horas y aún tengan ganas de seguir moviéndose.

Nunca se lo confesaré, pero me encanta verlos bailar.

Papá se gira y me pilla mirándolos, a mí también se me escapa una risa floja, no lo puedo evitar, pero pongo los ojos en blanco, fingiendo que me da un poco de vergüenza ajena la escena. Entonces él, en una clara provocación, se marca un movimiento de cadera mucho más sensual, que termina con un beso sobre los labios de mi madre.

¿Oyes eso, Nicola? Es la vida, que suena. Solo tienes que alejarte del ruido y bailarla.

La voz de mi padre, pronunciando una de sus míticas frases, que bien podrían formar parte de un recopilatorio motivacional, se diluye con los últimos acordes de la canción. Me doy la vuelta para subir de nuevo a mi habitación y acostarme, dejándolos solos unos minutos más hasta que decidan apagar las luces y despedir el día. Estoy a punto de meterme en la cama cuando el suelo desaparece bajo mis pies.

Cuatro disparos.

Cuatro disparos. Dos golpes secos.

Cuatro disparos. Dos golpes secos. Toda una vida.

Empiezo a correr escaleras abajo, lleno de pensamientos y vacío de aire, porque apenas consigo que en mis pulmones entre una pequeña bocanada de oxígeno.

Fiona me llama.

Yo no me detengo.

Grito. Grito más fuerte. Grito hasta perder la voz.

Mi hermana llega hasta mí y llora. Llora cubriéndose los ojos, con desconsuelo, con pavor, con rabia, sin emitir ni una sola palabra. Solo llora. Solo llora.

Me abalanzo sobre sus cuerpos, calientes y ensangrentados, y los abrazo. Hundiéndome entre los escasos centímetros que los separan y juntándoles de nuevo.

Sudor. El mío.

Olor a sangre. El de ellos.

Dolor. Agudo e intenso, del que te traspasa las entrañas y anida en lo más profundo de tu ser; el de mi hermana y el mío, ahora ya solos en este maldito mundo.

Su último baile.

Beep. Beep. Beep.

El sonido incesante de la alarma del móvil me devuelve al presente de golpe.

Otro puto sueño. El mismo puto sueño. Una noche más.

Me siento en la cama como un resorte y noto como las gotas de sudor me resbalan por la frente y por la espalda, estoy empapado. Me froto los ojos con vehemencia, para arrojar un poco de luz a la oscuridad del túnel. Me presiono las sienes y, a continuación, me palpo el pecho, intentando controlar mi ritmo cardiaco.

Respira, Nicola, respira. Ya no tienes diecisiete años.

Inhalo. Exhalo. Giro el cuello a la derecha y luego a la izquierda hasta que cruje, con ese sonido tan característico que da algo de grima. Me quedo apoyado en el borde del colchón, necesito levantarme, pero me tomo un par de segundos de más para calmarme. En cuanto mis pies se posan en la alfombra de cachemira de pura seda, recuerdo que estoy en el ático del Upper East Side y no en casa.

De puta madre.

El vaso con los restos de whisky en la mesilla y la melena de la rubia que está encima de la almohada me recuerdan que anoche me pasé con el alcohol en la maldita fiesta. Y teniéndola aquí, también confirmo que cedí a su capricho.

Mierda. No sé por qué he consentido que se quede a dormir.

Son las seis y media de la mañana y no puedo perder un minuto más lamentándome por mis actos. Me voy al baño y entro directamente en la ducha, sin esperar a que el agua esté caliente, es evidente que no necesito quitarme el pijama porque no lo llevo puesto.

La rubia sigue en coma profundo cuando regreso a la habitación. En el vestidor cojo uno de mis trajes negros y una de las diez camisas blancas —son todas iguales— y me visto con premura. Hago ruido a posta con los zapatos sobre la madera, para ver si se despierta, pero ella sigue sin inmutarse.

Bajo a la cocina cabreado y decepcionado, sobre todo conmigo mismo. Antes de entrar, el olor a café recién hecho invade mis fosas nasales y, automáticamente, me activo.

—Buenos días, Rosy. Llego tarde, solo tomaré esto. —Me estiro por encima de mi asistenta para coger mi capuchino y me lo llevo a los labios, con necesidad. Suele llegar tan pronto por las mañanas que a veces dudo de si no duerme aquí.

—Le he traído bizcocho de limón, señor Costas. Venga, siéntese y cómase un trozo, que no son ni las siete.

Rosy, con su metro cincuenta, su mirada sabia y esos mofletes rellenos y sonrosados, me sonríe. Es consciente de que mi vida es una verdadera carrera contrarreloj y siempre voy con prisa a todas partes. Ahora, me observa, esperando una respuesta. Habrá dedicado su valioso tiempo a preparármelo, por lo tanto, corto un trozo grande con los dedos y le doy un buen mordisco.

—Está delicioso, Rosy. Muchas gracias. Por cierto, cuando te dé la gana me dejas de tratar de usted. —Empleo un tono más serio porque se lo habré repetido mil veces, sin embargo, ella sigue negándose a tutearme.

—Usted lo ha dicho, señor, cuando me dé la gana.

Me río con su respuesta y por ese punto de carácter que ha dado a su entonación. Me toqueteo los bolsillos del traje para comprobar que llevo todo y antes de salir le pido un pequeño favor.

—Por cierto, en mi habitación está mi ropa de ayer y hay otra tarea pendiente de la que te tienes que ocupar, cuanto antes mejor.

Tal y como la miro, sabe perfectamente a lo que me estoy refiriendo.

—¿Con desayuno o sin desayuno? —me pregunta, condescendiente.

—Sin desayuno. Lo siento, ya sabes que no se suele quedar nadie, pero anoche no sé qué me pasó.

—Quizás se lo podemos preguntar a Sinatra. —Me encojo de hombros haciéndome el inocente. Probablemente haya recogido la botella vacía de Jack Daniel´s edición especial Frank Sinatra que dejé tirada en el salón.

—Quizás…—respondo y me aguanto la risa. Cuanta sabiduría cabe en un cuerpo tan pequeño. Es increíble que me trate de usted y luego me eche esas broncas tan de madre preocupada, en fin—. Hoy tengo una reunión muy importante y no puedo esperar a que se despierte y decirle adiós yo mismo—me justifico.

—Tranquilo, ya se lo dice Rosy por usted.

Sonrío y me despido. Miro el reloj otra vez. Joder. En menos de dos horas aterrizará su avión y todavía tengo que preparar algunos papeles antes de la reunión. Es una pena que no pueda estrenarme como niñera hoy.

Marco el código de seguridad del ascensor que me lleva directamente hasta el garaje. Cuando me fijo en mi Lamborghini Urus, cruzado en mitad de la plaza, me doy un golpe mental por haber conducido anoche después de todas esas copas hasta aquí. Arranco y, en cuanto se conecta el bluetooth, llamo a Adam.

—¿Una mala noche? —me pregunta antes de que pueda decir ni una palabra. Genial, aquí está de nuevo, esa maravillosa confianza que suele dar asco. Es lo que sucede cuando aparte de ser mi empleado, es uno de mis mejores amigos.

—Para olvidar, capullo. Te llamo porque tienes que ir al JFK y recoger a la señorita Suárez, ponte un puñetero cartel de esos que llevan los chóferes, como en las películas y tráela lo más rápido posible. ¿Sabes escribir su apellido? ¿O te lo deletreo?

—Soy irlandés, idiota, no analfabeto. Nunca te he dicho que mi abuela materna era sevillana.

—No, que yo recuerde. Mira qué bien, ya tenéis un bonito tema de conversación.

Cuelgo sin despedirme, que para eso la maravillosa confianza también vale.

MIL MILLONES DE GRACIAS

Este post va a ser cortito, porque mi intención era darles una bienvenida un poco más extendida, pero me habéis dejado sin palabras y mirad que eso es difícil, así que seré breve.

En menos de veinticuatro horas ya los habéis colocado ahí, en el número uno de ventas de Amazon. Vega y Elio aterrizaron ayer, cargados de miedos ( los míos, evidentemente) y llegaron a lo más alto y todo gracias a vosotras.

Siempre esperáis mis historias con muchísimas ganas y, además, me leéis muy bonito. Tanto que mis novelas apenas os duran un par de días, por eso, solo quiero daros las GRACIAS, en mayúsculas, porque sois la puta caña.

Mil millones de gracias, de corazón.

ESPECIAL NOCHEVIEJA Y AÑO NUEVO

En cualquier playa del mundo, 31 de diciembre.

            Hola, soy Elio Mayoral y la mayoría de vosotras estáis a punto de conocerme, así que no me puedo explayar mucho, porque os destrozaría mi historia. Si se entera Edurne de que os la destripo, me matará, y no queremos que eso ocurra. Los del norte tenemos nuestro carácter, ya lo sabéis.

            Creedme cuando os digo que es tan jodidamente especial como os ha repetido ella durante los últimos meses, ahora, espero que a vosotras también os lo parezca.

            Solo os diré que hoy despediré el año de la mejor manera posible; con la combinación perfecta de mis elementos favoritos: Ella y el mar.

Y para terminar, un caramelito.

 

Manhattan, 1 de enero.

            Adam viene al salón con tres botellines de cerveza más y se sienta entre Richard y yo, meneando su culo para hacerse un hueco. Es Nochevieja, bueno, ya es año nuevo, el más surrealista que recuerdo. Y eso que con este par he vivido unos cuantos ya.

            —¿No tenéis casa, capullos? Todavía no me explico cómo después de haber estado en Times habéis llegado aquí.

            —Joder, Nicola, deberías follar más —suelta el irlandés y me abraza—. Ser el CEO de Coté Group te estresa demasiado. Deberías retirarte a la Toscana unos meses.

            —Sí y fabricar vino —añade lacónico Richard. El jodido lo dice con retintín, porque sabe que nunca me pareció mal plan a largo plazo, pero ni de coña ahora.

            De momento, tengo suficiente con dirigir Coté y más ahora, que Gabriel está delicado de salud y ha delegado en mí toda la responsabilidad. Mis días son cualquier cosa menos tranquilos, así que después de cenar con mi hermana y mi sobrina, lo único que me apetecía era venirme a mi casa en NoLIta y tirarme en el sofá. Sin compañía. Deseo que, claramente, no se ha cumplido.

            —¿Vosotros hoy tampoco folláis, no? —les pico ahora a ellos—. Por eso habéis decidido venir a tocarme las pelotas.

            —Venga, si en el fondo te encanta tenernos aquí. —Richard es el que me abraza ahora y me revuelve el pelo. Le engancho por el cuello y terminamos dándonos de hostias los tres, como cuando teníamos quince.

            —Basta, joder. Que ya somos mayorcitos. —Intento poner un poco de paz, en el fondo me encanta ver que seguimos estando tan unidos como de críos. Sin ellos yo no, simplemente no.

            —Vamos, cuéntame que deseo has pedido para este año nuevo —me apremia Adam y lo miro mal.

            —Espera, yo te lo digo… —me corta Richard.

            —No, joder, no me refiero a ese. —Interviene ahora Adam y los tres nos miramos y nos callamos, porque es absurdo repetir año tras año lo mismo.

            —Los deseos no se cuenta, idiotas.

            —Vale, pues ya lo pido yo por ti, Mozzarella —me dice Adam.

            —No seas gilipollas —me mosqueo.

            —Deseo que este año que comienza, llegue una tía a tu vida que te saque de tus casillas y te ponga en tu sitio. Una que sea un maldito huracán, que llegue y arrase con todo.

            —Joder, cuanta maldad. Pero vamos, que también te digo que eso ha sonado como una puta película, me apunto a verla —sisea Richard cuando lo escucha —Venga, brindemos por ese maldito huracán.

            —A vosotros se os va la pinza, ¿no? —rebato, pero aun así choco mi botellín con el de ellos, porque, en ocasiones, es mejor darles la razón como a los tontos.

            ¿Una tía que me ponga en mi lugar? ¿Qué gilipollez de deseo es ese?

            Siete meses después…

            No os lo vais a creer, pero… joder, el capullo del irlandés en vez de un deseo me debió lanzar una puta maldición, porque…

            ¿Queréis saber más?

            Pues no os preocupéis, porque este año que está a punto de empezar, podréis conocerme a mí, a ella y a estos dos capullos también.

            Nos leemos.

            Feliz 2022 a tutti.

            Nicola Basso

No me matéis, pronto habrá más.

Nos leemos…

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE V)

Madrid, 31 de diciembre.

NOEL

            —¿Me puedes recordar por qué he accedido a cenar allí? —le pregunto a Sira antes de que llamemos al ascensor para subir a la quinta planta.

            —Porque su salón es más grande que el nuestro, y, además, han cuidado de Alan y Nala toda la tarde. Gracias a eso, tú y yo hemos podido hacer un montón de cosas que teníamos pendientes.

            —Mmm.. —ronroneo recordando las horas anteriores con ella entre las sábanas.

            Su llama, mi fuego y las putas ganas de amarnos y saborearnos a cuatro manos. Desde la punta de los pies hasta el último pelo de la cabeza. Con Sira el sexo siempre es así, desmesurado e incontrolable. Real y libre, sin imposiciones. En cuanto entramos en el cubículo la acorralo contra el espejo—. No me hagas rebobinar todas esas imágenes, porque me pones malo. Muy malo.

            Ella misma ataca mi boca, me besa sin titubeos y antes de separar nuestros labios, posa su mano en mi abultado paquete.

            —Vaya, enfermero, pensé que ya te había curado este mal.

            —Hay males eternos, violeta.

            Nos colocamos la ropa y salimos al descansillo, solo falta que el puto poli esté esperándonos y nos pille en pleno calentón. La puerta de casa está entreabierta y en cuanto atravesamos el umbral, nos detenemos en la entrada, con la vista fija en el salón.

            La puerta doble de madera está abierta de par en par y, sentado en la alfombra, al lado del árbol gigante de Navidad, está David, jugando con sus tres sobrinos.

            —Esto…

            —¿Caro? —grita Martina y se asoma por el pasillo—. Oh, pensé que era ella.

            De repente, solo se respira silencio, hasta los niños se han callado. Mi hermano, al que hace una eternidad que no vemos, alza la cabeza y se da cuenta de que somos nosotros. Jacobo, que debía estar cerca, coge a su hija de los brazos de él, y se queda de pie con ella. Sira, en un acto reflejo, me da la mano, entrelaza sus dedos con los míos, deteniendo el tembleque que empezaba a tener.

            —¿Por qué estáis todos tan callados? —Esa es Claudia, mi hermana, que estaría en la otra punta del salón y se habrá quedado flipada con la escenita.

            Es como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa y hubiera congelado nuestra imagen, la de todos, manteniéndonos a cada uno en nuestra posición.

            —Bueno, yo me tengo que ir… —dice mi hermano y se levanta del suelo. Dios, que fuerte me parece tenerle tan cerca y a la vez tan lejos.

            Mis hijos se enganchan a sus piernas, y le piden que se quede un ratito más, le hablan de no sé qué juego y de una promesa. No entiendo sus palabras, porque las emociones están ascendiendo de mi pecho a mi garganta, provocándome un revoltijo interno difícil de controlar.  

            Sé que Claudia y Martina quedan con él de vez en cuando, sobre todo cuando se llevan a dar una vuelta a nuestros hijos. Al principio, lo hacían de forma más esporádica, pero, últimamente, lo hacen con más asiduidad; quedan con él en el parque alguna tarde, o en casa de mis padres. Cuando Martina tuvo a la niña, se ablandó un poco y comenzó a tener algo de contacto con nuestro progenitor, gracias a la intervención de su madre, que insistió para que no privara a su nieta de tener un abuelo. Nosotros nunca nos hemos opuesto a esos encuentros, porque los niños no tienen porque que sufrir las consecuencias de los comportamientos de los mayores, lo que pasa es que es distinto imaginarlos juntos, a verlos con nuestros propios ojos aquí.

            —¡Papi, mami! Miraz (Alan es muy de zetas) lo que nos ha traído el tío Daviz. —Mis hijos, ajenos a la situación, vienen a por nosotros exaltados y no nos queda más remedio que movernos del metro cuadrado en el que nos habíamos anclado.

            —Pensé que llegarían más tarde —le comenta Claudia a mi hermano en tono bajo, pero lo oigo desde aquí. Supongo que el trato no era que coincidiéramos. O sí.

            Él coge su cazadora y se agacha a dar unos besos a los niños en la cabeza, que ahora están pegados a Sira y a mí. La situación es rara, sin embargo, todos guardamos las formas.

            —Puedes quedarte si quieres —le dice Sira con un tono firme pero suave.

            Ella nunca ha querido que él saliera de mi vida. Ha luchado y me ha animado millones de veces a intentar recuperarlo, pero él nunca ha accedido.

            David se debate entre mirarnos a los ojos, o salir escopetado con la vista clavada en sus zapatillas. Cuando alza la barbilla y nuestras miradas, cargadas de algo que no sé describir, se cruzan, me parece observar un amago de sonrisa en sus labios, pero solo es un amago.

            Me dolió tanto que nunca quisiera volver a saber de nosotros, que no fuera capaz de compartir el mismo espacio, ni tan siquiera sentarse con nosotros en la misma mesa, que ahora, teniéndole aquí delante, es como si la costra de la cicatriz me impidiera notar si sigue escociendo. Lo di por perdido. Hace años que lo perdí.

Ya se sabe que la Navidad es propicia para encuentros inesperados y para ablandar corazones de hielo, pero conozco a David y sé que si no ha cedido en todo este tiempo, las luces del árbol y el espíritu navideño no le harán cambiar de opinión ahora.

            —Me voy, chicos. —Se despide de todos—. Feliz año nuevo —dice cuando pasa por mi lado y noto su mano sobre mi brazo un par de segundos.

            Ese mínimo contacto me desconcierta. Quiero girarme y acompañarle a la puerta, quiero decirle que tiene mi número, que me llame cuando le apetezca, quiero decirle que le he echado de menos, quiero decirle tantas cosas. Sin embargo, solo repito su feliz año nuevo, como un mantra.

  Claudia y Martina le custodian hasta la puerta y allí se encuentran con Carola, que llega justo en este instante. Me doy cuenta de que entre las tres le arropan y le animan, así que supongo que él se haya quedado igual de tocado que yo.

            —A mí no me mires —se excusa Jacobo al ver la cara que se me ha quedado—. Ya les dije que era una pésima idea. ¿Estás bien? —Esa pregunta va dirigida a Sira, porque aunque el puto poli y yo nos llevamos mejor desde que está con Martina, mi chica siempre será su ojito derecho.

            —Sí y no. Pero una cerveza como esa me ayudaría bastante. —Sira señala el botellín que tiene su amigo en la mano, él sonríe y va a buscarlo. Los niños le siguen a a cocina, a ver si pillan algo para picotear y nos dejan solos.

            —Sira…

            —¿Tú le has visto con ellos? No sé por qué sigue empeñado en pasar de ti. ¿No crees que quizás, él y tú…?

            —Shh. —Me acerco y la estrecho entre mis brazos. Paso mi mano por su espalda y enredo mis dedos en su pelo. Sé que piensa que todo es por su culpa. Todavía hay algo dentro de ella que grita que renuncié a él por ella, pero sabe de sobra que yo nunca he pensado así—. No quiero que le des más vueltas. Es David, los dos sabemos que no cederá.

            —Está bien. Yo solo digo que quizá…

            —Quizá, pequeña, quizá. Pero, mientras tanto, que te quede claro que tengo todo lo que quiero. A ti, que eres el mejor hogar y refugio del mundo, donde siempre quiero estar, porque a tu lado todo tiene sentido. A nuestros niños, que son energía y motor, y que nos hacen querer ser mejores cada día. Y por tener, tengo hasta esta mezcla extraña de familia, donde todos son importantes.

            —¿Incluido Jacobito? —Me pica y me río, porque me encanta ver esa sonrisa de cabrona en sus labios.

            —¿Me has llamado? —pregunta el aludido y nos acerca dos cervezas.

            —Sí, mi vida ya no sería la misma sin el puto poli —reniego y doy el primer trago al botellín.

            —La mía tampoco, ¿verdad, madurito? —Esa es Martina, que se acerca a él con su niña en brazos. Es bonito el trio que forman, no voy a negarlo.

             Creo que es el momento perfecto para abrir la veda de las pullas. Sira se mete con su hermana, por zalamera. Yo con Jacobo, porque sí, con él nunca necesito encontrar un motivo real. Claudia con Caro y viceversa, ellas siempre tienen trapos sucios de los que tirar. Hasta que vuelve a sonar el timbre y llegan el resto de invitados. Lau con Nacho, que serán papas en unos meses, y están más que felices y Oriol, aquel amigo de Martina que ahora está trabajando en Madrid y hoy cenará con nosotros.

            Sira me mira y cogemos a nuestros niños en brazos. Tratamos de frotar nuestras narices en un beso de esquimal, las de ellos son como pequeños botones, imposibles de encontrar.

            —Tú, ellos y nuestro… —le susurro en el oído antes de separarnos para sentarnos a cenar.

            —Parasiempre.

            ¿Qué más puedo pedir?

JACOBO

            —La mía tampoco, ¿verdad, madurito? —Martina se acerca con nuestra niña en brazos y sonrío como un imbécil.

            No pueden ser más perfectas. Mi bebé y su madre, que ha dejado de ser la pequeña de la casa, se acurrucan contra mi pecho y con eso ya no necesito el oxígeno para vivir. Sí, así de empalagoso me ponen. Joder, es que, siempre tuve claro que quería tener hijos y cuando Martina se quedó embarazada, me volví completamente loco. Lena nació el mismo día que nosotros, no fue casualidad del todo, porque a Martina la tuvieron que inducir el parto y entonces pudimos escoger la fecha para hacerlo coincidir. Todavía me emociono recordando la primera vez que la tuve en mis manos.

            —Mi vida es mucho mejor ahora, nena, con vosotras.

            —Traed a mi niña, que la vas a asfixiar con tanto achuchón. —Caro nos quita a la niña y se la lleva con Oriol. Sí, ese amigo suyo que no me cae especialmente bien, y que cenará hoy con nosotros. Lo mejor de todo es que en cuanto terminen se irán a quemar la noche de Madrid y yo podré disfrutar de Martina hasta que Lena nos deje, porque no duerme mucho todavía.

            —¿Qué tal están? —me pregunta señalando con la cabeza a Noel y Sira, que están abrazando a sus hijos a nuestro lado.

            —Tocados. Tu hermano lo lleva peor, creo. Te dije que no era buena idea forzar el reencuentro, pero como siempre, me lías y me llevas por donde quieres.

            —Claro, porque sigo siendo tu debilidad, madurito.

            Martina se apodera de mis labios y oímos como carraspean nuestros invitados cuando nos besamos. A ver, la verdad es que el beso casto no es.

            —Exacto. Lo malo es que ahora tengo dos debilidades. —Sonrío de nuevo como un imbécil mirando a Lena, que está tan contenta en los brazos de Carola—. Vais a acabar conmigo.

            —Tranquilo, sigues siendo el más fuerte de la casa, nene —me anima apoyándose en mis hombros y colgándose de mí como un monito.

            —Si nos disculpáis unos minutos… —siseo con su lengua en mi boca y desaparecemos un ratito del salón con los exabruptos de la mayoría de nuestros invitados de fondo.

            Me podré tomar una licencia, ¿no? Que para eso soy el anfitrión.

DAVID

            Clau y Marti me han liado. Me sonó raro que insistieran tanto para que viniera a ver a los niños aquí, cuando hace dos días estuve con ellos en casa de mis padres. Pero no sé, se pusieron tan pesadas que al final accedí. Sé que ellos viven aquí, cuatro plantas más abajo, sin embargo, no pensé que iba a verlos, ni mucho menos que iba a tenerlos tan cerca y a la vez tan lejos.

            ¿Qué cómo me siento? Triste.

            Supongo que una ligera melancolía me ha invadido cuando los he visto a todos ahí juntos. Alan y Nala me adoran y yo a ellos. Agradezco que mis hermanas intervinieran para que los conociera y forme parte de sus vidas. Y, por supuesto, debería darle las gracias a sus padres porque me lo permiten. Pero, cuando los he tenido a los cuatro delante de mis ojos, siendo testigo de la familia tan botita que hacen, me he derrumbado un poco, por dentro.

            Quizá porque sigue doliendo, aunque cada día menos. Quizá porque he sentido un impulso irrefrenable de abrazar a mi hermano y lo he disimulado con un pequeño gesto sobre su brazo. Quizá porque me gustaría recuperarle y poder compartir con él mis movidas, las buenas y las malas. O quizá, simplemente, porque no hubiera estado mal quedarme y sentarme con todos en esa mesa a cenar, al fin y al cabo, son mi familia.

            —Venga, hermanito, quédate. —Clau y Marti me escoltan hasta el ascensor y en ese momento llega Carola.

            —Os habéis pasado. Ya hablaré con vosotras —las amenazo, pero me ignoran.

            Me apretujan entre las tres y me llenan la cara de besos, creo que el de Caro es más provocador que otra cosa. Lo nuestro fue una noche loca, pero, desde entonces, nos gusta alimentar la ilusión de repetir, algún día.

            —Sed buenas. —Me zafo de ellas como puedo y me cuelo antes de que se cierre la puerta del ascensor.

            Cuando salgo a la calle cojo aire. Me ato la cazadora hasta arriba porque hace frío y echo un último vistazo desde el jardín a la ventana del quinto piso.

            Sube, David. Sube y cierra esa página.

            Mi móvil se ilumina y veo en la pantalla un mensaje de mi padre, me dice que ya están en casa esperándome. Hoy cenaremos los tres. Lo guardo en el bolsillo y me voy a coger el coche.

            Quizás el año que viene.

            Quizás. 

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE IV)

            Londres, 31 de diciembre.

            Cierro la puerta del frigorífico y antes de regresar al salón con la botella de champán para nuestros invitados, me doy de bruces con ella. Su sonrisa nerviosa, su olor a jazmín, ese que desata mis instintos más carnales, y su mirada, oscura y cargada de vértigos, concentrada en la mía, me hacen tambalearme. Está… Joder. Está tan guapa hoy que tengo que contenerme, mucho, demasiado, o terminaré cancelando esta cena y mandándolos a todos a sus respectivas casas.

            —Deja de perseguirme, Little.

            —No estoy aquí por ti. He venido a por agua.

            —Claro, y entonces, de manera casual, te has chocado conmigo. —Sujeto sus manos y las poso sobre mi pecho. Se muerde el labio por un lado y suspira.

            —No, me he tropezado con tu desmesurado ego, que con el paso de los años crece. Un día no vamos a caber en tu casa.

            —Nuestra casa —la corrijo.

            —Nuestra casa.

            Sonrío y me acerco más para estrecharla entre mis brazos. Trata de zafarse, pero su fingido desinterés se volatiliza cuando mi boca se posa sobre la suya. Noto como su respiración se acelera.

            —¿Te quieres tranquilizar? Estarán a punto de llegar.

            —No puedo. No la veo desde hace casi un año, Al. Estoy nerviosa.

                        Lo sé. Lo sé.

            —¿Ya estáis frotándoos otra vez? Joder, no sé por qué no he cogido un avión y me he pirado a alguna playa paradisiaca y solitaria —espeta Úrsula y se mete entre los dos para separarnos.

            Hay cosas que continúan igual, por muchos años que pasen. Su animadversión a las relaciones y a las muestras efusivas de cariño siguen sin ir con ella. Se mudó hace meses al apartamento que dejó Dafne a unos metros de nuestra casa, porque le resultaba más cómodo que el nuestro, pero sigue pasando más horas con nosotros que allí. Ahora vive a caballo entre Madrid, Londres y Nueva York; sí, ha añadió un destino más a su ajetreada vida laboral, y, quizá por eso, cuando está aquí, prefiere no estar demasiado tiempo sola.

            —En el fondo te gusta ver que los demás se quieren, Ursulita —le pica Nora.

            —Sí, muy en el fondo.

            —Perdón, Jules quiere una tónica y no quedan en la mesa. —Robert entra en la cocina y nos interrumpe.

            No me pasa desapercibida la mirada que le dedica nuestra amiga antes de poner los ojos en blanco y bufar, se gira con brusquedad para pasar por delante de él y regresar al salón.

            —¿Han llamado al timbre? —pregunta Nora atacada y se va escopetada a abrir.

            —¿Qué pasa con Úrsula? —le pregunto a Robert.

            Mi amigo y ella tuvieron algo, algo sin definir. Quisieron llevarlo en secreto y mantenernos a todos al margen. Más o menos lo intuíamos, pero preferimos no inmiscuirnos en su intimidad. Creo que aquello se les fue de las manos, eran muy amigos y se llevaban de puta madre, en cambio, desde que Robert empezó a salir con Jules, hace unos meses, no se soportan y parece que no pueden compartir el mismo espacio. 

            —Nada.

            —Ya.

            —Acabará entendiéndolo —sisea como si supiera que estoy al tanto de lo que les ocurrió y me deja con la palabra en la boca.

            Le preguntaré un día, pero no hoy.

            —Son Becca, Margot y Roy —me anuncia Ele y salimos al salón para seguir recibiendo a los invitados.

            El niño viene corriendo a abrazarme y me lo llevo a la cocina para darle su  chocolatina favorita. Sus madres son de la liga anti azúcar y no hay cosa que me guste más que malcriarlo, solo para escuchar cómo me ponen verde.

            —¡Alan! —se queja la pelirroja cuando le ve relamerse el chocolate que le ha quedado en el labio.

            —Es la última del año. Lo prometo.

            Me mira mal, pero me la gano envolviéndola con mi fuerte brazo y acariciando su barriga. Becca sigue siendo mi gran apoyo, no solo en el trabajo, también fuera de él. La familia que ha formado con Margot es increíble y, además, está a punto de ampliarla, porque está embarazada. Esta vez va a ser ella quien tenga a su próximo bebé y durante su baja seré el director de la escuela, así que también le hago la pelota todo lo que puedo, pero con disimulo.

            El timbre vuelve a sonar y nos piden ayuda desde la puerta. Son Dafne y Gio, cargados con las bandejas de la cena. Han preferido cocinar en el restaurante y traer todo preparado ya. La mesa está puesta, pero lo dejamos en la cocina mientras esperamos al resto de invitados. Estos dos siguen igual de locos el uno por el otro, es como si vivieran una luna de miel continua. Es extraño, porque, además de compartir la pasión por los fogones, comparten el trabajo en el restaurante, en el que invierten muchas más horas de las que deberían, y eso, en vez de alejarlos, les ha unido todavía más. El café Havana se lo ha traspasado a una prima cubana que ha recalado en Londres, afortunadamente, tiene la misma mano con la repostería que Dafne.

            —¿Ya han llegado? —nos pregunta la cubana igual de nerviosa que Ele.

            —No, todavía no —responde ella.

            —¿Pero han aterrizado, no? Con la cena no me ha dado tiempo a mirar el móvil.

            —Sí, tranquila. Estarán al caer.

            Lleno las copas de todos con el champán y hacemos un brindis sencillo.

            —Cheers.

            Nos quedamos alrededor de la mesa de pie y suena mi móvil. Es una videollamada de Andrea. Está en Italia, con Antonella y su familia. Jamás pensé que mi amigo caería así, con todo el equipo. Es verdad que en la boda de Dafne ya apostamos por la duración de su relación, pero en el fondo, ninguno tenía muy claro que ella fuera a ser la definitiva. Se lamenta por no estar con nosotros y termina hablando en italiano con Gio, muy acalorado, como suelen hablar entre ellos normalmente.

            —No me jodas. ¿Ha dicho la palabra boda? —le pregunto después de que cuelga porque he entendido parte de su conversación.

            —Sí, pero es la de mi hermana, no la suya.

            —Joder, qué susto.

            Gio y yo nos miramos, cómplices, y nos llevamos la mano al bolsillo. Sacamos unas cuantas libras y nos descojonamos cerrando la siguiente apuesta sobre su próximo enlace, que no tardará en anunciar.

            —Hola, ya estamos aquí…

            El timbre no ha sonado en esta ocasión. Claro, nos habíamos olvidado de que ellos tienen llaves.

            Nora se lanza al cuello de Lara y Dafne al de Evan. La imagen es… Buah, la imagen hace que se me empañen un poco los ojos, solo un poco. Pestañeo, porque no me reconozco. ¿Cuándo me he vuelto tan moñas? Vale, no se lo digáis, pero yo también los he echado de menos. Los chicos han estado viviendo en Estados Unidos todo el año y, al final, por una cosa o por otra, no hemos podidos verlos hasta hoy. Saco mi móvil y les hago unas fotos, a continuación, se las envío a Manuel y a Lucía, les encantará ver a su hija y a su nieta juntas de nuevo.

            —Estás… estás muy guapa, cariño. Ven aquí. Déjame mirarte.

            La mira y la toca, como si quisiera comprobar que es real.

            —Mamá, por favor. Vas a ahogarme.

            —Yo también quiero. —Úrsula se acerca a ellas y se abrazan las tres un buen rato.

            Gio choca su mano con Evan y yo hago los mismo. Lara aparta a todos cuando la agobian mucho y me sonríe con entusiasmo. Es mi turno.

            —¿Se ha puesto muy pesada? —Me pregunta refiriéndose a su madre mientras la estrecho entre mis brazos.

            —No más de lo que se pondrá cuando se lo cuentes.

            —¿Qué tienes que contarme? ¿Y, por qué tú lo sabes?

            Mierda. Ele me mira a mí, luego a su hija y después a Úrsula, suponiendo que ella está al tanto también de lo que sea que nos guardamos. Efectivamente, Lara nos lo contó a los dos, porque sabe que somos el mejor filtro antes de llegar a su madre. Ella y Evan van a regresar a Estados Unidos y quieren vivir allí por lo menos un año más, pero no se ha atrevido a contárselo todavía. Así que Ele se piensa que han vuelto para quedarse.

            —Mejor cenamos primero, ¿no? —dice Lara dubitativa.

            —Sí, no vaya a ser que a mi Norita luego no le pase la comida.

            Se van todos a sentarse a la mesa y Ele tira de mi mano, para encerrarnos en el baño.

            —Al…

            —Little… —La acorralo contra la puerta y me inclino para quedarme a un centímetro de su boca. Nos miramos a los ojos y aunque sé que hace tiempo que el vértigo dejó de acompañarla cada día, ahora, atisbo una pequeña sombra sobre su iris. 

            —Se va a volver a ir, ¿no?

            —Sí, pero ¿tú los has visto, Ele? Joder, irradian felicidad y son jodidamente perfectos. Dan puta envidia.

            —Lo sé. —Se tapa la cara con las manos.

            —La vamos a echar de menos, pero tienes que dejarla volar. —Llora y a la vez sonríe. Le limpio las lágrimas que caen por sus mejillas—. Yo sigo estando aquí para ti, Ele, no lo olvides. Y seguiré volando contigo.

            Paso el pulgar por su boca. Ella arquea una ceja, porque sabe que de ahí a que mi lengua se cuele entre sus labios y arrase con todo, solo hay un paso. Un pequeño paso, que por supuesto doy, porque besar y encender a Ele es un placer del que nunca me canso.

            Sus súplicas para que pare o vendrán a buscarnos, mueren en mi garganta, Y sus piernas apenas pueden aguantar el equilibrio cuando mis manos se abren paso entre sus muslos.

            Mis dedos.

            Mi boca.

            Mi piel.

            Mis te tengo.

            Mis te cuido.

            Sus te quiero.

            Sus jadeos.

            Sus temblores.

            Sus besos.

            Sus latidos.

            Adiós vértigo, ya puedes irte por dónde has venido.

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE III)

Barcelona, 31 de diciembre.

Por supuesto que he cocinado yo para toda esta gente. ¿Lo dudabais? Pasan los años, pero hay muchas cosas que no cambian. Como la escasa intención de mi Loca de meterse en una cocina. O las meteduras de pata de Eloy con las tías. O las eternas conquistas de Xavi. O el escaso filtro de la Peligrosa cuando abre la boca para decir lo que piensa, aunque, después de los meses tan duros que ha pasado con lo de Triana y Adri, será mejor que no me meta con ella esta noche. Tampoco han cambiado las ganas que tengo de quedarme a solas con Gala y recitarle, mientras me hundo en ella hasta el fondo, la lista de deseos que he confeccionado para el próximo año, que es ya una tradición.

            Estamos cenando en casa de mis suegros, que es la única en la que cabemos todos alrededor de una mesa, y sí, ya lo puedo decir así, con todas las de la ley, porque, después de tropecientos mil intentos, Gala por fin cedió y se casó conmigo. Al final, como prometí en bromas a mi familia, nos casamos en Montefioralle, una tarde inolvidable. Fue una ceremonia mágica por muchos motivos, el principal, que nuestros hijos, Santi y Laia, estaban con nosotros, pero también porque toda nuestra gente nos acompañó en ese viaje.

            —¿Quién va a comer uvas? —pregunto desde la cocina. Soy el encargado de prepararlas también, obvio. Aquí el papel de cocinero ya me lo he ganado de por vida.

            —Yo no, que el año pasado me trajeron mala suerte —dice mi hermano y se gana un insulto por parte de Adri, que está a su lado.

            La mala suerte de la que habla fue más bien el karma. Después de haberse escondido durante meses, Adrián le pilló enrollándose con su hermana en el portal de casa de su madre. Creo que algo se olía, pero ver a Lorena con él, con sus propios ojos, le jodió el doble que si se lo hubiera contado mi hermano, supongo que sintió que había traicionado su confianza. Ahora están aquí los tres, el cabrón de Adri se ha sentado en medio, solo por joder, y, aunque nos hace creer que lleva mal que estos dos salgan juntos, en el fondo, está más contento de lo que se imaginaba, será por eso que dicen de: Más vale malo conocido que bueno por conocer.

            —Espera que te ayudo —se ofrece mi amigo.  

            —¿Qué tal los niños?

            —Un poco desquiciados, lo normal. Xavi y Eloy no paran de liarlos. Parecen ellos los críos. Laia está dormida arriba.

            —¿Y la Peli?

            —Bien, creo que bien.

            —Me he quedado un poco flipado, la verdad es que no me lo esperaba. ¿Tú cómo estás?

            —Flipando mucho, acojonado y feliz.

            —¿Todo correcto? —Gala irrumpe en la cocina y se hace el silencio entre nosotros.

            Mi amigo asiente, pone una sonrisa de bobo de manual, y sale con las copas en las manos. Somos los únicos que conocemos la noticia, así que todavía vamos con pies de plomo antes de meternos a analizar el tema.

            —Me imitas muy mal, Loca —le susurro en el oído cuando se acerca a mí, porque me acaba de robar mi pregunta estrella—. No le das la entonación adecuada. —En un sutil movimiento, la giro y la apreso contra la isla. Mis manos a cada lado de su cintura la impiden huir. Me inclino y le como la boca, sin medida.

            —Camino…

            —Dime, esposa mía… —Me la estoy jugando, lo sé.

            —Marc… —aúlla en mi boca y no puedo hacer otra cosa que sonreír. Mi mujer sigue huyendo del convencionalismo de algunos términos románticos y me encanta chincharla. Es un blanco demasiado fácil.

            —¡Mamá! Mira estos dos. Están haciendo guarradas en tu cocina. —Xavi entra a coger más botellas de cava y nos pilla enredados.

            —No son los primeros ni serán los últimos —afirma mi suegra tan pancha—. Esa cocina es un escenario perfecto para dedicarse atenciones.

            —Joder, mamá. ¿Hasta cuándo vas a darme ese tipo de información? —chilla Gala y se separa de mí, bufando.

            —Hasta el día que me muera. Y cuando eso suceda, te dejaré publicar mi biografía —dice mi suegra, sujetando la puerta para que salga su hijo con el cava.

            Veis, otra cosa que no cambia. Laura y su openmind.

            —No pienso publicar eso —sisea Gala y me descojono porque solo lo he oído yo.

            —¿Tenéis todos uvas? —pregunto por última vez, que al final me pierdo las campanadas.

            —¡Sí! —gritan varias voces.

            —Pues entonces vamos —dice Gala y me da la mano para salir. 

            Entrelazo nuestros dedos y vamos al salón. Aquí no cabe ni un alma más, algunos están sentados en las sillas, otros tirados en la alfombra al lado del sofá, y otros de pie, enfrente de la televisión. Al único que no veo es a mi padre, pero sé de sobra donde está, con Laia; pensé que jamás igualaría la conexión que tiene con Santi, pero la enana de la casa se lo ha camelado también. Tendré que subir a buscarle o se perderá el cambio de año.

            —¡Cuidado que estos son los cuartos! —advierte Eloy y todos nos reímos. Este año no va a comerlas, como ha dicho antes, pero es él el que se equivocaba siempre y acababa antes de la última campanada.

            Una. Dos… Diez. Once. Y doce.

            —¡Feliz Año Nuevo!

            —¡Feliz año a tutti!

            Los gritos, los silbatos, que tan acertadamente ha regalado mi cuñado a los niños, y las bengalas iluminan y alegran el ambiente en el salón. Los brindis, entre besos, abrazos y bailes inesperados, contagian a cada uno de nuestros invitados.

            —¿A ti ya te he besado? —pregunto haciéndome el despistado cuando pillo a Gala por la cintura, para frotarme otro poco con ella.

            —¿Hoy? —Gala se mira el reloj, teatrera—. Solo dos veces y con poca lengua.

            —Ahora mismo lo remedio.

            El beso no es apto para todos los públicos y, además, lo acompaño con mis manos sobre su trasero, con un restregón digno de adolescente hormonado. Aquí cada uno está a lo suyo, así que no me corto. Gala jadea en mi boca y su lengua, igual de revoltosa que la mía, no deja de provocarme.

            —Joder, Loca, si salimos ahora de aquí, en menos de media hora estoy quitándote las bragas y enterrándome entre tus piernas.

            Ups, sí, otra cosa que no cambia. Yo, mis ganas de Gala y mi vicio por desnudarla.

            —Marc… —Suena impaciente—. ¿No puedes conseguirlo en quince minutos?

            Me reta y se muerde el labio anticipándose. Mi polla también se anticipa y sus pezones, que se clavan en mi camisa. Hostia puta, me la estoy imaginando desnuda y acoplada a mí de tantas formas…  

            Los niños se van a quedar a dormir aquí con sus abuelos. He dado de cenar a todo el mundo y ya hemos brindado. He cumplido con creces. Ahora mismo no hay nada que nos impida largarnos de aquí.

            —Despídete por los dos, voy a arrancar el coche —susurro en su boca.

            —Mira, Santi. Tienes que poner tus manos aquí, como ellos. —La voz aguda de Triana, que está a nuestro lado, me devuelve al presente, frenando mis impulsos.

            Alejo mis labios de los de Gala para mirarla y… ¿qué coño…?

            —¡Oh, pero qué monos! ¡Son adorables! —dice la Peli y hasta se emociona.

            Está claro que ha perdido la poca cordura que le queda. O puede que también sea una cuestión hormonal, porque no es ni medio normal.

            —¡Ese es mi sobri! Di que sí, Santi. Mejor empezar pronto, la experiencia en esta vida es muy importante, para todo —vocea Eloy y le aplaude.

            Gala me mira a mí y luego a ellos, creo que se ha quedado muda. Xavi se parte el culo al verla, pero ella sigue petrificada, ni tan siquiera le atiza un guantazo.  

            La estampa es terriblemente curiosa.

            Mi hijo sonríe con la boca pegada a la de Triana y ella, con todo su desparpajo, le ha cogido las manos y se las colocado encima de su pequeño trasero, le tiene así pegado y sin soltarle.

            Que no le meta lengua, por favor, que no se la meta…

            —¡Consuegros! —El capullo de Adri y Zoe nos abrazan. Mientras ellos se descojonan, nosotros blasfemamos por lo bajo. Creo que Gala está empezando a recuperar el color.

            —No me jodáis —protesto—. Eso es… es… —No encuentro las palabras y ellos se siguen partiendo el culo.

            —Eso, amigo mío, es amor —replica Adrián—. Amor del bueno.

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE II)

Malibú, 31 de diciembre.

            Ayudo a mi hija a caminar por la orilla con la tabla debajo del brazo y sonrío orgulloso al ver como se enfada porque no quiere que le eche una mano. Eli es terca e independiente; vamos, que tiene lo mejor de Oli y lo peor de mí, de eso no hay duda.

            —¿Habrán llegado todos? —me pregunta mientras salimos de la playa y enfilamos la pasarela de madera para llegar a casa—. Ro prometió que iba a peinarme y a pintarme para la cena, como ella.

            ¿Ha dicho pintarse? Pero si es una enana todavía.

            —Espero que ya estén todos sí. No me gustaría tener que comerme todo lo que ha cocinado mamá.

            Normalmente pasamos las navidades en España, pero, por motivos laborales, este año no nos podemos mover de aquí. Así que Oli les mandó los billetes a todos hace un par de meses, y, han venido ellos a visitarnos. Sus amigas no pusieron ninguna objeción; son las más entusiasmadas con la idea de cambiar de aires y pasar unos días con buenas temperaturas al lado de la playa. Y, mi familia, que este año viene al completo, tampoco se negó.

            —Ven, vamos a dejar las tablas aquí afuera y a quitarnos la arena de los pies. ¿Te ayudo con la cremallera?

            —Puedo sola, daddy. No soy Leo —se queja de nuevo Eli.

            Sonrío, porque ha empleado un tonito bastante agudo. Su hermano va a cumplir un año y supongo que todavía se está haciendo a la idea de tener que compartirnos con él. Sin dejar que le diga nada más, se da la vuelta y entra en casa, los chillidos de los que están dentro al verla llegan hasta aquí.

            Leo, nuestro pequeño, nació en Barcelona mientras yo rodaba allí. En cuanto lo tuve en mis brazos, fui consciente de que mi niño iba a ser igualito a su madre. Moreno, con ojos oscuros y expresivos, y con un carácter muy tranquilo, nada que ver con su hermana mayor, que se parece mucho a mí. Es como si nuestro ADN hubiera jugado a equilibrarse con nuestros hijos. ¿Qué más os puedo decir? Que estoy muy bobo desde que soy padre, pero sobre todo muy feliz.

            —Profe, esos pies. —Oli me señala la arena que todavía tengo entre los dedos y niega con la cabeza. Se ha apoyado en el marco de la puerta y me mira de arriba abajo. Acabo de bajarme el neopreno hasta la cadera y supongo que todavía le gusta lo que ve. Joder, me alegro muchísimo de que así sea. Ella sigue siendo perfecta. Con sus vaqueros claros rotos y esa camiseta blanca básica me lo parece aún más. Su belleza natural me encanta desde el primer día que la vi en el Palmar—. ¿Qué tal el baño?

            —Muy bien, había buen tamaño para ella, pero me ha costado mucho sacarla de allí, es incansable —respondo y entro en casa.

            —Lo sé. No parecía muy contenta cuando ha entrado ahora. Menos mal que todos se han volcado en ella nada más llegar al salón y ha dejado de torcer el morro.

            Sonrío, porque está claro que necesita ser el centro de atención unos días. Pobre.

            —No te preocupes tanto, Aceituna. Solo está algo celosa. Se le pasará cuando su hermano crezca. —Envuelvo a Oli con mis brazos y, como todavía estoy húmedo, le mojo la camiseta.

            —Hablando de hermanos…

            —¿Ya han llegado?

            —Sí, Alejandro, Lidia y tu madre llegaron hace media hora. Están los tres en el salón. Sé que va a ser raro, pero se nota que están muy contentos de estar aquí. ¿Estás preparado?

            Mi hermana no cejó en su empeño y consiguió que volviera a hablarlos hace un tiempo. Ellos se arrepintieron de todo lo que hicieron y yo, aunque no haya olvidado lo que pasó, decidí perdonarlos y centrarme en el presente y en el futuro, dejando de lado el pasado, sobre todo el más amargo. Mi vida y las suyas no tienen nada en común, así que, realmente, es raro que coincidamos en el mismo sitio. Oli y mi hermana han confabulado para que, por primera vez, nos sentemos todos juntos en la misma mesa en Nochevieja.

            —Necesito unos minutos. Creo que me daré una ducha primero y, además, acabo de decidir que me vas a acompañar. —Sujeto su mano y tiro de ella para subir por las escaleras a nuestra habitación, sin pasar por el salón, donde se oyen las voces de todos.

            —Alberto, no puedo. Tengo la carne metida en el horno y la casa llena. Solo faltan Bruno y su nueva novia, y el invitado especial, que prefiero no nombrarlo para que Ro no hiperventile.

            —Sabes que a Ro le va a dar un ictus cuando lo vea, ¿no?

            —Esa era mi intención cuando le invité. Estoy deseando ver la cara que pone cuando el señor Houses se siente con nosotros a cenar. Solo espero que se comporte y no tenga que atarla. Además, ella y Bruno… no sé si ya han limado sus asperezas.

            —Venga, Cenicienta, deja de preocuparte por los demás. —Envuelvo su cara con mis manos y me inclino para besar sus labios—. Solo serán unos minutos, ya sabes que cuando quiero puedo ser muy rápido.

            —¿Tú? Pensé que eras el rey de la paciencia.

            —Lo fui, Aceituna. Lo fui. Pero ahora no me puedes pedir que me contenga. Además, tienes que ponerte ropa seca. —Cuelo mis manos por el bajo de su camiseta y acaricio con mis yemas la piel de su estómago, que se la eriza al instante—. Y, también creo que soy el más indicado para ayudarte con esa tarea.

            —¿Qué coño hacéis ahí metiéndoos mano? —Sara nos pilla de lo más acaramelados en mitad de la escalera. Tiene a su hija en brazos y detrás de ella viene Raúl con Leo—. Estos dos enanos tienen hambre.

            —Yo también, Sarita. —Cojo a Oliva de la cintura y cargo con ella para llevármela a la habitación. La conozco y sé que estaba a punto de darse media vuelta para bajar a dar de comer a nuestro hijo. Siento como se remueve, pero avanzo como si nada en medio de sus protestas:

            —¡Alberto! ¡Alberto, bájame!

            —Joder, que monos sois coño. ¡Quince minutos tenéis! —grita Sara desde la planta de abajo.

            —¿Has oído? Quince. —La poso al lado de la bañera y elevo las cejas, esperando que pille la indirecta.

            No tengo intención de dejarla marchar y mucho menos de dejar de provocarla. Es una de las cosas que más me gusta hacer con ella, alimentar las ganas de tenernos, continuamente.

            —Lo quiero suave, Profe —me susurra en el oído y os juro que no hay una célula de mi cuerpo que no se estremezca.

            —Entonces, tendrán que ser treinta.

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE I)

Vaya, esto es ya una tradición. Así que aquí estoy, un añito más compartiendo parte de mi universo literario con vosotros. Hay tanto #amordelbueno pululando en mi mente, que de una forma u otra tiene que salir.

Es divertido para mí encontrarme de nuevo con ellos, pero cada vez es más difícil no confundir sus voces en mi mente. Son muchos protagonistas, muchísimos secundarios y demasiados escenarios los que han pisado ya, así que, si he metido la pata con algún dato, espero que me perdonéis, pero esta cabecita mía a veces, tiene límites, aunque solo a veces.

En esta ocasión, los narradores de mis relatos son ellos, mis protagonistas masculinos (aquí podéis añadir emoticonos de llamas y corazones). La mayoría de mis lectoras sois mujeres y ¡oh, sí!… Es una verdad universal que a nosotras (en esta me incluyo) nos encanta saber cómo piensan y lo que sienten ellos, por eso he querido darles voz el último día del año.

Espero que disfrutéis del regalo y que despidáis el año con salud y amor, a mansalva. Os deseo lo mejor para el 2022 y ojalá me sigáis acompañando en esta aventura, porque una vez más os prometo, que os seguiré haciendo sentir.

No me enrollo más y ahí os dejo el primero.

Por cierto, espero que me contéis que os parecen todos y cada uno de ellos.

Isla Sofía, 31 de diciembre.

Faltan solo diez minutos para que termine el año. La cuestión es que no me apetece nada hacer balance de las cosas buenas y malas que he vivido durante los últimos doce meses. No voy a mentir, ha habido de todo. Sin embargo, los buenos momentos hacen que la balanza se incline hacia ese lado, con mucha diferencia. Lo que sí quiero, antes de que todos se pongan a relatar su interminable lista de deseos para el año que está a punto de empezar, es dar las gracias, porque, observando a todos los que ahora mismo me rodean, solo puedo afirmar que soy jodidamente afortunado.

            Levanto la vista de mi copa vacía y echo un pequeño vistazo. Os diré que la estampa que tengo delante es bastante atípica o antinavideña, como más os guste. A ver, que ya sé que la Navidad también se celebra sin que caigan copos de nieve o sin que tengas que poner un pino de plástico cargado de bolas en el salón, pero, entendedme, este marco, tan paradisiaco e idílico, invita a un millón de cosas, y ninguna de ellas es precisamente cantar villancicos alrededor de una chimenea.

            Arena. Calor. Humedad. Caribe.

            Me entendéis ahora, ¿no?

            —¡Juanillo! —chilla mi hija llamando al hijo de Juana y Álvaro, que se esconde detrás de las piernas de su madre, tímido—. ¡A que no me coges! ¡A que no me coges!

            —Enana, no corras así que te vas a caer —le advierte Teo, que siempre está pendiente de ella. En septiembre se fue a estudiar arquitectura a París y, aunque todos le echamos de menos, su hermana, es la que peor lo lleva.

            Mi hija lo ignora. Se aparta con la mano el flequillo que tiene pegado en la frente a causa del sudor y corretea descalza por la orilla esquivando a todos. Va medio en bolas, porque solo lleva puesta una camiseta encima de la braguita de su bikini; no ha habido cojones de ponerle un vestido. Guerrera, rebelde y guapa. Guapísima. Una combinación explosiva, sobre todo para mi cerebro, porque si es así ahora, no me quiero imaginar cuando crezca. No, no me lo quiero imaginar. Para colmo, su energía es inagotable; le da igual el cambio horario y que a las seis de la mañana ya empiece su día. Ella siempre tiene algún plan interesante que llevar a cabo, sin importarle lo marquen las agujas del reloj.

            Hemos llenado la isla. Sí, supongo que es la segunda vez que se produce un desembarco, después del de Colón, claro. Aunque el nuestro ha sido un aterrizaje. Solo os diré que hemos abarrotado el avión que nos envió Fabio y el pequeño hotel de Juana, que está encantada de tenernos a todos aquí de nuevo.

            Julia, Claudio, Carlota, Marta. Rubén, María y mi ahijado. Mi hermana, Lucas y mis sobrinos. Mis padres. Mis primos. Mi tío y mi abuelo. Sí, por fin este año ha venido. Gael y su novia (que no me oiga Lía llamarla así, todavía no lo ha asimilado) Teo. Lía, Sofía y yo. Creo que no me he dejado a nadie.

            Con todas estas bocas que alimentar hemos improvisado un picoteo informal. Hemos conseguido unos tablones de madera con unos caballetes y los hemos colocado en la arena, delante del porche de nuestra casa. La gente de pie, menos los más mayores, farolillos con velas para dar algo de luz en esta noche calurosa y estrellada y bebida, toda la que ha traído Héctor que también ha querido cenar con nosotros, como Juan y Juana y sus respectivas familias. Creo que somos la comidilla de la isla hoy. Bueno, hoy y todos los días desde que llegamos, obvio.

            —¿Tienen que besarse todo el rato? —me pregunta Lía, sentándose en mi regazo. Acaba de quedar libre una hamaca y me he colocado aquí hace unos segundos, a observar.

            —Princesa, sabes que hacen más que eso, ¿verdad?

            —¡Calla! —me riñe y cierra los ojos, como si no quisiera imaginar a Gael en esa tesitura.

            —Cómo es eso que dicen, ah, sí: Es ley de vida.

            —Lo sé, pero eso no quiere decir que lo lleve del todo bien —dice con pesar—. El siguiente será Teo y cualquier día vendrá con una parisina, rubia, estirada y arrogante.

            —¿Estáis hablando de mí? —pregunta el aludido y deja de mirar la pantalla de su móvil. Hace horas que no se separa de él.

            —No te creas el centro del universo, hermanito —interviene Gael que se ha despegado de su chica un minuto. —Por cierto, ¿quién es ese pavo que no para de mandarte mensajes? Menudo brasas el tal Oli, ¿no?

            —¿Qué coño pasa contigo? —responde Teo a la defensiva—. ¿Ahora me espías?

            —No, niñato. Pero tu móvil es igual que el mío y antes cuando lo tenías cargando he visto la pantalla. ¿Qué quieres? ¿Qué me arranque los ojos?

            —Vale —les interrumpe Lía para que tengamos la fiesta en paz.

            Me quedo con el dato que ha aportado Gael a esta discusión y lo almaceno, de momento solo lo almaceno. Gael se va en busca de su chica, por si se pierde o algo, y Teo cabecea y se aleja a la orilla. No nos veíamos desde que se marchó. Y, durante el viaje, me di cuenta de que traía una expresión un poco meditabunda, de la que todavía no se ha deshecho. Espero tener la oportunidad de pasar un ratito con él a solas para cerciorarme de que está bien.

            La música, el mar y los fuegos artificiales, que lanzan Juan y Héctor desde la orilla son la antesala de la famosa cuenta atrás. Diez. Nueve. Ocho… En esta ocasión, cada uno brinda por sus deseos en silencio, o susurrándolos en el oído del que tiene justo al lado. Yo lo hago pegado a la espalda de Lía, con mis manos ancladas en sus caderas, sintiendo el calor que emite su piel gracias a la tela ligera de su vestido, con Sofía cargada sobre mis hombros, que no deja de parlotear. 

            —¿Qué has pedido? —me pregunta Lía.

            —No perder lo que ya tengo.

            Achuchamos a la niña entre los dos y la llenamos de mimos. Ella se ríe, nos da besos de vaca y cuando nos ha llenado de babas, se escabulle y nos deja solos. El primer beso del año que nos damos Lía y yo es perfecto. Jodidamente perfecto.

            La ronda de abrazos, choques de manos y besos con el resto de invitados es un auténtico caos, sin distinción de sexo, parentesco o edad. Se descontrola el tema tanto que creo que beso a Rubén dos veces por los menos, y a Claudio más de tres.

            —Se ha acabado el hielo —grita Julia desde su posición levantando su copa al aire.

            —Pues yo todavía tengo —dice Lía y me mira a mí, que soy el que está más cerca de ella.

            Está sentada en el último escalón del porche, con los pies enterrados en la arena, la copa vacía apoyada a su derecha, y un cubito de hielo entre los dedos índice y corazón. Avanzo despacio, como un lobo antes de atacar a su presa. Ella me observa y ladea ligeramente la cabeza hacia la derecha para empezar a deslizarlo por la piel de su cuello en sentido descendente.

            Joder.

            Cambia de lado y lo pasea de la misma manera.

            Joder. Joder.

            Clavícula.

            Me palpita la polla dentro del pantalón y respiro a trompicones.

            Esternón.

            Joder. Joder. Joder.

            Lo lleva hasta el final de su escote, generoso y a la vista, gracias a su vestido. Hace círculos con él entre mis lolas.

            Sí. Mis lolas. Y me la suda si ha sonado posesivo.

            Me relamo y no mentalmente.

            Miro nervioso a ambos lados y agradezco que cada uno esté a su bola, incluida Julita, que ya está colgada del brazo de Claudio bailando con las chicas. Así nadie se percata del espectáculo eróticofestivo que me acaba de dedicar mi chica.

            Llego hasta ella y me inclino. Primero, nos miramos. Después, sonreímos. Y por último, me reta, sí ella a mí, con lo que eso significa. Se mete en la boca el trozo de hielo que le queda y se acerca medio centímetro más a mis labios, sin llegar a rozármelos.

            —Princesa…

            —Vecino…

            —Despídete.

            —¿Del hielo? —Se hace la interesante y se lo mete en la boca, haciéndolo desaparecer.

            Me cago en la puta. Lo que daría por que fuera la punta de mi polla la que estuviera ahí, disfrutando de la humedad y el calor de su lengua.

            —De los invitados.

            —Axel… —Me como mi nombre de su boca cuando la beso. Y, en un movimiento que no se espera, tiro de su mano y la levanto con demasiada efusividad.

            —Ahora traemos el hielo —digo al aire, aunque no sé si alguien me ha oído.

            Tardamos cinco segundos en llegar al sótano; no es el lugar más bonito de la casa, pero es el único que nos puede dar un poco de intimidad en este instante. La siento encima del congelador. Protesta al sentir la superficie fría debajo de su culo y se descojona mucho al ver mi cara de salido cuando abro sus piernas y compruebo que no lleva ropa interior.

            —Olvídate de la versión suave, Princesa.

Entre (a) mar y (a) mar.TE

El próximo 4 de enero de 2022 publicaré mi octava novela. Creo que ya os he dicho durante estas ultimas semanas que es la más romántica y la más especial de todas las que he escrito hasta ahora.

Tengo tantas ganas de que podáis leerla que os voy a dejar por aquí los tres primeros capítulos.

En menos de un mes la podréis disfrutar de principio a fin. Y no me matéis por poneros los dientes largos unas semanitas antes de que salga.

Espero que os guste.

#AMORDELBUENO

1. BILLETE DE IDA

2021

VEGA

Extraña en mi propio cuerpo.

Un ligero hormigueo me recorre la yema del dedo índice, es una sensación tan rara que me bloquea la mente durante un número ilimitado de segundos. Los recuerdos dormidos se despiertan antes de completar el último paso, azotando la sensibilidad de mi piel y de algo más intangible. No dudo, bueno, quizá sí que vacilo un poco hasta que, por fin, pulso la tecla definitiva.

Vaya, es increíble que hayan pasado casi diez años desde la última vez que hice esta misma operación: comprar un billete de avión para viajar a idéntico destino —uno que jamás creí que volvería a pisar—. Aunque, en aquella ocasión, lo que se cocía en mi interior era completamente distinto.

—Buenos días, me muero por un café. —Esa es la voz de Bruno, que se acaba de levantar de mi cama.

La noche no se nos dio mal, nada mal. Y eso que es solo la tercera vez que nos acostamos y la primera que dormimos juntos. En realidad, no sé si las pocas horas que hemos pasado sobre el colchón se considerarán dormir. Lo que me ha quedado bastante claro es que, tanto en el sexo como en la vida, lo mejor es olvidarse de las expectativas. No obstante, por muy satisfactoria que haya sido la velada, no estoy acostumbrada a compartir horas de sueño con nadie y, además, hace años que no se me pegan las sábanas, ni tan siquiera los domingos.

—En el segundo armario de la derecha están las cápsulas —le respondo—. Por cierto, a mí no me hagas, prefiero té.

Me levanto de la mesa del salón, que también es mi escritorio, y llego a la cocina. Tener todo al alcance de la mano es solo una de las ventajas que tiene mi apartamento de cuarenta metros cuadrados al lado de la plaza de Santa Ana.

Bruno está descalzo, pero ya se ha vestido; vaquero y camisa de rayas, blancas y azules, un atuendo un poco agobiante para finales de agosto en Madrid. Por cierto, nada que ver con el mío, que me he plantado una camiseta blanca de tirantes, bastante dada de sí, y unas bragas negras que he sacado del cajón antes de abandonar mi habitación.

No tenía planeado que se quedara a dormir, aunque, como se suele decir: Una cosa llevó a la otra. Y, ahora, compartiremos desayuno tardío, porque echarle con cualquier excusa pobre sería bastante cruel hasta para mí.Me mira de arriba abajo cuando llego a su lado y sonríe de medio lado, con una expresión que no sé descifrar, será la falta de costumbre. Se inclina para pegar su boca a mis labios en lo que supongo que es su forma de darme los buenos días; afortunadamente, solo se queda en el intento, porque las muestras de cariño tan efusivas a estas horas de la mañana me repelen un poco. Como tengo cierta habilidad para el escapismo, en el último segundo, me giro y voy rauda y veloz a sacar la leche de la nevera.

 Demasiada intimidad para mí, abogado.

Nos acomodamos en la minúscula barra y le ofrezco unas tostadas de pan de molde bastante insípidas para que acompañe su café.

Si me conociera un poco más, sabría que me gusta el silencio, sobre todo por las mañanas. Es lo que tiene vivir sola, no tienes que ser una borde con nadie al levantarte todos los días, pero Bruno no lo sabe, así que saca temas de conversación para captar mi interés. Primero, se lanza en busca de un aprobado por lo de anoche y, cuando se da cuenta de que no estoy muy por la labor de rememorar las mejores jugadas del partido, pasa a comentarme que quiere dejar de compartir piso; con lo que tampoco logra mi atención. Finalmente, opta por decirme todo lo que tiene que hacer mañana lunes en el despacho con mi prima Alicia, como si ella fuera la pieza que le sirve de comodín para arrancarme las palabras. Mantengo la calma sin soltar ningún improperio, a pesar de que no estoy acostumbrada a compartir mañanas después del sexo y de que soy brutalmente sincera. Respiro y disfruto de mi infusión, sin prisa, mientras echo un vistazo a mi móvil que tiene un montón de notificaciones pendientes. No quiero ser una estúpida, lo que pasa es que mi cabeza ya está en modo viaje, a miles de kilómetros de aquí. Así que emito alguna interjección para que vea que sigo la conversación y continúo a lo mío.

—Será mejor que me vaya —me anuncia después de recoger las tazas.

—Está bien.

—Oye, Vega. —Uy, sí, esa soy yo—. Sé que te vas el martes y que no tienes una fecha prevista de vuelta, sin embargo, si te parece bien, me gustaría seguir llamándote y retomar esto cuando regreses. —Nos señala a los dos, como si dibujara en el aire una línea imaginaria.

—Bruno, como bien has dicho, no sé cuándo volveré, será mejor que no…

Ahora sí que me pilla desprevenida y su beso se come el final de mi frase. Sus labios se apoderan de los míos y envuelve con su lengua la mía. Bruno besa bien, con cadencia y pausa, sin pretensiones, por lo que no me aparto de golpe. Sin embargo, esa insinuación de que, aunque nos vayan a separar unos cuantos países durante los próximos meses, me esperará, o algo parecido, me genera el suficiente rechazo como para detenerlo.

Esto, como él lo ha pronunciado, es solo un tonteo que empezó hace más o menos un año. Bruno es compañero de bufete de mi prima y, una noche, el verano pasado, coincidimos con él y sus amigos en la inauguración de una terraza. No sé, las copas, las risas, las vacaciones… Me cayó bien desde el minuto uno. Incluso me resultó atractivo, para sorpresa de mi prima y mía porque no es para nada el prototipo de chico que me suele gustar; rubio con el pelo rapado, ojos claros, sin barba, estilo tirando a clásico y cara de niño bueno. Aun así, me gustó. Los meses fueron pasando y seguimos quedando de vez en cuando para ir al cine, a tomar unas cervezas o a cenar. Él no tenía ninguna prisa y a mí me resultó raro no acabar sin ropa en el segundo encuentro, sin embargo, entendí que no todos manejamos los mismos tiempos y me habitué a que marcara él el ritmo. Y así, sin grandes sobresaltos, hemos llegado hasta aquí.

—No quiero que me esperes, Bruno, no tienes ningún compromiso conmigo.

—Vamos, Vega, no te vas a quedar allí para siempre. Solo te digo que estaré aquí cuando vuelvas y que no quiero perder el contacto contigo. No te estoy pidiendo matrimonio.

Le saco la lengua haciéndole burla, sé que no se está refiriendo a eso.

—¡Uf, qué desilusión! —ironizo—. Ahora en serio. Puedes seguir haciendo tu vida y lo que te plazca, no tienes que rendirme cuentas.

—Tenemos un problema si después de un año no te has dado cuenta de que no soy el rey de los rollos de una noche. —Eleva las cejas y yo cabeceo.

Tiene razón, al menos conmigo no ha sido así. Nos despedimos en la puerta media hora después, sin promesas por mi parte y con una suya: Seguiré aquí.

Llamo a mi madre mientras saco la maleta de debajo de la cama y empiezo a guardar mi ropa, pongo el altavoz para no perder el tiempo.

—Hola, cariño.

—Hola, mamá.

—Acabo de hablar con Damián, me ha dicho que te metas algo de abrigo, que allí el tiempo es muy cambiante.

—Gracias por recordármelo, había olvidado que allí no hay tiendas.

—¡Vaya! Mi hija usando el sarcasmo. ¡Qué novedad!

Sí, eso es un hecho, a veces debería morderme la lengua antes de soltar lo que pienso con tanta sorna, pero temo morirme con mi propio veneno si lo hago.

—¿Qué tal está Damián?

—Mal, Vega, está muy agobiado y cada día más triste. ¿Estás segura de lo que vas a hacer? —me pregunta por trillonésima vez. Supongo que, en el fondo, se siente un poco culpable por no ser ella la que viaje el martes a echar una mano a su hijo.

—Completamente, mamá. Tú no te preocupes.

Mi madre sigue contándome detalles sobre su próximo viaje a Canarias, el que le han organizado por su jubilación unas antiguas compañeras del hospital y, con su voz armoniosa de fondo como banda sonora, sigo a lo mío.

Cuando mi hermano me pidió ayuda, ambos estuvimos de acuerdo en dejar a nuestra madre al margen de la situación. Después de haber trabajado tan duro toda una vida, no podíamos consentir que perdiera la libertad y no disfrutara de su jubilación, como le ocurre, desafortunadamente, a miles de abuelos.

—Sabes que si necesitáis que vaya…

—Mamá —protesto ante su insistencia—, aunque no lo recuerdes, soy tu hija mayor.

Ella se ríe con ganas porque, aunque así lo corrobore mi fecha de nacimiento, mi madre siempre me ha considerado la niña pequeña de la casa. Nos despedimos cuando tengo la maleta casi lista y quedamos en hablar mañana otra vez.

Los siguientes minutos mi cerebro no para de devolverme imágenes de otra Vega en otra vida, por lo que decido meterme en la ducha para intentar desconectar.

Es una ciudad, Vega.

La misma ciudad.

Pienso de nuevo en mi hermano y en mi sobrina, mi familia, razón más que suficiente para no mirar atrás.

2. ESE CHICO DE OJOS TRISTES

2021

VEGA

Mi hermano me abraza tan fuerte que me deja sin respiración, lleva así tantos segundos, aferrado a mi cuerpo, que acaparamos las miradas de todos los transeúntes de la terminal de llegadas de Schiphol.

—Damián, necesito coger aire.

—Lo siento, sister. Qué puñetero desastre soy, casi te empapo la camiseta. —Se separa de mí y se pasa las manos por el pelo, hastiado, ahora lo lleva más largo de lo habitual, por lo que yo misma meto las manos en su flequillo y se lo revuelvo—. ¿Solo has traído una maleta y el portátil? —pregunta, intentado recomponerse.

—Sí, tampoco iba a traerme todo el armario, aquí hay tiendas, ¿recuerdas? —Caminamos hacia el parking para coger su coche.

Mi hermano se carcajea y hace alusión a la conversación que mantuvo con mi madre después de que colgara conmigo, en la que, evidentemente, hablaron de mí y de mi teoría sobre la industria textil holandesa. En esta familia las noticias son más rápidas que los aviones.

—¿Qué tal estás?

—Estoy bien. —Cabeceo—. Deja de preocuparte por mí. Los importantes ahora sois Ada y tú, ¿cómo lo llevas?

Me ayuda a abrocharme el cinturón, como si fuera una niña pequeña, y enciende el motor para irnos a casa.

—Vega, en serio, muchísimas gracias —elude mi pregunta—. Sé que es una putada de las gordas que hayas tenido que venir aquí, precisamente. Te prometo que cuidaré de ti.

—No digas tonterías, Damián. Es solo una ciudad y en diciembre hará diez años, está olvidado.

—No lo está si todavía llevas la cuenta —afirma.

Paso de contradecirlo, simplemente, me limito a rebuscar en mi bolso las gafas de sol y ponérmelas antes de quedarme ciega.

—¿Todo sigue igual? —insisto, porque estamos hablando de él y no de mí.

—Sí, sin novedad. El viernes voy a Amberes a buscar a Ada. La semana que viene empieza el colegio y quiero que se centre unos días antes en casa, necesita recuperar su rutina, porque ha pasado mucho tiempo sin estar aquí. Estoy nervioso, no sé… —Resopla y mi mano viaja hasta su rodilla para detener su tembleque.

Me duele mucho verlo así; cansado y muy perdido. Precisamente él, que es el ser más tranquilo de este mundo. Vamos, la calma y la sensatez en persona.

Yo le saco a él dos años y él a mí dos pasos, siempre, desde que era un mocoso. Damián ha ido por delante de mí, en todo. Posee un sexto sentido para leerme, no solo a mí, también a mi vida. Me llenaba la cabeza de consejos sobre la anticipación y la prevención, sin embargo, soy jodidamente visceral y, encima, pasé muchos años pecando de soberbia y orgullo —combinación bastante explosiva, por cierto—, así que, en raras ocasiones, tuve en cuenta su opinión. Damián es bueno, noble y protector. Por eso, verlo fatigado, sin un atisbo de sonrisa en su cara de niño mono, y con esa mirada gris y apagada, me parte en dos. Mi chico de risa contagiosa es ahora el de ojos tristes que se agarra al volante con fragilidad. Ni tan siquiera él, con su instinto, hubiera sido capaz de prever el cambio tan brutal que dio su vida aquella tarde de febrero.

En cuanto me doy cuenta de que estamos a punto de llegar a su casa, un pequeño nudo se forma en mi estómago. Afortunadamente, mi hermano abandonó el piso en la calle Tweede Laurierdwarsstraat en el que viví con él cuando se mudó con Lilly. Ahora, tienen uno mucho más grande, aunque sigue estando en el mismo barrio.

La memoria es muy puñetera, al menos la mía. Se puede olvidar de lo que cené hace un par de noches, sin embargo, la cabrona guarda otros detalles como si se hubieran grabado a fuego en mi cerebro. A pesar de que apenas viví aquí tres meses, una buena ráfaga de imágenes de aquellos escasos noventa días se pasea por mi mente como los fotogramas de una película antigua, en blanco y negro, quizá porque el color se ha ido deslavando.

—No sé qué decirte, Dami, nadie se puede poner en tu piel en este momento.

—Lo sé, tranquila, que estés aquí para acompañarme ya es suficiente, Vega.

—No podía dejarte solo. Tú ya viniste a rescatarme una vez.

—O sea que lo haces porque te sientes en deuda conmigo, ¿eh?

—No seas idiota. —Le atizo un pequeño manotazo antes de bajarnos del coche—. Lo hago por ti y por Ada, sabes que mi sobrina está muy por encima de cualquier otro miembro de nuestra familia.

Me parece vislumbrar un amago de sonrisa y mis nervios se esfuman.

No he dicho ninguna mentira, mi sobrina, que en diciembre cumplirá cinco años, es mi ojito derecho; rubia platino como su madre, pecosa como mi hermano de pequeño y con más arte junto del que yo pueda exponer en la galería. Es lista y zalamera, una combinación perfecta para hacer conmigo lo que quiera, hasta despertar en mí un instinto inexplorado.

El piso está en el barrio Jordaan, uno de los mejores de Ámsterdam, por eso entiendo que mi hermano no se haya querido mover de aquí. Tiene ambiente, tiendas, pubs, restaurantes, en definitiva, vida. Quizás a la segunda le coja el punto a esta ciudad, ¿no?

—Vaya, esto es una pasada —exclamo cuando entramos en su precioso piso y nos descalzamos, ya sabes, costumbres europeas.

Ventanales enormes en el salón con vistas al canal. Techos altos. Puertas blancas. Suelos de madera ancha. Muebles restaurados con mimo y piezas con color.

—Pasa. —Me indica para que le siga a través del pasillo.

Había visto alguna foto cuando se mudaron y las que nos suelen mandar en las celebraciones de los cumpleaños, pero desde dentro es mucho más espectacular.

—Esto tiene que costar una pasta.

—Las clínicas van bien, no me puedo quejar.

Aquí, mi bro, con veintitrés añitos y recién graduado en Odontología, vino raudo y veloz a rescatarme y, como la vida es muy caprichosa, él se quedó en esta ciudad y yo me fui. En menos de seis meses empezaba a controlar el idioma, tenía trabajo y una novia preciosa. Ahora entiendes mejor lo de la ventaja que siempre me saca, ¿no? Enseguida consiguió abrir su propia clínica dental junto a otra compañera de universidad, que también recaló aquí. Desde entonces, no ha parado de crecer, porque acaba de abrir la segunda hace muy poco.

—¿Esta es mi habitación?

—Sí, era mi despacho, pero he intentado hacerlo más habitable. —Ha apartado la mesa hacia un lado y ha colocado una cama en el centro. También ha despejado un armario pequeño, de los de un cuerpo, antiguo y con espejo.

—Es perfecta.

—He pensado que, como estarás sola hasta que Ada salga de la escuela, puedes colocar tu ordenador y trabajar en el salón, allí hay muchísima luz y más espacio.

Me parece una buena idea. Afortunadamente, puedo trabajar desde cualquier rincón del mundo siempre que tenga conexión a internet. Estudié Historia del Arte, con la cantinela de mi madre de fondo sobre las escasas salidas laborales de mi elección. Y su afirmación constante de que sería una más en la larga lista de desempleados que tiene nuestro país. La realidad ha sido bien diferente a sus predicciones. No es solo que nunca haya pasado apuros gordos desde que me gradué, sino que, además, hace unos años, conseguí el trabajo de mis sueños en una de las mejores galerías de Madrid.

Soy la encargada de elegir y actualizar los contenidos de su web, en coordinación con Álvaro, el dueño. Puede decirse que mi puesto engloba las tareas de una creadora de contenido y de una jefa de Departamento de Comunicación. Además, sigo siendo asesora de arte y conservo, en exclusiva, a mis principales clientes; tres coleccionistas forrados y caprichosos que me tienen ocupada la mayor parte del tiempo con sus colecciones. Así que trasladar la oficina de mi mesa del salón a este piso de mi hermano no me va a suponer ningún problema.

—Cojonudo —respondo resuelta.

—Sigues hablando fatal, Vega. Vas a tener que tener cuidado con Ada, le encanta repetirlo todo, sobre todo si es en español.

Me descojono con ese dato y él pone los ojos en blanco.

—Vale… —entono repipi—. Lo intentaré.

—Parece mentira que luego seas una pija finolis y trates con esos ricachones que gastan millonadas en un cuadro que podría pintar mi hija.

—¡Oye! No te metas con el precioso oficio del arte —protesto—. Además, es importantísimo saber moverte en cualquier ambiente, pero no perder nunca tu esencia —recalco para que no se piense que hablo de albúmina, yeso, encáustica, óleo, expresionismo abstracto o hiperrealismo todo el rato.

Me enseña el resto de las habitaciones, la cocina y el baño, que compartiré con mi sobrina. Antes de liarme a deshacer mi maleta, le obligo a tomarse una cerveza conmigo tirados en el sofá.

—¿Qué quieres hacer? ¿Te apetece ir a dar una vuelta? —me pregunta con poco entusiasmo.

—No, hoy creo que prefiero quedarme aquí y aclimatarme. Además, debería encender el portátil y echar un vistazo a los correos.

—Vale, entonces pido luego la cena.

—Ni de coña. Déjame echar un vistazo a tu nevera y preparo algo.

Mi hermano sabe que me encanta cocinar y, además, me relaja, por lo que me viene de lujo para mentalizarme de dónde estoy y de lo que he venido a hacer aquí.

—Vega, quizá deberíamos llamar al chino… —vocea.

—¡Dami! Pero si este frigorífico está para comerme a mí —grito porque solo encuentro dos yogures y tres latas de cerveza, tristes y solitarias, saludándome.

—No como en casa nunca y Ada lo hará en el colegio cuando empiece a ir a clase. Además, hace mucho tiempo que no está aquí… —Entra cabizbajo, medio disculpándose.

Se sienta en el taburete y apoya los codos en la isla, sujetándose la cabeza con las manos. Abatido.

—¡Eh, mírame! —Me acerco y le cojo de la barbilla para que alce la cabeza—. No tienes que poder con todo, ¿vale?

—Es que estoy jodido, Vega. Este que se arrastra de casa al trabajo y del trabajo a casa no soy yo y me fastidia sentirme así.

—Lo sé, pero yo tengo un hermano muy sabio que una vez me dijo: Uno puede dejar de estar durante un tiempo, sin embargo, nunca hay que dejar de ser.

—¿Has utilizado sabio y hermano en la misma frase? —me pregunta con chulería y por fin veo sus ojos—. Esta ciudad ya te está cambiando, Vega. Ten cuidado.

—Calla, capullo. Y vámonos a la compra antes de que estos europeos se metan en la cama. —Miro mi reloj y pestañeo—. Coño, si ya deben de estar a punto.

3. FLOTANDO

2021

ELIO

Agudizo el oído para dar con el paradero de mi móvil. La mayor parte del tiempo lo tengo en modo vibración, porque suelo llevarlo encima, pero, con este caos, lo habré dejado tirado por cualquier rincón y ahora no lo encuentro.

—¡Te tengo! —Lo rescato del sofá—. ¿Sí?

Deja de sonar justo cuando descuelgo, así que no tengo más remedio que devolver la llamada.

—Elio, ¿me escuchas?

—Sí. Dime, Emma.

—No te oigo muy bien. —Su voz suena entrecortada y me muevo esquivando las cajas para intentar buscar un sitio donde poder escucharla mejor.

—Espera que salgo a cubierta, quizá tenga mejor cobertura afuera.

La carcajada de mi amiga me llega alta y clara, nada que ver con el sonido anterior. Subo las seis escaleras que me separan de la puerta y salgo para apoyarme en la barandilla.

—Vaya, eso de salir a cubierta ha sonado como si estuvieras navegando por el Mediterráneo en un yate de lujo. ¿Tal vez Ibiza?

—Muy graciosilla, ¿no se supone que esto hace cien años fue un barco? Pues tendré que utilizar el vocabulario náutico, ¿no?

—Tú lo has dicho, amigo. Hace cien años. Ahora es una houseboat. Por cierto, ¿todo bien? Porque, como has adelantado tu traslado casi un mes, puede que te falte algo.

—De momento, sí. Funciona todo perfectamente. Incluidos los grifos, a pesar de que casi me disloco la muñeca abriéndolos, están bastante oxidados, pero el agua sale limpia.

—¿Qué querías? Esa casa lleva cerrada demasiado tiempo. Desde que se murió mi abuelo nadie se ha ocupado de su mantenimiento, solo de limpiarla.

—Pues entonces no está ni tan mal.

Dudé hasta el último minuto sobre dónde alojarme, pero, en cuanto Emma me envió las fotos de esta casa flotante, que pertenece a su familia, supe que tenía que ser aquí. No es como estar frente el mar, balanceando mi mirada en el movimiento de las olas, pero el elemento sigue siendo el agua, vital para mí. Un piso o un apartamento pequeño en este barrio eran mi otra opción, sin embargo, he preferido retrasar ese primer azote mental en forma de recuerdo, aunque no estoy muy lejos.

Se nota que esta casa era el capricho del abuelo de Emma, un arquitecto bastante afamado de la ciudad. Está rehabilitada con muchísimo gusto. Las paredes, laminadas en madera grisácea, a conjunto del suelo. La cocina americana con una pequeña barra forrada de azulejos hidráulicos en blanco y negro, con todo lo necesario. La zona de estar, con un sofá gris, bastante cómodo para ser pequeño, lleno de cojines blancos, en perfecta armonía con los tonos neutros del resto de la decoración interior. A mano derecha, una mesa funcional, donde cabe mi ordenador, mis libretas y todos los rotuladores que despliego cuando me siento a trasladar las ideas de mis anotaciones al documento Word que he abierto hace meses. En la otra punta, o también llamada popa, la única habitación; cama de madera, de buen tamaño, con arcón debajo de almacenaje y la ventana (u ojo de buey, continuando con la terminología naval) como cabecero. Tras una puerta corredera de estilo industrial, un baño; en los mismos colores grises, blancos y negros, para no desentonar. El detalle de haber encajado una ducha, amplia y moderna, y una bañera antigua con patas es de otro nivel. Un nivel muy superior.

—Por cierto. Pensé que te quedarías en París algunos días más —me dice mi amiga con tono condescendiente.

—Pues no, ya sabes que no es mi ciudad favorita del mundo. Y, además, en esta ocasión, he estado muy disperso allí. Me pesaban los días. —Pierdo la mirada en el canal. Vale, la pierdo también en mis pensamientos durante un tiempo que no sabría cifrar.

—No me fastidies, Elio. ¿No has escrito nada? —La entonación de Emma me devuelve al presente y me recuerda que, ahora, además de ser mi amiga, es mi editora y se acaba de poner en modo profesional.

—Tranquila, Em. Está todo controlado.

—Ni Em, ni nada. No me cameles. En unas semanas volaré a Ámsterdam y necesito que tengas la mitad del borrador por lo menos. Que luego ya sabes que hay que montar la maqueta con las fotos y encuadrar los textos. Tienes los cuadernos llenos de ideas documentadas, Elio, no puede ser tan difícil. Llevas acumulando material casi diez años. Como no tengas más de la mitad cuando llegue, te voy a tirar al canal. Y que sepas que ese no lo drenan desde hace años. Verde vas a salir.

Me aguanto la risa porque, cuando se cabrea, parece poseída y me hace mucha gracia comprobar su cambio de tercio en cuestión de segundos. Su marido Jon, mi mejor amigo, y yo solemos aguantar sus sermones como si fuéramos dos chiquillos traviesos. En cuanto no la tenemos delante, nos partimos de risa, porque Emma es perro ladrador, poco mordedor.

—Te prometo que lo tendrás. Solo necesito un par de días para ordenar mis cosas en mi nuevo hogar y concentrarme. Por eso he venido antes de lo previsto, Emma, porque sé que en el único sitio donde puedo reconectar con el auténtico Elio es en esta ciudad. Hace demasiado tiempo que no sé quién cojones soy y ya es hora de averiguarlo.

—Te lo puedo recordar yo si quieres. Eres casi el mismo Elio que se marchó de Ámsterdam siendo un niñato cobarde y gilipollas. Ah, y mentiroso, eso también —afirma y se queda tan pancha.

—Maravilloso, Emma. ¿Algo más?

—No, creo que con eso tienes suficiente. —Relaja el tono—. Ponte las pilas, porque de verdad que pensé que estabas centrado en sacar adelante este proyecto y creí que con Aiko en París…

—Tiene que ser aquí —la corto, porque sé que me va a hablar de por qué soy incapaz de asentarme y abrirme, esa letanía que tan bien me conozco—. Necesito reconciliarme conmigo mismo, con esta ciudad, con lo que atesoro de ella y con esa parte que debería dejar de ser una roca dentro de mí.

—¿Ves? En el fondo eres un maldito romántico.

—No digas tonterías.

—No son tonterías, amigo. ¿Tú no te oyes? Eres un romántico —me repite—, aunque te pegues un tiro en la sien antes de reconocerlo.

—¡Qué exagerada! —Niego con la cabeza a pesar de que no puede verme—. Supongo que querías decir guarromántico,¿no?

—Eso también, idiota. —Se ríe y me relajo. La seriedad no le dura mucho—. Escribe de una maldita vez y no pierdas el tiempo, que te conozco. Si quieres empezar a ser un adulto, deja tu nabo guardado una temporada, te ahorrarás disgustos.

—Gracias por el consejo, pero tus palabras me ofenden, amiga —le digo ceremonioso—. Te he dicho hace un par de meses que estoy en plena época de castidad, no he venido para eso. —Oigo cómo resopla, incrédula.

A ver, entiendo que esa afirmación, viniendo de mí, sea difícil de creer, pero es verdad que llevo algún tiempo en el dique seco, más por voluntad propia que por falta de oportunidades, y, que conste que me siento realmente bien, sin necesidad de intercambiar fluidos.

—Lo que tú digas. Será mejor que me vaya a comer.

 Existe tanta confianza entre nosotros que no necesita escusas para ignorarme y lo prefiero así, porque odio tener que guardar las formas y menos con mis amigos.

—Vale, cuídate y dale dos besos a Jon de mi parte.

—No los va a querer, que lo sepas.

—Vaya, pues cuando hablo con él no está tan susceptible.

—Porque te quiere, idiota, pero hace trece meses que no te ve. —Y suena a queja.

Repito la misma excusa de siempre, esa en la que me convenzo sobre lo importante que ha sido mi trabajo durante los últimos años, lo bien que me he sentido logrando mis metas profesionales y el poco margen que me ha quedado para la vida social o familiar. Pero, en el fondo, en el fondo está lo que me guardo. Y sé que haber vivido entre aeropuertos y aviones con la maleta siempre hecha ha sido mitad elección mitad imposición propia, como una huida hacia adelante continua, una que sabía que algún día tendría que terminar, como realmente está sucediendo ahora. Me despido de ella con la promesa de que voy a aplicarme las próximas semanas y con su amenaza a voz en grito como adiós.

Antes de volver a entrar en casa, o en el barco, lo que prefieras, y terminar de acomodarme, me quedo observando el movimiento del agua del canal; esa sinuosidad del flujo continuo, tan distinta a las mareas, pero casi igual de atrayente.

La memoria es cabrona y, sin darle permiso, evoca mi primer paseo por Prinsengracht de su mano todavía temblorosa, con el miedo subyacente por pisar un nuevo país. La forma ovalada de su rostro a contraluz. La mirada ávida e impaciente, queriendo empaparse de todo lo que estaba al alcance de sus ojos. Sus labios entreabiertos, admirando cada rincón con esa necesidad de arte que siempre habitaba en ella. Y hasta el sonido del eco de las palabras que no fui capaz de pronunciar. Y, joder, es tan extraño. Tan extraño que me siento flotando.

Continuará…

Si os ha gustado y queréis seguir leyendo, este es el enlace.

Hasta pronto.

REEDICIÓN LÍA

Esta entrada va a ser cortita. Solo me paso por aquí para recordaros que el 4 de noviembre podréis disfrutar de nuevo de la historia de Lía y Axel.

Nuevo formato, misma esencia.

La bilogía Lía estará disponible en Amazon en un solo libro en digital y en papel.

Os dejo el enlace directo en «Mis Libros».

Espero que os haga sentir de nuevo o por primera vez y que os enganchéis a mi #amordelbueno si todavía no lo habéis hecho.

Nos leemos…