BIENVENIDOS Y GRACIAS

Ayer fue vuestro día y todavía sigo con una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Joder, me hacéis tremendamente feliz. Y no lo digo solo por los protagonistas de mi novena novela, sino por vosotras, que estáis contando los minutos siempre para leerme. Y para leerme bonito, que eso es lo mejor.

Llegasteis y arrasasteis, como el huracán Gaby en cuanto pone un pie en Manhattan. Y antes de irme a dormir ya los habéis dejado en el número uno de Amazon. Una vez más gracias. Gracias de corazón.

Como ya os he dicho con anterioridad, es mi novela más peliculera, porque tiene muchísimos más ingredientes que las otras y porque la he escrito precisamente para haceros soñar.

Ahora solo espero que la disfrutéis, que vibreis con cada página, que os metáis en la piel de su protagonista, y que os emocioneis con todo el #amordelbueno que he intentado transmitir.

Yo por mi parte solo os diré que voy a seguir soñando. Grande y bonito.

Un beso enorme y gracias por la acogida.

Nos leemos…

Si Nueva York suena, tú y yo balilamos.

Lo prometido es deuda, así que os dejo por aquí el capítulo 2 de mi nueva novela. En menos de dos semanas podréis disfrutarla completa, mientras tanto, espero que vayáis acumulando ganas.

CAPÍTULO 2

GABRIELA

La azafata me retira la botella de agua, es la tercera que he pedido en la última hora y me informa de que en unos minutos empezaremos a descender y aterrizaremos en el JFK en el horario previsto. Le pregunto por el tiempo que hace durante el mes de julio en la Gran Manzana y ella, amablemente, me dedica unos largos segundos de conversación. Parece que está siendo un mes bastante caluroso, pero ni punto de comparación con las altas temperaturas que soporto en mi ciudad en esta época del año.

Es la primera vez que salgo de España, la primera que viajo en bussines y, además, la primera que tomo una decisión por puro instinto. Vamos, que me estoy licenciando en primeras veces con este viaje. Intento estar tranquila, pero los nervios están haciendo ganchillo con mis tripas dentro de mi estómago. Todavía no tengo muy claro qué narices hago aquí. Como diría mi madre: No es lo mismo estar bien que aparentarlo, mi niña. Pues eso hago en este instante, aparentarlo.

Suelto un suspiro demasiado largo y me acurruco en mi asiento. Sonará extraño, pero todavía la siento a mi vera; aconsejándome, guiándome, riéndose conmigo, incluso hablándome cerquita del oído, aunque solo sea en mi subconsciente. Me parece mentira que casi hayan pasado dos años desde que dejó de tener los pies en este mundo para posarlos en uno por encima de las nubes.

Espero que me disculpes, porque me pongo a divagar y ni tan siquiera me he presentado. Bueno, en cuanto me conozcas un poco más te darás cuenta de que soy muy de enrollarme con esto de las emociones, además, casi siempre las tengo a flor de piel, por lo que me cuesta mucho disfrazarlas. Vale, ya me centro, que sigues sin tener ni idea de quién soy, ¿verdad? Pues allá voy.

Me llamo Gabriela Suárez y nací hace veinticinco años en Madrid. Mi madre y yo vivimos en la embajada francesa en la capital, donde ella trabajaba como chica del servicio (hago hincapié en lo de chica porque apenas tenía veinte años cuando nací yo). Cuando cumplí los dieciséis, nos mudamos a Sevilla, su ciudad natal, y de allí no he vuelto a salir hasta hace unas dieciséis horas aproximadamente, para meterme en este cacharro de hierro rumbo a Nueva York.

No quiero aturullarte con mi verborrea incontrolable el primer día, aunque, te aviso, hablo alto y claro, sin remilgos. Estudié en el Liceo Francés, rodeada de familias bien (así se definían ellas) y sé tres idiomas (cuatro si cuentas el español). Sin embargo, no me gusta utilizar un lenguaje demasiado finolis a la hora de expresarme. Quizás es porque me tuve que adaptar rápido al cambio cuando nos mudamos. A otra cuidad y a otro ambiente muy diferente, sobre todo cuando llegué nueva al instituto del barrio. Allí, todo era radicalmente distinto. Soy bastante social y extrovertida, así que me amoldé a la nueva situación sin dramas. Otra cosa de la que seguro que serás testigo es de que me ponen nerviosa los silencios. Vamos, que no los soporto. Por eso he vuelto loca a la azafata desde que despegamos. Si llego a estar aquí metida tantas horas sin haber intercambiado ni una palabra, pisaría suelo americano desquiciada, porque dormir como una marmota y relajarme tampoco va conmigo. Huracán, me suele llamar mi amigo Marcos.

Cuarenta minutos más tarde, me despido de la tripulación y bajo del avión. Estoy agotada; las ojeras que me he visto con la cámara del móvil lo corroboran. Y, además, cuando desciendo por la escalerilla, me noto mareada.

Me cruzo el bolso sobre el pecho y me dirijo al control de pasaportes con él ya en la mano. Avanzo por un largo pasillo, tirando de mi maleta rosa de lunares negros, muy folclórica, como Lola, mi amiga y mi jefa, que es la que me la ha prestado; es de las de cabina y va a reventar. El billete que llegó a mi correo electrónico hace cuarenta y ocho horas no tiene fecha de vuelta, imagino que me darán luego otro para regresar, así que he metido un poco de todo, improvisando.

Por fin es mi turno. Le entrego al señor agente, o lo que sea, mi pasaporte recién estrenado para la ocasión y el ESTA, que también recibí por correo junto con el billete, y al que ni tan siquiera he echado un vistazo. Después de las comprobaciones oportunas, puedo decir que piso suelo americano.

Unos minutos más tarde, atravieso la puerta de la terminal sin saber quién estará esperándome. Han llegado tantos vuelos a la vez que solo veo piernas y brazos mezclados con ruido.

Respiro un par de veces y me detengo un segundo en mitad del gentío.

—Venga, Gaby, no tiene que ser tan difícil. Recuerda el nombre de la carta y céntrate. Alguien habrá venido a por ti.

Exacto, las palabras las he pronunciado para mí misma, pero en voz alta. Otra manía más. Interiorizar está sobrevalorado.

Manhattan, 30 de junio de 2020

Estimada señorita Suárez:

Siguiendo las instrucciones del señor Coté, tristemente fallecido el pasado 10 de junio a causa de una intervención compleja de corazón que no superó, me pongo en contacto con usted para convocarla a la lectura de su testamento, en el cual está incluida.

Como su albacea, soy el encargado de hacer cumplir su voluntad y, por ello, tengo el deber de comunicarle que deberá presentarse en las oficinas centrales de Coté Group, en la 5th Ave con la W 42nd St en Manhattan, el próximo lunes 13 de julio.

Le ruego me envíe un correo electrónico al mail que le indico confirmándome su asistencia, y así podré facilitarle por ese medio toda la documentación del viaje en los próximos días.

Atentamente,

Nick Costas

ceo.cotegroup@cotegroupdevelopment.com

Después de la sorpresa inicial por la citación y por tener noticias de Gabriel, aunque fueran tan tristes, recordé otra de las frases llenas de sabiduría y amor de mi madre: Nunca pares, nunca te conformes. Y, en un arranque de improvisación, impropio de mí, respondí al correo diciendo que viajaría a esa lectura y que quedaba a la espera del resto de detalles, sin consultar con nadie mi decisión.Cuando se me pasó el subidón por el arrebato, empecé a ver el tema algo más confuso. No obstante, odio dar marcha atrás y no soy de las que se arrepienten de sus decisiones cinco minutos después de haberlas tomado, por muy descabelladas que sean, así que, como he dicho antes, me dejé llevar por mi instinto y he llegado hasta aquí.

Cuando se lo conté a mis amigos, me volvió a invadir el miedo. Lola se puso como una loca, pero no de alegría, sino de preocupación. Me advirtió de que no diera ni un euro por adelantado, porque eso sonaba más bien a estafa online que a otra cosa. Luego le tocó el turno a Marcos. Él no paró de preguntarme si estaba segura de que todo era real, con nombres y apellidos, porque parecía sacado de una trama de alguna película sobre chicas engañadas que viajan a otros países y terminan en una red de tráfico de mujeres. Flipé con la imaginación desbordante de ambos.

La verdad es que no tengo ni idea de por qué Gabriel me ha incluido en su testamento, ni de por qué yo me he dejado llevar por ese primer impulso, que no suele tener cabida en mis decisiones, y he cogido un avión hasta llegar aquí. Sin embargo, lo que tengo más o menos claro es que no pierdo nada por venir y escuchar su última voluntad, ¿o sí?

Los últimos días no he dejado de pensar en Tiffany, la hija de Gabriel. Ella y yo nos criamos juntas en la embajada. Supongo que sus padres prefirieron que compartiéramos estudios y juegos para que no se sintiera tan sola. Al fin y al cabo, éramos las dos únicas niñas que revoloteaban por un mundo lleno de adultos. Fue una bonita época que recuerdo con una sonrisa. Tuve suerte de tener una infancia feliz. Ella era la nieta del embajador, el padre de Gabriel. Y yo la hija de Cayetana, la asistenta. Sin embargo, a pesar de nuestros orígenes distintos, nunca hubo distinciones entre nosotras, al menos en lo que a educación se refiere. Ambas fuimos al mismo colegio (que, evidentemente, mi madre no pagaba), compartimos los profesores de idiomas, las clases de piano y las horas de baile en una de las mejores escuelas de danza de Madrid, que eran, sin duda alguna, mis preferidas y en las que nació mi vocación por este maravilloso arte. Cuando ella iba a cumplir doce, se mudaron a Nueva York. Nos enteramos de que Gabriel y su madre se separaron casi al llegar. Nosotras nos fuimos a Sevilla después y perdimos el contacto.

¿Será ella quien está esperándome?

Intento leer los carteles que portan los chóferes mientras esperan a los recién llegados. Por fin veo escrito mi nombre en uno. El chico que lo sostiene lleva un traje negro, sin corbata. Es alto y moreno, con unos rizos desordenados que restan formalidad a todo su aspecto, como si hoy no se hubiera peinado. Avanzo con decisión y, cuando se da cuenta de que voy directa hacia él, se adelanta un paso para ayudarme con la maleta.

—¿Nick? ¿Nick Costas? Soy Gaby.

Fruto de los nervios, me abalanzo sobre él para saludarle, con dos besos incluidos, sin esperar a que pronuncie ni media palabra. Él, aturdido, se queda a medio camino entre estampar su cuerpo contra el mío o rehuirme. Por eso, mis labios casi rozan la comisura de su boca en plena confusión. Vale, ahora solo quiero que la tierra me trague.

¡Coño! Siempre me olvido de que el saludo formal del resto de las culturas no implica tanto toqueteo y besuqueo como el nuestro.

—Perdón, no quería… —me disculpo, en español, porque todavía no he cambiado el chip.

—Tranquila —me responde él en inglés—. No soy Nick, soy Adam, su chófer.

Después del bochorno por el recibimiento y de observar que se lo ha tomado como una anécdota divertida —por la sonrisa que me dedica—, le sigo hasta el coche en silencio, dándome golpes mentales por mi maravillosa entrada en el país.

Así se hace, Gaby, te pueden contratar para rebajar las tensiones internacionales, eres única.

—Lunares. Olé —dice ahora en español con una pronunciación rara y guarda mi maleta.

—¿Hablas español?

—No. Solo poco.

Cierra el maletero y veo que tiene la intención de abrirme la puerta trasera de este impresionante deportivo. Es un Audi S7 Prestige, gris perla, que parece recién salido del concesionario. No es que entienda de coches, pero he sido rápida leyendo el modelo en la parte de atrás. Niego con la cabeza ante su cara de sorpresa y me siento en el asiento del copiloto. Las vistas son mucho mejores aquí delante.

 —Nicola me va a matar —sisea cuando se agarra al volante.

¿Nicola? No sé quién es, así que olvido su comentario, que ha sido de nuevo en inglés, y trato de centrarme en que a partir de ahora será mi idioma también. Bajo un poco la ventanilla para que me dé el aire, pero la vuelvo a subir un segundo después, porque el ruido exterior es bastante abrumador.

En cuanto se incorpora al tráfico, mi cansancio se desvanece. Simplemente, ALUCINO. Así, en grande y a colores. He visto esta ciudad tantas y tantas veces en series y películas que tengo la sensación de que ya he estado aquí antes. Sin embargo, me quedo embobada de igual manera admirando todo lo que vamos dejando atrás. Creo que Adam me observa de reojo y se aguanta la risa. Me cuenta que sus padres son irlandeses y que su abuela materna era sevillana, pero él ya nació aquí y no la conoció. Vaya coincidencia. De ahí que sepa alguna palabra suelta en mi idioma. Él nunca ha estado en España, pero tiene muchísimas ganas de ir. A ratos lo escucho y otros desconecto, porque no puedo apartar la mirada de lo que hay detrás del cristal. Se cuela una llamada por el altavoz y, cuando miro la pantalla, que está en el salpicadero, solo aparece una N.

—Dime —responde Adam.

—Hola, ¿estoy hablando con el canguro? —pregunta una voz grave, con un tono bastante ronco. A continuación, se empieza a carcajear—. Espero que hayas recogido al bebé.

¿Perdona? He oído bien, ¿no? ¿Me ha llamado bebé? ¿Quién narices es este tío? Espero que no sea el CEO de Coté Group, porque, si es así, me está pareciendo un gilipollas.

—Eres un mamón y deberías controlarte un poco. Puede que me ría en tu cara más tarde —le contesta Adam, bajando el volumen, como si así no fuera a oírlo.

 Saco mi móvil del bolso y quito el modo avión. Con tanto ajetreo ni me he dado cuenta de desactivarlo. Y así, de paso, disimulo. Es mejor que crean que de inglés ando justita. Busco una red que me funcione y mando un par de mensajes a mis amigos para que sepan que he llegado bien.

—Vale, vale. ¿Cuánto te falta? No quiero que se retrase la reunión y tener que cancelar toda mi agenda. No puedo perder el tiempo hoy.

—Con el tráfico que hay ahora mismo, media hora más o menos.

—Perfecto. Espero que ya le hayas dado el biberón a la niña. Aunque, seguramente, en esa guantera tuya, que es como un pozo sin fondo, tendrás algún chupete, tenlo a mano por si llora.

Definitivamente, me doy cuenta de dos cosas: la primera, que estos dos no tienen una relación de jefe y empleado al uso. Y, la segunda, que, si este es el tal Nick, sí, definitivamente, es gilipollas.

Acqua in bocca, mozzarella —le advierte su chófer usando una expresión italiana para que se calle.

Dentro de esos tres idiomas que aprendí, uno fue el italiano; no tengo mucho nivel, pero me defiendo. Lo del queso debe de ser un mote.

—¿Por qué? Es fea y con bigote, no me digas más. Me la estoy imaginando, llena de pelo por todas partes. —Se ríe solo. Adam me mira de reojo, tratando de adivinar si lo he entendido, y tengo que hacer un esfuerzo enorme para que no se dé cuenta que sí—. Venga, no tardes.

—A riesgo de parecer tan imbécil como tú, te diré que lo más probable es que tú mismo quieras ponerle el chupete dentro de un rato.

No entres al trapo, Gaby, no entres.

Continuará…

Espero que os haya gustado y que tengáis ganas de más.

Recuerda que estará disponible en papel y en digital en Amazon el 6 de abril.

Aquí os dejo el enlace.

Nos leemos…

Si Nueva York suena, tú y yo bailamos.

Lo prometido es deuda. Por aquí os dejo el primer capítulo de mi próxima novela, para que empecéis a acumular ganas.

No sé la fecha exacta de publicación todavía, pero lo anunciaré prontito.

Disfrutad y contadme qué os parece.

CAPÍTULO 1

NICOLA

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Me quedo como un idiota en el umbral de la puerta, observando cómo se miran, con una mezcla de respeto y devoción. La risa que mamá trata de disimular cuando él le susurra los mismos piropos en el oído, noche tras noche, es el mejor sonido del mundo. Ese hombre fuerte, de cabello oscuro, ojos negros y manos grandes, marca los pasos y ambos se mecen al ritmo de Cosa Della Vita, de Eros Ramazzotti y Tina Turner, como si el mundo fuera solo de ellos. Parece mentira que su jornada laboral haya empezado hace más de doce horas y aún tengan ganas de seguir moviéndose.

Nunca se lo confesaré, pero me encanta verlos bailar.

Papá se gira y me pilla mirándolos, a mí también se me escapa una risa floja, no lo puedo evitar, pero pongo los ojos en blanco, fingiendo que me da un poco de vergüenza ajena la escena. Entonces él, en una clara provocación, se marca un movimiento de cadera mucho más sensual, que termina con un beso sobre los labios de mi madre.

¿Oyes eso, Nicola? Es la vida, que suena. Solo tienes que alejarte del ruido y bailarla.

La voz de mi padre, pronunciando una de sus míticas frases, que bien podrían formar parte de un recopilatorio motivacional, se diluye con los últimos acordes de la canción. Me doy la vuelta para subir de nuevo a mi habitación y acostarme, dejándolos solos unos minutos más hasta que decidan apagar las luces y despedir el día. Estoy a punto de meterme en la cama cuando el suelo desaparece bajo mis pies.

Cuatro disparos.

Cuatro disparos. Dos golpes secos.

Cuatro disparos. Dos golpes secos. Toda una vida.

Empiezo a correr escaleras abajo, lleno de pensamientos y vacío de aire, porque apenas consigo que en mis pulmones entre una pequeña bocanada de oxígeno.

Fiona me llama.

Yo no me detengo.

Grito. Grito más fuerte. Grito hasta perder la voz.

Mi hermana llega hasta mí y llora. Llora cubriéndose los ojos, con desconsuelo, con pavor, con rabia, sin emitir ni una sola palabra. Solo llora. Solo llora.

Me abalanzo sobre sus cuerpos, calientes y ensangrentados, y los abrazo. Hundiéndome entre los escasos centímetros que los separan y juntándoles de nuevo.

Sudor. El mío.

Olor a sangre. El de ellos.

Dolor. Agudo e intenso, del que te traspasa las entrañas y anida en lo más profundo de tu ser; el de mi hermana y el mío, ahora ya solos en este maldito mundo.

Su último baile.

Beep. Beep. Beep.

El sonido incesante de la alarma del móvil me devuelve al presente de golpe.

Otro puto sueño. El mismo puto sueño. Una noche más.

Me siento en la cama como un resorte y noto como las gotas de sudor me resbalan por la frente y por la espalda, estoy empapado. Me froto los ojos con vehemencia, para arrojar un poco de luz a la oscuridad del túnel. Me presiono las sienes y, a continuación, me palpo el pecho, intentando controlar mi ritmo cardiaco.

Respira, Nicola, respira. Ya no tienes diecisiete años.

Inhalo. Exhalo. Giro el cuello a la derecha y luego a la izquierda hasta que cruje, con ese sonido tan característico que da algo de grima. Me quedo apoyado en el borde del colchón, necesito levantarme, pero me tomo un par de segundos de más para calmarme. En cuanto mis pies se posan en la alfombra de cachemira de pura seda, recuerdo que estoy en el ático del Upper East Side y no en casa.

De puta madre.

El vaso con los restos de whisky en la mesilla y la melena de la rubia que está encima de la almohada me recuerdan que anoche me pasé con el alcohol en la maldita fiesta. Y teniéndola aquí, también confirmo que cedí a su capricho.

Mierda. No sé por qué he consentido que se quede a dormir.

Son las seis y media de la mañana y no puedo perder un minuto más lamentándome por mis actos. Me voy al baño y entro directamente en la ducha, sin esperar a que el agua esté caliente, es evidente que no necesito quitarme el pijama porque no lo llevo puesto.

La rubia sigue en coma profundo cuando regreso a la habitación. En el vestidor cojo uno de mis trajes negros y una de las diez camisas blancas —son todas iguales— y me visto con premura. Hago ruido a posta con los zapatos sobre la madera, para ver si se despierta, pero ella sigue sin inmutarse.

Bajo a la cocina cabreado y decepcionado, sobre todo conmigo mismo. Antes de entrar, el olor a café recién hecho invade mis fosas nasales y, automáticamente, me activo.

—Buenos días, Rosy. Llego tarde, solo tomaré esto. —Me estiro por encima de mi asistenta para coger mi capuchino y me lo llevo a los labios, con necesidad. Suele llegar tan pronto por las mañanas que a veces dudo de si no duerme aquí.

—Le he traído bizcocho de limón, señor Costas. Venga, siéntese y cómase un trozo, que no son ni las siete.

Rosy, con su metro cincuenta, su mirada sabia y esos mofletes rellenos y sonrosados, me sonríe. Es consciente de que mi vida es una verdadera carrera contrarreloj y siempre voy con prisa a todas partes. Ahora, me observa, esperando una respuesta. Habrá dedicado su valioso tiempo a preparármelo, por lo tanto, corto un trozo grande con los dedos y le doy un buen mordisco.

—Está delicioso, Rosy. Muchas gracias. Por cierto, cuando te dé la gana me dejas de tratar de usted. —Empleo un tono más serio porque se lo habré repetido mil veces, sin embargo, ella sigue negándose a tutearme.

—Usted lo ha dicho, señor, cuando me dé la gana.

Me río con su respuesta y por ese punto de carácter que ha dado a su entonación. Me toqueteo los bolsillos del traje para comprobar que llevo todo y antes de salir le pido un pequeño favor.

—Por cierto, en mi habitación está mi ropa de ayer y hay otra tarea pendiente de la que te tienes que ocupar, cuanto antes mejor.

Tal y como la miro, sabe perfectamente a lo que me estoy refiriendo.

—¿Con desayuno o sin desayuno? —me pregunta, condescendiente.

—Sin desayuno. Lo siento, ya sabes que no se suele quedar nadie, pero anoche no sé qué me pasó.

—Quizás se lo podemos preguntar a Sinatra. —Me encojo de hombros haciéndome el inocente. Probablemente haya recogido la botella vacía de Jack Daniel´s edición especial Frank Sinatra que dejé tirada en el salón.

—Quizás…—respondo y me aguanto la risa. Cuanta sabiduría cabe en un cuerpo tan pequeño. Es increíble que me trate de usted y luego me eche esas broncas tan de madre preocupada, en fin—. Hoy tengo una reunión muy importante y no puedo esperar a que se despierte y decirle adiós yo mismo—me justifico.

—Tranquilo, ya se lo dice Rosy por usted.

Sonrío y me despido. Miro el reloj otra vez. Joder. En menos de dos horas aterrizará su avión y todavía tengo que preparar algunos papeles antes de la reunión. Es una pena que no pueda estrenarme como niñera hoy.

Marco el código de seguridad del ascensor que me lleva directamente hasta el garaje. Cuando me fijo en mi Lamborghini Urus, cruzado en mitad de la plaza, me doy un golpe mental por haber conducido anoche después de todas esas copas hasta aquí. Arranco y, en cuanto se conecta el bluetooth, llamo a Adam.

—¿Una mala noche? —me pregunta antes de que pueda decir ni una palabra. Genial, aquí está de nuevo, esa maravillosa confianza que suele dar asco. Es lo que sucede cuando aparte de ser mi empleado, es uno de mis mejores amigos.

—Para olvidar, capullo. Te llamo porque tienes que ir al JFK y recoger a la señorita Suárez, ponte un puñetero cartel de esos que llevan los chóferes, como en las películas y tráela lo más rápido posible. ¿Sabes escribir su apellido? ¿O te lo deletreo?

—Soy irlandés, idiota, no analfabeto. Nunca te he dicho que mi abuela materna era sevillana.

—No, que yo recuerde. Mira qué bien, ya tenéis un bonito tema de conversación.

Cuelgo sin despedirme, que para eso la maravillosa confianza también vale.

MIL MILLONES DE GRACIAS

Este post va a ser cortito, porque mi intención era darles una bienvenida un poco más extendida, pero me habéis dejado sin palabras y mirad que eso es difícil, así que seré breve.

En menos de veinticuatro horas ya los habéis colocado ahí, en el número uno de ventas de Amazon. Vega y Elio aterrizaron ayer, cargados de miedos ( los míos, evidentemente) y llegaron a lo más alto y todo gracias a vosotras.

Siempre esperáis mis historias con muchísimas ganas y, además, me leéis muy bonito. Tanto que mis novelas apenas os duran un par de días, por eso, solo quiero daros las GRACIAS, en mayúsculas, porque sois la puta caña.

Mil millones de gracias, de corazón.

ESPECIAL NOCHEVIEJA Y AÑO NUEVO

En cualquier playa del mundo, 31 de diciembre.

            Hola, soy Elio Mayoral y la mayoría de vosotras estáis a punto de conocerme, así que no me puedo explayar mucho, porque os destrozaría mi historia. Si se entera Edurne de que os la destripo, me matará, y no queremos que eso ocurra. Los del norte tenemos nuestro carácter, ya lo sabéis.

            Creedme cuando os digo que es tan jodidamente especial como os ha repetido ella durante los últimos meses, ahora, espero que a vosotras también os lo parezca.

            Solo os diré que hoy despediré el año de la mejor manera posible; con la combinación perfecta de mis elementos favoritos: Ella y el mar.

Y para terminar, un caramelito.

 

Manhattan, 1 de enero.

            Adam viene al salón con tres botellines de cerveza más y se sienta entre Richard y yo, meneando su culo para hacerse un hueco. Es Nochevieja, bueno, ya es año nuevo, el más surrealista que recuerdo. Y eso que con este par he vivido unos cuantos ya.

            —¿No tenéis casa, capullos? Todavía no me explico cómo después de haber estado en Times habéis llegado aquí.

            —Joder, Nicola, deberías follar más —suelta el irlandés y me abraza—. Ser el CEO de Coté Group te estresa demasiado. Deberías retirarte a la Toscana unos meses.

            —Sí y fabricar vino —añade lacónico Richard. El jodido lo dice con retintín, porque sabe que nunca me pareció mal plan a largo plazo, pero ni de coña ahora.

            De momento, tengo suficiente con dirigir Coté y más ahora, que Gabriel está delicado de salud y ha delegado en mí toda la responsabilidad. Mis días son cualquier cosa menos tranquilos, así que después de cenar con mi hermana y mi sobrina, lo único que me apetecía era venirme a mi casa en NoLIta y tirarme en el sofá. Sin compañía. Deseo que, claramente, no se ha cumplido.

            —¿Vosotros hoy tampoco folláis, no? —les pico ahora a ellos—. Por eso habéis decidido venir a tocarme las pelotas.

            —Venga, si en el fondo te encanta tenernos aquí. —Richard es el que me abraza ahora y me revuelve el pelo. Le engancho por el cuello y terminamos dándonos de hostias los tres, como cuando teníamos quince.

            —Basta, joder. Que ya somos mayorcitos. —Intento poner un poco de paz, en el fondo me encanta ver que seguimos estando tan unidos como de críos. Sin ellos yo no, simplemente no.

            —Vamos, cuéntame que deseo has pedido para este año nuevo —me apremia Adam y lo miro mal.

            —Espera, yo te lo digo… —me corta Richard.

            —No, joder, no me refiero a ese. —Interviene ahora Adam y los tres nos miramos y nos callamos, porque es absurdo repetir año tras año lo mismo.

            —Los deseos no se cuenta, idiotas.

            —Vale, pues ya lo pido yo por ti, Mozzarella —me dice Adam.

            —No seas gilipollas —me mosqueo.

            —Deseo que este año que comienza, llegue una tía a tu vida que te saque de tus casillas y te ponga en tu sitio. Una que sea un maldito huracán, que llegue y arrase con todo.

            —Joder, cuanta maldad. Pero vamos, que también te digo que eso ha sonado como una puta película, me apunto a verla —sisea Richard cuando lo escucha —Venga, brindemos por ese maldito huracán.

            —A vosotros se os va la pinza, ¿no? —rebato, pero aun así choco mi botellín con el de ellos, porque, en ocasiones, es mejor darles la razón como a los tontos.

            ¿Una tía que me ponga en mi lugar? ¿Qué gilipollez de deseo es ese?

            Siete meses después…

            No os lo vais a creer, pero… joder, el capullo del irlandés en vez de un deseo me debió lanzar una puta maldición, porque…

            ¿Queréis saber más?

            Pues no os preocupéis, porque este año que está a punto de empezar, podréis conocerme a mí, a ella y a estos dos capullos también.

            Nos leemos.

            Feliz 2022 a tutti.

            Nicola Basso

No me matéis, pronto habrá más.

Nos leemos…

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE V)

Madrid, 31 de diciembre.

NOEL

            —¿Me puedes recordar por qué he accedido a cenar allí? —le pregunto a Sira antes de que llamemos al ascensor para subir a la quinta planta.

            —Porque su salón es más grande que el nuestro, y, además, han cuidado de Alan y Nala toda la tarde. Gracias a eso, tú y yo hemos podido hacer un montón de cosas que teníamos pendientes.

            —Mmm.. —ronroneo recordando las horas anteriores con ella entre las sábanas.

            Su llama, mi fuego y las putas ganas de amarnos y saborearnos a cuatro manos. Desde la punta de los pies hasta el último pelo de la cabeza. Con Sira el sexo siempre es así, desmesurado e incontrolable. Real y libre, sin imposiciones. En cuanto entramos en el cubículo la acorralo contra el espejo—. No me hagas rebobinar todas esas imágenes, porque me pones malo. Muy malo.

            Ella misma ataca mi boca, me besa sin titubeos y antes de separar nuestros labios, posa su mano en mi abultado paquete.

            —Vaya, enfermero, pensé que ya te había curado este mal.

            —Hay males eternos, violeta.

            Nos colocamos la ropa y salimos al descansillo, solo falta que el puto poli esté esperándonos y nos pille en pleno calentón. La puerta de casa está entreabierta y en cuanto atravesamos el umbral, nos detenemos en la entrada, con la vista fija en el salón.

            La puerta doble de madera está abierta de par en par y, sentado en la alfombra, al lado del árbol gigante de Navidad, está David, jugando con sus tres sobrinos.

            —Esto…

            —¿Caro? —grita Martina y se asoma por el pasillo—. Oh, pensé que era ella.

            De repente, solo se respira silencio, hasta los niños se han callado. Mi hermano, al que hace una eternidad que no vemos, alza la cabeza y se da cuenta de que somos nosotros. Jacobo, que debía estar cerca, coge a su hija de los brazos de él, y se queda de pie con ella. Sira, en un acto reflejo, me da la mano, entrelaza sus dedos con los míos, deteniendo el tembleque que empezaba a tener.

            —¿Por qué estáis todos tan callados? —Esa es Claudia, mi hermana, que estaría en la otra punta del salón y se habrá quedado flipada con la escenita.

            Es como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa y hubiera congelado nuestra imagen, la de todos, manteniéndonos a cada uno en nuestra posición.

            —Bueno, yo me tengo que ir… —dice mi hermano y se levanta del suelo. Dios, que fuerte me parece tenerle tan cerca y a la vez tan lejos.

            Mis hijos se enganchan a sus piernas, y le piden que se quede un ratito más, le hablan de no sé qué juego y de una promesa. No entiendo sus palabras, porque las emociones están ascendiendo de mi pecho a mi garganta, provocándome un revoltijo interno difícil de controlar.  

            Sé que Claudia y Martina quedan con él de vez en cuando, sobre todo cuando se llevan a dar una vuelta a nuestros hijos. Al principio, lo hacían de forma más esporádica, pero, últimamente, lo hacen con más asiduidad; quedan con él en el parque alguna tarde, o en casa de mis padres. Cuando Martina tuvo a la niña, se ablandó un poco y comenzó a tener algo de contacto con nuestro progenitor, gracias a la intervención de su madre, que insistió para que no privara a su nieta de tener un abuelo. Nosotros nunca nos hemos opuesto a esos encuentros, porque los niños no tienen porque que sufrir las consecuencias de los comportamientos de los mayores, lo que pasa es que es distinto imaginarlos juntos, a verlos con nuestros propios ojos aquí.

            —¡Papi, mami! Miraz (Alan es muy de zetas) lo que nos ha traído el tío Daviz. —Mis hijos, ajenos a la situación, vienen a por nosotros exaltados y no nos queda más remedio que movernos del metro cuadrado en el que nos habíamos anclado.

            —Pensé que llegarían más tarde —le comenta Claudia a mi hermano en tono bajo, pero lo oigo desde aquí. Supongo que el trato no era que coincidiéramos. O sí.

            Él coge su cazadora y se agacha a dar unos besos a los niños en la cabeza, que ahora están pegados a Sira y a mí. La situación es rara, sin embargo, todos guardamos las formas.

            —Puedes quedarte si quieres —le dice Sira con un tono firme pero suave.

            Ella nunca ha querido que él saliera de mi vida. Ha luchado y me ha animado millones de veces a intentar recuperarlo, pero él nunca ha accedido.

            David se debate entre mirarnos a los ojos, o salir escopetado con la vista clavada en sus zapatillas. Cuando alza la barbilla y nuestras miradas, cargadas de algo que no sé describir, se cruzan, me parece observar un amago de sonrisa en sus labios, pero solo es un amago.

            Me dolió tanto que nunca quisiera volver a saber de nosotros, que no fuera capaz de compartir el mismo espacio, ni tan siquiera sentarse con nosotros en la misma mesa, que ahora, teniéndole aquí delante, es como si la costra de la cicatriz me impidiera notar si sigue escociendo. Lo di por perdido. Hace años que lo perdí.

Ya se sabe que la Navidad es propicia para encuentros inesperados y para ablandar corazones de hielo, pero conozco a David y sé que si no ha cedido en todo este tiempo, las luces del árbol y el espíritu navideño no le harán cambiar de opinión ahora.

            —Me voy, chicos. —Se despide de todos—. Feliz año nuevo —dice cuando pasa por mi lado y noto su mano sobre mi brazo un par de segundos.

            Ese mínimo contacto me desconcierta. Quiero girarme y acompañarle a la puerta, quiero decirle que tiene mi número, que me llame cuando le apetezca, quiero decirle que le he echado de menos, quiero decirle tantas cosas. Sin embargo, solo repito su feliz año nuevo, como un mantra.

  Claudia y Martina le custodian hasta la puerta y allí se encuentran con Carola, que llega justo en este instante. Me doy cuenta de que entre las tres le arropan y le animan, así que supongo que él se haya quedado igual de tocado que yo.

            —A mí no me mires —se excusa Jacobo al ver la cara que se me ha quedado—. Ya les dije que era una pésima idea. ¿Estás bien? —Esa pregunta va dirigida a Sira, porque aunque el puto poli y yo nos llevamos mejor desde que está con Martina, mi chica siempre será su ojito derecho.

            —Sí y no. Pero una cerveza como esa me ayudaría bastante. —Sira señala el botellín que tiene su amigo en la mano, él sonríe y va a buscarlo. Los niños le siguen a a cocina, a ver si pillan algo para picotear y nos dejan solos.

            —Sira…

            —¿Tú le has visto con ellos? No sé por qué sigue empeñado en pasar de ti. ¿No crees que quizás, él y tú…?

            —Shh. —Me acerco y la estrecho entre mis brazos. Paso mi mano por su espalda y enredo mis dedos en su pelo. Sé que piensa que todo es por su culpa. Todavía hay algo dentro de ella que grita que renuncié a él por ella, pero sabe de sobra que yo nunca he pensado así—. No quiero que le des más vueltas. Es David, los dos sabemos que no cederá.

            —Está bien. Yo solo digo que quizá…

            —Quizá, pequeña, quizá. Pero, mientras tanto, que te quede claro que tengo todo lo que quiero. A ti, que eres el mejor hogar y refugio del mundo, donde siempre quiero estar, porque a tu lado todo tiene sentido. A nuestros niños, que son energía y motor, y que nos hacen querer ser mejores cada día. Y por tener, tengo hasta esta mezcla extraña de familia, donde todos son importantes.

            —¿Incluido Jacobito? —Me pica y me río, porque me encanta ver esa sonrisa de cabrona en sus labios.

            —¿Me has llamado? —pregunta el aludido y nos acerca dos cervezas.

            —Sí, mi vida ya no sería la misma sin el puto poli —reniego y doy el primer trago al botellín.

            —La mía tampoco, ¿verdad, madurito? —Esa es Martina, que se acerca a él con su niña en brazos. Es bonito el trio que forman, no voy a negarlo.

             Creo que es el momento perfecto para abrir la veda de las pullas. Sira se mete con su hermana, por zalamera. Yo con Jacobo, porque sí, con él nunca necesito encontrar un motivo real. Claudia con Caro y viceversa, ellas siempre tienen trapos sucios de los que tirar. Hasta que vuelve a sonar el timbre y llegan el resto de invitados. Lau con Nacho, que serán papas en unos meses, y están más que felices y Oriol, aquel amigo de Martina que ahora está trabajando en Madrid y hoy cenará con nosotros.

            Sira me mira y cogemos a nuestros niños en brazos. Tratamos de frotar nuestras narices en un beso de esquimal, las de ellos son como pequeños botones, imposibles de encontrar.

            —Tú, ellos y nuestro… —le susurro en el oído antes de separarnos para sentarnos a cenar.

            —Parasiempre.

            ¿Qué más puedo pedir?

JACOBO

            —La mía tampoco, ¿verdad, madurito? —Martina se acerca con nuestra niña en brazos y sonrío como un imbécil.

            No pueden ser más perfectas. Mi bebé y su madre, que ha dejado de ser la pequeña de la casa, se acurrucan contra mi pecho y con eso ya no necesito el oxígeno para vivir. Sí, así de empalagoso me ponen. Joder, es que, siempre tuve claro que quería tener hijos y cuando Martina se quedó embarazada, me volví completamente loco. Lena nació el mismo día que nosotros, no fue casualidad del todo, porque a Martina la tuvieron que inducir el parto y entonces pudimos escoger la fecha para hacerlo coincidir. Todavía me emociono recordando la primera vez que la tuve en mis manos.

            —Mi vida es mucho mejor ahora, nena, con vosotras.

            —Traed a mi niña, que la vas a asfixiar con tanto achuchón. —Caro nos quita a la niña y se la lleva con Oriol. Sí, ese amigo suyo que no me cae especialmente bien, y que cenará hoy con nosotros. Lo mejor de todo es que en cuanto terminen se irán a quemar la noche de Madrid y yo podré disfrutar de Martina hasta que Lena nos deje, porque no duerme mucho todavía.

            —¿Qué tal están? —me pregunta señalando con la cabeza a Noel y Sira, que están abrazando a sus hijos a nuestro lado.

            —Tocados. Tu hermano lo lleva peor, creo. Te dije que no era buena idea forzar el reencuentro, pero como siempre, me lías y me llevas por donde quieres.

            —Claro, porque sigo siendo tu debilidad, madurito.

            Martina se apodera de mis labios y oímos como carraspean nuestros invitados cuando nos besamos. A ver, la verdad es que el beso casto no es.

            —Exacto. Lo malo es que ahora tengo dos debilidades. —Sonrío de nuevo como un imbécil mirando a Lena, que está tan contenta en los brazos de Carola—. Vais a acabar conmigo.

            —Tranquilo, sigues siendo el más fuerte de la casa, nene —me anima apoyándose en mis hombros y colgándose de mí como un monito.

            —Si nos disculpáis unos minutos… —siseo con su lengua en mi boca y desaparecemos un ratito del salón con los exabruptos de la mayoría de nuestros invitados de fondo.

            Me podré tomar una licencia, ¿no? Que para eso soy el anfitrión.

DAVID

            Clau y Marti me han liado. Me sonó raro que insistieran tanto para que viniera a ver a los niños aquí, cuando hace dos días estuve con ellos en casa de mis padres. Pero no sé, se pusieron tan pesadas que al final accedí. Sé que ellos viven aquí, cuatro plantas más abajo, sin embargo, no pensé que iba a verlos, ni mucho menos que iba a tenerlos tan cerca y a la vez tan lejos.

            ¿Qué cómo me siento? Triste.

            Supongo que una ligera melancolía me ha invadido cuando los he visto a todos ahí juntos. Alan y Nala me adoran y yo a ellos. Agradezco que mis hermanas intervinieran para que los conociera y forme parte de sus vidas. Y, por supuesto, debería darle las gracias a sus padres porque me lo permiten. Pero, cuando los he tenido a los cuatro delante de mis ojos, siendo testigo de la familia tan botita que hacen, me he derrumbado un poco, por dentro.

            Quizá porque sigue doliendo, aunque cada día menos. Quizá porque he sentido un impulso irrefrenable de abrazar a mi hermano y lo he disimulado con un pequeño gesto sobre su brazo. Quizá porque me gustaría recuperarle y poder compartir con él mis movidas, las buenas y las malas. O quizá, simplemente, porque no hubiera estado mal quedarme y sentarme con todos en esa mesa a cenar, al fin y al cabo, son mi familia.

            —Venga, hermanito, quédate. —Clau y Marti me escoltan hasta el ascensor y en ese momento llega Carola.

            —Os habéis pasado. Ya hablaré con vosotras —las amenazo, pero me ignoran.

            Me apretujan entre las tres y me llenan la cara de besos, creo que el de Caro es más provocador que otra cosa. Lo nuestro fue una noche loca, pero, desde entonces, nos gusta alimentar la ilusión de repetir, algún día.

            —Sed buenas. —Me zafo de ellas como puedo y me cuelo antes de que se cierre la puerta del ascensor.

            Cuando salgo a la calle cojo aire. Me ato la cazadora hasta arriba porque hace frío y echo un último vistazo desde el jardín a la ventana del quinto piso.

            Sube, David. Sube y cierra esa página.

            Mi móvil se ilumina y veo en la pantalla un mensaje de mi padre, me dice que ya están en casa esperándome. Hoy cenaremos los tres. Lo guardo en el bolsillo y me voy a coger el coche.

            Quizás el año que viene.

            Quizás. 

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE IV)

            Londres, 31 de diciembre.

            Cierro la puerta del frigorífico y antes de regresar al salón con la botella de champán para nuestros invitados, me doy de bruces con ella. Su sonrisa nerviosa, su olor a jazmín, ese que desata mis instintos más carnales, y su mirada, oscura y cargada de vértigos, concentrada en la mía, me hacen tambalearme. Está… Joder. Está tan guapa hoy que tengo que contenerme, mucho, demasiado, o terminaré cancelando esta cena y mandándolos a todos a sus respectivas casas.

            —Deja de perseguirme, Little.

            —No estoy aquí por ti. He venido a por agua.

            —Claro, y entonces, de manera casual, te has chocado conmigo. —Sujeto sus manos y las poso sobre mi pecho. Se muerde el labio por un lado y suspira.

            —No, me he tropezado con tu desmesurado ego, que con el paso de los años crece. Un día no vamos a caber en tu casa.

            —Nuestra casa —la corrijo.

            —Nuestra casa.

            Sonrío y me acerco más para estrecharla entre mis brazos. Trata de zafarse, pero su fingido desinterés se volatiliza cuando mi boca se posa sobre la suya. Noto como su respiración se acelera.

            —¿Te quieres tranquilizar? Estarán a punto de llegar.

            —No puedo. No la veo desde hace casi un año, Al. Estoy nerviosa.

                        Lo sé. Lo sé.

            —¿Ya estáis frotándoos otra vez? Joder, no sé por qué no he cogido un avión y me he pirado a alguna playa paradisiaca y solitaria —espeta Úrsula y se mete entre los dos para separarnos.

            Hay cosas que continúan igual, por muchos años que pasen. Su animadversión a las relaciones y a las muestras efusivas de cariño siguen sin ir con ella. Se mudó hace meses al apartamento que dejó Dafne a unos metros de nuestra casa, porque le resultaba más cómodo que el nuestro, pero sigue pasando más horas con nosotros que allí. Ahora vive a caballo entre Madrid, Londres y Nueva York; sí, ha añadió un destino más a su ajetreada vida laboral, y, quizá por eso, cuando está aquí, prefiere no estar demasiado tiempo sola.

            —En el fondo te gusta ver que los demás se quieren, Ursulita —le pica Nora.

            —Sí, muy en el fondo.

            —Perdón, Jules quiere una tónica y no quedan en la mesa. —Robert entra en la cocina y nos interrumpe.

            No me pasa desapercibida la mirada que le dedica nuestra amiga antes de poner los ojos en blanco y bufar, se gira con brusquedad para pasar por delante de él y regresar al salón.

            —¿Han llamado al timbre? —pregunta Nora atacada y se va escopetada a abrir.

            —¿Qué pasa con Úrsula? —le pregunto a Robert.

            Mi amigo y ella tuvieron algo, algo sin definir. Quisieron llevarlo en secreto y mantenernos a todos al margen. Más o menos lo intuíamos, pero preferimos no inmiscuirnos en su intimidad. Creo que aquello se les fue de las manos, eran muy amigos y se llevaban de puta madre, en cambio, desde que Robert empezó a salir con Jules, hace unos meses, no se soportan y parece que no pueden compartir el mismo espacio. 

            —Nada.

            —Ya.

            —Acabará entendiéndolo —sisea como si supiera que estoy al tanto de lo que les ocurrió y me deja con la palabra en la boca.

            Le preguntaré un día, pero no hoy.

            —Son Becca, Margot y Roy —me anuncia Ele y salimos al salón para seguir recibiendo a los invitados.

            El niño viene corriendo a abrazarme y me lo llevo a la cocina para darle su  chocolatina favorita. Sus madres son de la liga anti azúcar y no hay cosa que me guste más que malcriarlo, solo para escuchar cómo me ponen verde.

            —¡Alan! —se queja la pelirroja cuando le ve relamerse el chocolate que le ha quedado en el labio.

            —Es la última del año. Lo prometo.

            Me mira mal, pero me la gano envolviéndola con mi fuerte brazo y acariciando su barriga. Becca sigue siendo mi gran apoyo, no solo en el trabajo, también fuera de él. La familia que ha formado con Margot es increíble y, además, está a punto de ampliarla, porque está embarazada. Esta vez va a ser ella quien tenga a su próximo bebé y durante su baja seré el director de la escuela, así que también le hago la pelota todo lo que puedo, pero con disimulo.

            El timbre vuelve a sonar y nos piden ayuda desde la puerta. Son Dafne y Gio, cargados con las bandejas de la cena. Han preferido cocinar en el restaurante y traer todo preparado ya. La mesa está puesta, pero lo dejamos en la cocina mientras esperamos al resto de invitados. Estos dos siguen igual de locos el uno por el otro, es como si vivieran una luna de miel continua. Es extraño, porque, además de compartir la pasión por los fogones, comparten el trabajo en el restaurante, en el que invierten muchas más horas de las que deberían, y eso, en vez de alejarlos, les ha unido todavía más. El café Havana se lo ha traspasado a una prima cubana que ha recalado en Londres, afortunadamente, tiene la misma mano con la repostería que Dafne.

            —¿Ya han llegado? —nos pregunta la cubana igual de nerviosa que Ele.

            —No, todavía no —responde ella.

            —¿Pero han aterrizado, no? Con la cena no me ha dado tiempo a mirar el móvil.

            —Sí, tranquila. Estarán al caer.

            Lleno las copas de todos con el champán y hacemos un brindis sencillo.

            —Cheers.

            Nos quedamos alrededor de la mesa de pie y suena mi móvil. Es una videollamada de Andrea. Está en Italia, con Antonella y su familia. Jamás pensé que mi amigo caería así, con todo el equipo. Es verdad que en la boda de Dafne ya apostamos por la duración de su relación, pero en el fondo, ninguno tenía muy claro que ella fuera a ser la definitiva. Se lamenta por no estar con nosotros y termina hablando en italiano con Gio, muy acalorado, como suelen hablar entre ellos normalmente.

            —No me jodas. ¿Ha dicho la palabra boda? —le pregunto después de que cuelga porque he entendido parte de su conversación.

            —Sí, pero es la de mi hermana, no la suya.

            —Joder, qué susto.

            Gio y yo nos miramos, cómplices, y nos llevamos la mano al bolsillo. Sacamos unas cuantas libras y nos descojonamos cerrando la siguiente apuesta sobre su próximo enlace, que no tardará en anunciar.

            —Hola, ya estamos aquí…

            El timbre no ha sonado en esta ocasión. Claro, nos habíamos olvidado de que ellos tienen llaves.

            Nora se lanza al cuello de Lara y Dafne al de Evan. La imagen es… Buah, la imagen hace que se me empañen un poco los ojos, solo un poco. Pestañeo, porque no me reconozco. ¿Cuándo me he vuelto tan moñas? Vale, no se lo digáis, pero yo también los he echado de menos. Los chicos han estado viviendo en Estados Unidos todo el año y, al final, por una cosa o por otra, no hemos podidos verlos hasta hoy. Saco mi móvil y les hago unas fotos, a continuación, se las envío a Manuel y a Lucía, les encantará ver a su hija y a su nieta juntas de nuevo.

            —Estás… estás muy guapa, cariño. Ven aquí. Déjame mirarte.

            La mira y la toca, como si quisiera comprobar que es real.

            —Mamá, por favor. Vas a ahogarme.

            —Yo también quiero. —Úrsula se acerca a ellas y se abrazan las tres un buen rato.

            Gio choca su mano con Evan y yo hago los mismo. Lara aparta a todos cuando la agobian mucho y me sonríe con entusiasmo. Es mi turno.

            —¿Se ha puesto muy pesada? —Me pregunta refiriéndose a su madre mientras la estrecho entre mis brazos.

            —No más de lo que se pondrá cuando se lo cuentes.

            —¿Qué tienes que contarme? ¿Y, por qué tú lo sabes?

            Mierda. Ele me mira a mí, luego a su hija y después a Úrsula, suponiendo que ella está al tanto también de lo que sea que nos guardamos. Efectivamente, Lara nos lo contó a los dos, porque sabe que somos el mejor filtro antes de llegar a su madre. Ella y Evan van a regresar a Estados Unidos y quieren vivir allí por lo menos un año más, pero no se ha atrevido a contárselo todavía. Así que Ele se piensa que han vuelto para quedarse.

            —Mejor cenamos primero, ¿no? —dice Lara dubitativa.

            —Sí, no vaya a ser que a mi Norita luego no le pase la comida.

            Se van todos a sentarse a la mesa y Ele tira de mi mano, para encerrarnos en el baño.

            —Al…

            —Little… —La acorralo contra la puerta y me inclino para quedarme a un centímetro de su boca. Nos miramos a los ojos y aunque sé que hace tiempo que el vértigo dejó de acompañarla cada día, ahora, atisbo una pequeña sombra sobre su iris. 

            —Se va a volver a ir, ¿no?

            —Sí, pero ¿tú los has visto, Ele? Joder, irradian felicidad y son jodidamente perfectos. Dan puta envidia.

            —Lo sé. —Se tapa la cara con las manos.

            —La vamos a echar de menos, pero tienes que dejarla volar. —Llora y a la vez sonríe. Le limpio las lágrimas que caen por sus mejillas—. Yo sigo estando aquí para ti, Ele, no lo olvides. Y seguiré volando contigo.

            Paso el pulgar por su boca. Ella arquea una ceja, porque sabe que de ahí a que mi lengua se cuele entre sus labios y arrase con todo, solo hay un paso. Un pequeño paso, que por supuesto doy, porque besar y encender a Ele es un placer del que nunca me canso.

            Sus súplicas para que pare o vendrán a buscarnos, mueren en mi garganta, Y sus piernas apenas pueden aguantar el equilibrio cuando mis manos se abren paso entre sus muslos.

            Mis dedos.

            Mi boca.

            Mi piel.

            Mis te tengo.

            Mis te cuido.

            Sus te quiero.

            Sus jadeos.

            Sus temblores.

            Sus besos.

            Sus latidos.

            Adiós vértigo, ya puedes irte por dónde has venido.

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE III)

Barcelona, 31 de diciembre.

Por supuesto que he cocinado yo para toda esta gente. ¿Lo dudabais? Pasan los años, pero hay muchas cosas que no cambian. Como la escasa intención de mi Loca de meterse en una cocina. O las meteduras de pata de Eloy con las tías. O las eternas conquistas de Xavi. O el escaso filtro de la Peligrosa cuando abre la boca para decir lo que piensa, aunque, después de los meses tan duros que ha pasado con lo de Triana y Adri, será mejor que no me meta con ella esta noche. Tampoco han cambiado las ganas que tengo de quedarme a solas con Gala y recitarle, mientras me hundo en ella hasta el fondo, la lista de deseos que he confeccionado para el próximo año, que es ya una tradición.

            Estamos cenando en casa de mis suegros, que es la única en la que cabemos todos alrededor de una mesa, y sí, ya lo puedo decir así, con todas las de la ley, porque, después de tropecientos mil intentos, Gala por fin cedió y se casó conmigo. Al final, como prometí en bromas a mi familia, nos casamos en Montefioralle, una tarde inolvidable. Fue una ceremonia mágica por muchos motivos, el principal, que nuestros hijos, Santi y Laia, estaban con nosotros, pero también porque toda nuestra gente nos acompañó en ese viaje.

            —¿Quién va a comer uvas? —pregunto desde la cocina. Soy el encargado de prepararlas también, obvio. Aquí el papel de cocinero ya me lo he ganado de por vida.

            —Yo no, que el año pasado me trajeron mala suerte —dice mi hermano y se gana un insulto por parte de Adri, que está a su lado.

            La mala suerte de la que habla fue más bien el karma. Después de haberse escondido durante meses, Adrián le pilló enrollándose con su hermana en el portal de casa de su madre. Creo que algo se olía, pero ver a Lorena con él, con sus propios ojos, le jodió el doble que si se lo hubiera contado mi hermano, supongo que sintió que había traicionado su confianza. Ahora están aquí los tres, el cabrón de Adri se ha sentado en medio, solo por joder, y, aunque nos hace creer que lleva mal que estos dos salgan juntos, en el fondo, está más contento de lo que se imaginaba, será por eso que dicen de: Más vale malo conocido que bueno por conocer.

            —Espera que te ayudo —se ofrece mi amigo.  

            —¿Qué tal los niños?

            —Un poco desquiciados, lo normal. Xavi y Eloy no paran de liarlos. Parecen ellos los críos. Laia está dormida arriba.

            —¿Y la Peli?

            —Bien, creo que bien.

            —Me he quedado un poco flipado, la verdad es que no me lo esperaba. ¿Tú cómo estás?

            —Flipando mucho, acojonado y feliz.

            —¿Todo correcto? —Gala irrumpe en la cocina y se hace el silencio entre nosotros.

            Mi amigo asiente, pone una sonrisa de bobo de manual, y sale con las copas en las manos. Somos los únicos que conocemos la noticia, así que todavía vamos con pies de plomo antes de meternos a analizar el tema.

            —Me imitas muy mal, Loca —le susurro en el oído cuando se acerca a mí, porque me acaba de robar mi pregunta estrella—. No le das la entonación adecuada. —En un sutil movimiento, la giro y la apreso contra la isla. Mis manos a cada lado de su cintura la impiden huir. Me inclino y le como la boca, sin medida.

            —Camino…

            —Dime, esposa mía… —Me la estoy jugando, lo sé.

            —Marc… —aúlla en mi boca y no puedo hacer otra cosa que sonreír. Mi mujer sigue huyendo del convencionalismo de algunos términos románticos y me encanta chincharla. Es un blanco demasiado fácil.

            —¡Mamá! Mira estos dos. Están haciendo guarradas en tu cocina. —Xavi entra a coger más botellas de cava y nos pilla enredados.

            —No son los primeros ni serán los últimos —afirma mi suegra tan pancha—. Esa cocina es un escenario perfecto para dedicarse atenciones.

            —Joder, mamá. ¿Hasta cuándo vas a darme ese tipo de información? —chilla Gala y se separa de mí, bufando.

            —Hasta el día que me muera. Y cuando eso suceda, te dejaré publicar mi biografía —dice mi suegra, sujetando la puerta para que salga su hijo con el cava.

            Veis, otra cosa que no cambia. Laura y su openmind.

            —No pienso publicar eso —sisea Gala y me descojono porque solo lo he oído yo.

            —¿Tenéis todos uvas? —pregunto por última vez, que al final me pierdo las campanadas.

            —¡Sí! —gritan varias voces.

            —Pues entonces vamos —dice Gala y me da la mano para salir. 

            Entrelazo nuestros dedos y vamos al salón. Aquí no cabe ni un alma más, algunos están sentados en las sillas, otros tirados en la alfombra al lado del sofá, y otros de pie, enfrente de la televisión. Al único que no veo es a mi padre, pero sé de sobra donde está, con Laia; pensé que jamás igualaría la conexión que tiene con Santi, pero la enana de la casa se lo ha camelado también. Tendré que subir a buscarle o se perderá el cambio de año.

            —¡Cuidado que estos son los cuartos! —advierte Eloy y todos nos reímos. Este año no va a comerlas, como ha dicho antes, pero es él el que se equivocaba siempre y acababa antes de la última campanada.

            Una. Dos… Diez. Once. Y doce.

            —¡Feliz Año Nuevo!

            —¡Feliz año a tutti!

            Los gritos, los silbatos, que tan acertadamente ha regalado mi cuñado a los niños, y las bengalas iluminan y alegran el ambiente en el salón. Los brindis, entre besos, abrazos y bailes inesperados, contagian a cada uno de nuestros invitados.

            —¿A ti ya te he besado? —pregunto haciéndome el despistado cuando pillo a Gala por la cintura, para frotarme otro poco con ella.

            —¿Hoy? —Gala se mira el reloj, teatrera—. Solo dos veces y con poca lengua.

            —Ahora mismo lo remedio.

            El beso no es apto para todos los públicos y, además, lo acompaño con mis manos sobre su trasero, con un restregón digno de adolescente hormonado. Aquí cada uno está a lo suyo, así que no me corto. Gala jadea en mi boca y su lengua, igual de revoltosa que la mía, no deja de provocarme.

            —Joder, Loca, si salimos ahora de aquí, en menos de media hora estoy quitándote las bragas y enterrándome entre tus piernas.

            Ups, sí, otra cosa que no cambia. Yo, mis ganas de Gala y mi vicio por desnudarla.

            —Marc… —Suena impaciente—. ¿No puedes conseguirlo en quince minutos?

            Me reta y se muerde el labio anticipándose. Mi polla también se anticipa y sus pezones, que se clavan en mi camisa. Hostia puta, me la estoy imaginando desnuda y acoplada a mí de tantas formas…  

            Los niños se van a quedar a dormir aquí con sus abuelos. He dado de cenar a todo el mundo y ya hemos brindado. He cumplido con creces. Ahora mismo no hay nada que nos impida largarnos de aquí.

            —Despídete por los dos, voy a arrancar el coche —susurro en su boca.

            —Mira, Santi. Tienes que poner tus manos aquí, como ellos. —La voz aguda de Triana, que está a nuestro lado, me devuelve al presente, frenando mis impulsos.

            Alejo mis labios de los de Gala para mirarla y… ¿qué coño…?

            —¡Oh, pero qué monos! ¡Son adorables! —dice la Peli y hasta se emociona.

            Está claro que ha perdido la poca cordura que le queda. O puede que también sea una cuestión hormonal, porque no es ni medio normal.

            —¡Ese es mi sobri! Di que sí, Santi. Mejor empezar pronto, la experiencia en esta vida es muy importante, para todo —vocea Eloy y le aplaude.

            Gala me mira a mí y luego a ellos, creo que se ha quedado muda. Xavi se parte el culo al verla, pero ella sigue petrificada, ni tan siquiera le atiza un guantazo.  

            La estampa es terriblemente curiosa.

            Mi hijo sonríe con la boca pegada a la de Triana y ella, con todo su desparpajo, le ha cogido las manos y se las colocado encima de su pequeño trasero, le tiene así pegado y sin soltarle.

            Que no le meta lengua, por favor, que no se la meta…

            —¡Consuegros! —El capullo de Adri y Zoe nos abrazan. Mientras ellos se descojonan, nosotros blasfemamos por lo bajo. Creo que Gala está empezando a recuperar el color.

            —No me jodáis —protesto—. Eso es… es… —No encuentro las palabras y ellos se siguen partiendo el culo.

            —Eso, amigo mío, es amor —replica Adrián—. Amor del bueno.

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE II)

Malibú, 31 de diciembre.

            Ayudo a mi hija a caminar por la orilla con la tabla debajo del brazo y sonrío orgulloso al ver como se enfada porque no quiere que le eche una mano. Eli es terca e independiente; vamos, que tiene lo mejor de Oli y lo peor de mí, de eso no hay duda.

            —¿Habrán llegado todos? —me pregunta mientras salimos de la playa y enfilamos la pasarela de madera para llegar a casa—. Ro prometió que iba a peinarme y a pintarme para la cena, como ella.

            ¿Ha dicho pintarse? Pero si es una enana todavía.

            —Espero que ya estén todos sí. No me gustaría tener que comerme todo lo que ha cocinado mamá.

            Normalmente pasamos las navidades en España, pero, por motivos laborales, este año no nos podemos mover de aquí. Así que Oli les mandó los billetes a todos hace un par de meses, y, han venido ellos a visitarnos. Sus amigas no pusieron ninguna objeción; son las más entusiasmadas con la idea de cambiar de aires y pasar unos días con buenas temperaturas al lado de la playa. Y, mi familia, que este año viene al completo, tampoco se negó.

            —Ven, vamos a dejar las tablas aquí afuera y a quitarnos la arena de los pies. ¿Te ayudo con la cremallera?

            —Puedo sola, daddy. No soy Leo —se queja de nuevo Eli.

            Sonrío, porque ha empleado un tonito bastante agudo. Su hermano va a cumplir un año y supongo que todavía se está haciendo a la idea de tener que compartirnos con él. Sin dejar que le diga nada más, se da la vuelta y entra en casa, los chillidos de los que están dentro al verla llegan hasta aquí.

            Leo, nuestro pequeño, nació en Barcelona mientras yo rodaba allí. En cuanto lo tuve en mis brazos, fui consciente de que mi niño iba a ser igualito a su madre. Moreno, con ojos oscuros y expresivos, y con un carácter muy tranquilo, nada que ver con su hermana mayor, que se parece mucho a mí. Es como si nuestro ADN hubiera jugado a equilibrarse con nuestros hijos. ¿Qué más os puedo decir? Que estoy muy bobo desde que soy padre, pero sobre todo muy feliz.

            —Profe, esos pies. —Oli me señala la arena que todavía tengo entre los dedos y niega con la cabeza. Se ha apoyado en el marco de la puerta y me mira de arriba abajo. Acabo de bajarme el neopreno hasta la cadera y supongo que todavía le gusta lo que ve. Joder, me alegro muchísimo de que así sea. Ella sigue siendo perfecta. Con sus vaqueros claros rotos y esa camiseta blanca básica me lo parece aún más. Su belleza natural me encanta desde el primer día que la vi en el Palmar—. ¿Qué tal el baño?

            —Muy bien, había buen tamaño para ella, pero me ha costado mucho sacarla de allí, es incansable —respondo y entro en casa.

            —Lo sé. No parecía muy contenta cuando ha entrado ahora. Menos mal que todos se han volcado en ella nada más llegar al salón y ha dejado de torcer el morro.

            Sonrío, porque está claro que necesita ser el centro de atención unos días. Pobre.

            —No te preocupes tanto, Aceituna. Solo está algo celosa. Se le pasará cuando su hermano crezca. —Envuelvo a Oli con mis brazos y, como todavía estoy húmedo, le mojo la camiseta.

            —Hablando de hermanos…

            —¿Ya han llegado?

            —Sí, Alejandro, Lidia y tu madre llegaron hace media hora. Están los tres en el salón. Sé que va a ser raro, pero se nota que están muy contentos de estar aquí. ¿Estás preparado?

            Mi hermana no cejó en su empeño y consiguió que volviera a hablarlos hace un tiempo. Ellos se arrepintieron de todo lo que hicieron y yo, aunque no haya olvidado lo que pasó, decidí perdonarlos y centrarme en el presente y en el futuro, dejando de lado el pasado, sobre todo el más amargo. Mi vida y las suyas no tienen nada en común, así que, realmente, es raro que coincidamos en el mismo sitio. Oli y mi hermana han confabulado para que, por primera vez, nos sentemos todos juntos en la misma mesa en Nochevieja.

            —Necesito unos minutos. Creo que me daré una ducha primero y, además, acabo de decidir que me vas a acompañar. —Sujeto su mano y tiro de ella para subir por las escaleras a nuestra habitación, sin pasar por el salón, donde se oyen las voces de todos.

            —Alberto, no puedo. Tengo la carne metida en el horno y la casa llena. Solo faltan Bruno y su nueva novia, y el invitado especial, que prefiero no nombrarlo para que Ro no hiperventile.

            —Sabes que a Ro le va a dar un ictus cuando lo vea, ¿no?

            —Esa era mi intención cuando le invité. Estoy deseando ver la cara que pone cuando el señor Houses se siente con nosotros a cenar. Solo espero que se comporte y no tenga que atarla. Además, ella y Bruno… no sé si ya han limado sus asperezas.

            —Venga, Cenicienta, deja de preocuparte por los demás. —Envuelvo su cara con mis manos y me inclino para besar sus labios—. Solo serán unos minutos, ya sabes que cuando quiero puedo ser muy rápido.

            —¿Tú? Pensé que eras el rey de la paciencia.

            —Lo fui, Aceituna. Lo fui. Pero ahora no me puedes pedir que me contenga. Además, tienes que ponerte ropa seca. —Cuelo mis manos por el bajo de su camiseta y acaricio con mis yemas la piel de su estómago, que se la eriza al instante—. Y, también creo que soy el más indicado para ayudarte con esa tarea.

            —¿Qué coño hacéis ahí metiéndoos mano? —Sara nos pilla de lo más acaramelados en mitad de la escalera. Tiene a su hija en brazos y detrás de ella viene Raúl con Leo—. Estos dos enanos tienen hambre.

            —Yo también, Sarita. —Cojo a Oliva de la cintura y cargo con ella para llevármela a la habitación. La conozco y sé que estaba a punto de darse media vuelta para bajar a dar de comer a nuestro hijo. Siento como se remueve, pero avanzo como si nada en medio de sus protestas:

            —¡Alberto! ¡Alberto, bájame!

            —Joder, que monos sois coño. ¡Quince minutos tenéis! —grita Sara desde la planta de abajo.

            —¿Has oído? Quince. —La poso al lado de la bañera y elevo las cejas, esperando que pille la indirecta.

            No tengo intención de dejarla marchar y mucho menos de dejar de provocarla. Es una de las cosas que más me gusta hacer con ella, alimentar las ganas de tenernos, continuamente.

            —Lo quiero suave, Profe —me susurra en el oído y os juro que no hay una célula de mi cuerpo que no se estremezca.

            —Entonces, tendrán que ser treinta.

ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE I)

Vaya, esto es ya una tradición. Así que aquí estoy, un añito más compartiendo parte de mi universo literario con vosotros. Hay tanto #amordelbueno pululando en mi mente, que de una forma u otra tiene que salir.

Es divertido para mí encontrarme de nuevo con ellos, pero cada vez es más difícil no confundir sus voces en mi mente. Son muchos protagonistas, muchísimos secundarios y demasiados escenarios los que han pisado ya, así que, si he metido la pata con algún dato, espero que me perdonéis, pero esta cabecita mía a veces, tiene límites, aunque solo a veces.

En esta ocasión, los narradores de mis relatos son ellos, mis protagonistas masculinos (aquí podéis añadir emoticonos de llamas y corazones). La mayoría de mis lectoras sois mujeres y ¡oh, sí!… Es una verdad universal que a nosotras (en esta me incluyo) nos encanta saber cómo piensan y lo que sienten ellos, por eso he querido darles voz el último día del año.

Espero que disfrutéis del regalo y que despidáis el año con salud y amor, a mansalva. Os deseo lo mejor para el 2022 y ojalá me sigáis acompañando en esta aventura, porque una vez más os prometo, que os seguiré haciendo sentir.

No me enrollo más y ahí os dejo el primero.

Por cierto, espero que me contéis que os parecen todos y cada uno de ellos.

Isla Sofía, 31 de diciembre.

Faltan solo diez minutos para que termine el año. La cuestión es que no me apetece nada hacer balance de las cosas buenas y malas que he vivido durante los últimos doce meses. No voy a mentir, ha habido de todo. Sin embargo, los buenos momentos hacen que la balanza se incline hacia ese lado, con mucha diferencia. Lo que sí quiero, antes de que todos se pongan a relatar su interminable lista de deseos para el año que está a punto de empezar, es dar las gracias, porque, observando a todos los que ahora mismo me rodean, solo puedo afirmar que soy jodidamente afortunado.

            Levanto la vista de mi copa vacía y echo un pequeño vistazo. Os diré que la estampa que tengo delante es bastante atípica o antinavideña, como más os guste. A ver, que ya sé que la Navidad también se celebra sin que caigan copos de nieve o sin que tengas que poner un pino de plástico cargado de bolas en el salón, pero, entendedme, este marco, tan paradisiaco e idílico, invita a un millón de cosas, y ninguna de ellas es precisamente cantar villancicos alrededor de una chimenea.

            Arena. Calor. Humedad. Caribe.

            Me entendéis ahora, ¿no?

            —¡Juanillo! —chilla mi hija llamando al hijo de Juana y Álvaro, que se esconde detrás de las piernas de su madre, tímido—. ¡A que no me coges! ¡A que no me coges!

            —Enana, no corras así que te vas a caer —le advierte Teo, que siempre está pendiente de ella. En septiembre se fue a estudiar arquitectura a París y, aunque todos le echamos de menos, su hermana, es la que peor lo lleva.

            Mi hija lo ignora. Se aparta con la mano el flequillo que tiene pegado en la frente a causa del sudor y corretea descalza por la orilla esquivando a todos. Va medio en bolas, porque solo lleva puesta una camiseta encima de la braguita de su bikini; no ha habido cojones de ponerle un vestido. Guerrera, rebelde y guapa. Guapísima. Una combinación explosiva, sobre todo para mi cerebro, porque si es así ahora, no me quiero imaginar cuando crezca. No, no me lo quiero imaginar. Para colmo, su energía es inagotable; le da igual el cambio horario y que a las seis de la mañana ya empiece su día. Ella siempre tiene algún plan interesante que llevar a cabo, sin importarle lo marquen las agujas del reloj.

            Hemos llenado la isla. Sí, supongo que es la segunda vez que se produce un desembarco, después del de Colón, claro. Aunque el nuestro ha sido un aterrizaje. Solo os diré que hemos abarrotado el avión que nos envió Fabio y el pequeño hotel de Juana, que está encantada de tenernos a todos aquí de nuevo.

            Julia, Claudio, Carlota, Marta. Rubén, María y mi ahijado. Mi hermana, Lucas y mis sobrinos. Mis padres. Mis primos. Mi tío y mi abuelo. Sí, por fin este año ha venido. Gael y su novia (que no me oiga Lía llamarla así, todavía no lo ha asimilado) Teo. Lía, Sofía y yo. Creo que no me he dejado a nadie.

            Con todas estas bocas que alimentar hemos improvisado un picoteo informal. Hemos conseguido unos tablones de madera con unos caballetes y los hemos colocado en la arena, delante del porche de nuestra casa. La gente de pie, menos los más mayores, farolillos con velas para dar algo de luz en esta noche calurosa y estrellada y bebida, toda la que ha traído Héctor que también ha querido cenar con nosotros, como Juan y Juana y sus respectivas familias. Creo que somos la comidilla de la isla hoy. Bueno, hoy y todos los días desde que llegamos, obvio.

            —¿Tienen que besarse todo el rato? —me pregunta Lía, sentándose en mi regazo. Acaba de quedar libre una hamaca y me he colocado aquí hace unos segundos, a observar.

            —Princesa, sabes que hacen más que eso, ¿verdad?

            —¡Calla! —me riñe y cierra los ojos, como si no quisiera imaginar a Gael en esa tesitura.

            —Cómo es eso que dicen, ah, sí: Es ley de vida.

            —Lo sé, pero eso no quiere decir que lo lleve del todo bien —dice con pesar—. El siguiente será Teo y cualquier día vendrá con una parisina, rubia, estirada y arrogante.

            —¿Estáis hablando de mí? —pregunta el aludido y deja de mirar la pantalla de su móvil. Hace horas que no se separa de él.

            —No te creas el centro del universo, hermanito —interviene Gael que se ha despegado de su chica un minuto. —Por cierto, ¿quién es ese pavo que no para de mandarte mensajes? Menudo brasas el tal Oli, ¿no?

            —¿Qué coño pasa contigo? —responde Teo a la defensiva—. ¿Ahora me espías?

            —No, niñato. Pero tu móvil es igual que el mío y antes cuando lo tenías cargando he visto la pantalla. ¿Qué quieres? ¿Qué me arranque los ojos?

            —Vale —les interrumpe Lía para que tengamos la fiesta en paz.

            Me quedo con el dato que ha aportado Gael a esta discusión y lo almaceno, de momento solo lo almaceno. Gael se va en busca de su chica, por si se pierde o algo, y Teo cabecea y se aleja a la orilla. No nos veíamos desde que se marchó. Y, durante el viaje, me di cuenta de que traía una expresión un poco meditabunda, de la que todavía no se ha deshecho. Espero tener la oportunidad de pasar un ratito con él a solas para cerciorarme de que está bien.

            La música, el mar y los fuegos artificiales, que lanzan Juan y Héctor desde la orilla son la antesala de la famosa cuenta atrás. Diez. Nueve. Ocho… En esta ocasión, cada uno brinda por sus deseos en silencio, o susurrándolos en el oído del que tiene justo al lado. Yo lo hago pegado a la espalda de Lía, con mis manos ancladas en sus caderas, sintiendo el calor que emite su piel gracias a la tela ligera de su vestido, con Sofía cargada sobre mis hombros, que no deja de parlotear. 

            —¿Qué has pedido? —me pregunta Lía.

            —No perder lo que ya tengo.

            Achuchamos a la niña entre los dos y la llenamos de mimos. Ella se ríe, nos da besos de vaca y cuando nos ha llenado de babas, se escabulle y nos deja solos. El primer beso del año que nos damos Lía y yo es perfecto. Jodidamente perfecto.

            La ronda de abrazos, choques de manos y besos con el resto de invitados es un auténtico caos, sin distinción de sexo, parentesco o edad. Se descontrola el tema tanto que creo que beso a Rubén dos veces por los menos, y a Claudio más de tres.

            —Se ha acabado el hielo —grita Julia desde su posición levantando su copa al aire.

            —Pues yo todavía tengo —dice Lía y me mira a mí, que soy el que está más cerca de ella.

            Está sentada en el último escalón del porche, con los pies enterrados en la arena, la copa vacía apoyada a su derecha, y un cubito de hielo entre los dedos índice y corazón. Avanzo despacio, como un lobo antes de atacar a su presa. Ella me observa y ladea ligeramente la cabeza hacia la derecha para empezar a deslizarlo por la piel de su cuello en sentido descendente.

            Joder.

            Cambia de lado y lo pasea de la misma manera.

            Joder. Joder.

            Clavícula.

            Me palpita la polla dentro del pantalón y respiro a trompicones.

            Esternón.

            Joder. Joder. Joder.

            Lo lleva hasta el final de su escote, generoso y a la vista, gracias a su vestido. Hace círculos con él entre mis lolas.

            Sí. Mis lolas. Y me la suda si ha sonado posesivo.

            Me relamo y no mentalmente.

            Miro nervioso a ambos lados y agradezco que cada uno esté a su bola, incluida Julita, que ya está colgada del brazo de Claudio bailando con las chicas. Así nadie se percata del espectáculo eróticofestivo que me acaba de dedicar mi chica.

            Llego hasta ella y me inclino. Primero, nos miramos. Después, sonreímos. Y por último, me reta, sí ella a mí, con lo que eso significa. Se mete en la boca el trozo de hielo que le queda y se acerca medio centímetro más a mis labios, sin llegar a rozármelos.

            —Princesa…

            —Vecino…

            —Despídete.

            —¿Del hielo? —Se hace la interesante y se lo mete en la boca, haciéndolo desaparecer.

            Me cago en la puta. Lo que daría por que fuera la punta de mi polla la que estuviera ahí, disfrutando de la humedad y el calor de su lengua.

            —De los invitados.

            —Axel… —Me como mi nombre de su boca cuando la beso. Y, en un movimiento que no se espera, tiro de su mano y la levanto con demasiada efusividad.

            —Ahora traemos el hielo —digo al aire, aunque no sé si alguien me ha oído.

            Tardamos cinco segundos en llegar al sótano; no es el lugar más bonito de la casa, pero es el único que nos puede dar un poco de intimidad en este instante. La siento encima del congelador. Protesta al sentir la superficie fría debajo de su culo y se descojona mucho al ver mi cara de salido cuando abro sus piernas y compruebo que no lleva ropa interior.

            —Olvídate de la versión suave, Princesa.