Noviembre ya está aquí y yo me he puesto algo tontorrona.
No estoy así porque se acaba el año. Ni por empezar a comerme la cabeza con el típico balance anual o con la insana sensación de creer que he quemado otros trescientos sesenta y cinco días sin lograr nada reseñable. Qué va. Lo mío es más por el puro acojono que tengo al cerrar una etapa vital de mi maternidad, aunque solo sea legalmente hablando.
Mi hijo mayor cumplirá dentro de unos días 18 años y yo solo puedo echar la vista atrás y preguntarme cómo coño ha pasado. Cómo ha podido pasar el tiempo tan rápido desde aquel parto largo y jodido que me convirtió en madre por primera vez. Cómo he pasado de las noches y noches en vela, porque dormir no era lo suyo, a mirar el móvil a las cinco de la madrugada cuando sale, porque todavía no ha vuelto a casa. ¿Cómo se han podido esfumar así los años?
Ya sé que al final solo es un número más, porque, en el fondo, tampoco supone un gran cambio, sin embargo, la añoranza y la melancolía están ahí y no me preguntes por qué, pero me siento rara sí.
Llevo semanas pensando en que, a partir de ahora, habrá un montón de decisiones que él podrá tomar sin mí, algunas serán nimias, pero otras no tanto. Votará en las próximas elecciones, en su cuenta bancaria no necesariamente tendré que estar yo, en nada habrá un conductor más en la familia…
He estado recordando cómo afronté yo mi mayoría de edad. Y, lo primero que se me ha venido a la cabeza fueron las tres o cuatro celebraciones que hice en aquel febrero (ahora tan lejano) dándolo todo con mis amigos, como si de una boda gitana se tratara. Inmediatamente después, he pensado en que cómo me creí muy mayor para unas cosas. Y, con sinceridad, en en este instante y desde el peso de los años que ya cargo, confesaré que me hubiera encantado seguir siendo una niña algunos años más para otras. Porque ser adulto no siempre mola.
No sé. Quizá le damos más importancia de la que tiene ¿no crees? Aunque supongo que el hecho de llegar a esa cifra sigue generando esos nervios bonitos, esas ilusiones que sobrevuelan nuestra cabezas y esos sueños que crees vislumbrar más cerca. Y me parece que eso sigue ocurriendo, sin importar la generación a la que pertenezcas.
Solo espero haberlo hecho bien hasta llegar aquí. Haberle dado la mejor educación y los recursos para tomar decisiones y empezar a caminar por la vida como un adulto responsable y sobre todo, como un niño feliz. También espero que él siga confiando en mí y contando conmigo cuando lo necesite, que para eso va a seguir viviendo en mi casa.
Nos leemos…

