24 de diciembre de 2030, Nueva York.
Afuera hace un frío que pela, y eso que ha amanecido con un precioso sol de invierno que acaba de esconderse, pero dentro de casa el ambiente es sofocante. El aire huele a canela, a carne estofada y al perfume que Olivier insiste en usar incluso cuando no va a salir a la calle.
Me apoyo en el marco de la puerta de la cocina y observo a mi marido (todavía se me hace raro decirlo) moverse con la precisión de un cotizado chef en su santuario de mármol blanco y madera oscura. Supervisa todo el despliegue que tiene montado con la misma intensidad que revisa los planos iniciales del nuevo rascacielos en el que está trabajando. Delantal de lino gris que le queda injustamente bien, camisa blanca remangada y ese pantalón de pinzas gris topo que confeccionaron a medida para resaltar al máximo la perfección de su culo.
—¿Puedes dejar de mirarme cómo si fuera el aperitivo y cortar esas cebollas? —dice sin apartar la vista de la olla.
Me acerco a él y deslizo las manos por su cintura, notando la tensión de su abdomen cuando le acaricio por encima de las capas que le cubren. Me mezo sobre su cuerpo e inhalo su olor de cerca. Noto cómo relaja los hombros en cuanto mi boca se pega a su cuello.
Seguimos de luna de miel, aunque hace varios meses que nos casamos en Isla Sofía rodeados de nuestra gente. El tiempo discurre, pero nosotros seguimos inmersos en nuestro propio mundo donde procuramos marcar el ritmo del reloj. Han sido meses duros de mucho trabajo, con la dificultad que entraña vivir en un lugar como este, y aunque, en principio, pensamos que volveríamos a Barcelona pronto, el estudio de Axel consiguió nuevos proyectos aquí y prefirió que nos quedáramos nosotros al mando. Si seguimos en este estado absoluto de ensimismamiento es porque intentamos que nuestros momentos sean solo nuestros, dedicándonos todos los minutos y las atenciones que el ritmo salvaje de esta ciudad nos roba.
—¿Cómo sabías que estaba mirándote, mon amour? —susurro y le doy pequeños besos en la nuca, sin dejar de abrazarlo.
—Porque yo también te siento, enfant.
Gira el cuello para regalarme sus labios. Son tan solo unos segundos, insuficientes para mí. Nunca me canso de él, pero tengo que conformarme, al menos de momento. Sé lo nervioso que está por ser el anfitrión de nuestra primera Nochebuena aquí. Olivier y su perfeccionismo. Él y sus ganas constantes de agradar a todo el mundo.
—No podemos seguir besándonos, o tu hermana aparecerá por la puerta en cualquier momento, Teo.
Sonrío porque en el fondo tiene razón, cuando Sofía está en casa con nosotros es como si tuviera un radar, en cuanto nos empezamos a besar, aparece de la nada para recriminarnos que estamos todo el día pegados. Le encanta protestar, pero después no quiere separarse de nosotros. A pesar del tiempo que ha pasado, sé que sigue echándome mucho de menos en casa y cómo la princesa que es, de vez en cuando recurre al chantaje emocional y a mí me mata verla triste.
—Se ha ido a Bryan Park a patinar, todavía falta un rato para que vuelva.
Axel, mi madre y Sofía se han ido después de comer porque ella quería patinar sobre el hielo. Jana y mi hermano están quedándose en el apartamento de Bruno y Leah; que se han marchado a pasar las fiestas a España. Así que me imagino que estén echando una siesta larga, para combatir el jetlag, porque llegaron esta mañana muy temprano.
El rubio sé dónde está y con quien, o al menos eso espero. No me gustaría que hubiera terminado en la cama de algún desconocido. Confío en que venga a cenar luego. Quizá debería llamarle y cerciorarme de que está bien. Anoche le invité a cenar en un restaurante muy cool en Manhattan, porque perdí una apuesta la semana pasada, mejor no le preguntes a Olivier por este tema, que se pone un poco susceptible. Después, fuimos a tomar una copa al Desire, que estaba a reventar, como de costumbre. Yo estaba cansado, así que le dejé allí dándolo todo al ritmo de The Edge of Glory, de Lady Gaga, y celoso como jamás lo había visto. Nunca tuve a Asier por un tío inseguro, pero supongo que desde que su novio participa en ese espectáculo de baile tan popular y acapara la atención de mujeres y hombres, sin distención, mi rubio ha perdido confianza en sí mismo y sí, me jode, porque no debería infravalorarse.
Berta no tardará en llegar; está como loca por presentarnos a su nuevo amigo, que, precisamente, lo conoció aquí hace tres meses. Lo hizo cuando embarcaba para regresar a España, después de haber pasado con nosotros unos días. Akira es de origen japonés, pero nacido en New Jersey, y vive a caballo entre Tokio y Manhattan, aunque últimamente hace muchas escalas en Madrid. Berta está coladita por él y solo quiere presentárnoslo para que le demos el visto bueno. Ella nunca ha dejado de soñar con encontrar un amor como el nuestro, como si eso fuera fácil.
Inés, su hermana, se ha marchado con Enmanuel y Arlette de compras, no me quiero imaginar a mi amigo soportando el entusiasmo de ese par.
Ayudo a Olivier en lo que me pide. La cebolla. El pan. Comprobar el bûche de Noël que está en el horno. Mientras tanto, picoteo de algún plato, con la consiguiente bronca. Recojo todos los cacharros que ha ido utilizando y le relleno la copa de vino. Me sirvo con disimulo Coca Cola en la mía antes de ir a comprobar que no se me ha olvidado poner ningún cubierto.
Cuando regreso, le doy otro beso que sabe a tinto y a hogar, a paz ganada a pulso, a primeras veces, porque él siempre dejará esa sensación en mí, la de las mariposas en el estómago, la de los latigazos previos al placer, la de descubrir quien era realmente. Durante algunos segundos, el mundo exterior desaparece, solo estamos él y yo en esta cocina, bajo la luz cálida de las lámparas de diseño con el olor de nuestros cuerpos fundiéndose.
Tengo un secreto. Olivier no lo sabe todavía, porque le he pedido a Alex un poco de tiempo. Hablaré con él antes de que acabe el año. No quiero que se sienta presionado. Ni que regresar le suponga perder toda la autoestima que ha ganado en estos últimos meses. Ni que crea que estamos dando un paso en falso. El estudio de arquitectura de Axel y Rubén tiene un proyecto muy ilusionante para nosotros en París. A mí me encantaría pasar una temporada con mi marido donde empezó este nosotros tan increíble que nos ha traído hasta aquí, pero no será fácil, por lo que conlleva asociado ese regreso respecto a parte de su familia. Quiero volver y que él se sienta orgulloso de haberse convertido en el increíble arquitecto que es y que el idiota de su padre sea consciente de una vez de todo lo que ha perdido apartándolo.
Después de la boda, viajamos a Francia y estuvimos un par de días en su casa. Su padre volvió a disculparse por no haber asistido a nuestro enlace, pero lo hizo con la boca pequeña, como si con eso bastara. Por supuesto, no nos invitó a quedarnos en su castillo a dormir, una posibilidad que nosotros tampoco contemplábamos. Toleramos al capullo de su hermano un rato, solo porque Oli quería conocer a su sobrino. Y disfrutamos de la emoción y el entusiasmo de Inés, que persiste en su empeño de unir un día a toda la familia sin condiciones. Su madre sigue siendo Suiza, aunque su neutralidad está forzada por la sinrazón de su marido y no siempre consigue quedarse al margen.
Llaman al timbre y soy el encargado de ir a abrir.
—Hola, Nicola. ¿Has venido a por sal? —le vacilo.
Es nuestro vecino y uno de los mejores clientes del estudio.
—No, he venido a traeros este mazapán que ha hecho Gaby y a desearos feliz noche.
Me entrega una pequeña fuente con el dulce. Me aparto de la puerta para que pase, pero se queda quieto en el felpudo.
—Te ha obligado —afirmo.
—Por supuesto. Tengo cosas mejor que hacer el día de Nochebuena que ir repartiendo dulces típicos españoles por el barrio. Ya sabes que solo piso vuestra casa cuando vengo a ver los partidos de la Champions contigo.
En los que disfrutamos como enanos viendo el fútbol, eso es verdad, porque Olivier sigue siendo más de Rugby. Así que Nicola suele venir con un pack de botellines de Nastro Azzurro para él, porque yo sigo fiel a mi calimocho, y los acompañamos con la tortilla de patatas que hago yo. Por supuesto, vemos los partidos en diferido esa misma noche .
Sonrío y él cabecea. A mí no me engaña, Nicola tiene ese carácter seco y frío, solo en apariencia, porque después de compartir algunos momentos con él durante estos meses, sabemos que debajo de esa fachada hay un hombre cariñoso y excesivamente protector con los suyos. Además, hay que estar ciego para no ver que todo lo que le pide Gabriela se lo concede en segundos.
—¡Feliz Navidad, Nicola! Dale las gracias a Gaby de nuestra parte.
Antes de cerrar la puerta, llega toda mi familia en tromba, como si se hubieran puesto de acuerdo para aparecer juntos. Me abrazan, me besan y pasan directamente a la cocina para saludar a mi marido.
Observo como el caos y la felicidad invaden todo. Axel abre más vino. Sofía le cuenta a Olivier como ha patinado y el chocolate que se ha tomado después con pelos y señales. Mi madre huele las delicias que ha cocinado Oli y lo llena de halagos. Gael y Jana se intercambian el picoteo de boca en boca, mientras no dejan de reírse. Axel arrincona a mi madre contra la nevera para robarle un beso. Y Sofía protesta por las excesivas muestras de amor mientras nos hace pucheros para que le demos una lata de Coca Cola, a la que casi es tan adicta como yo.
Aprovecho el momento de locura para llamar a mi amigo. Un tono. Dos. Tres. Descuelga al cuarto.
—La he cagado —masculla con voz de ultratumba.
—Rubio, ¿qué has hecho? ¿Estás bien?
—Soy un puto imbécil.
—No digas tonterías, no será para tanto. ¿Por qué no estás ya aquí?
—No sé si tengo fuerzas para ir…
—Enfant —susurra Olivier con voz profunda cerca de mi oído, ahora es él quien me abraza por detrás—. Dile al rubio que deje los dramas y venga a cenar ya.
Siento la mano de Olivier aferrarse a mi cintura, lo que me provoca un cortocircuito y una erección, sí, es inevitable asociar esa manera de anclarse a mí a muchos de nuestros momentos íntimos, y aunque no sea ni el lugar ni el momento, no me puedo reprimir. Me doy la vuelta y le doy un beso profundo, aunque corto, porque Asier sigue al otro lado, respirando como si le costara.
—Vamos, rubio, deja de darle vueltas a lo que sea. Es Nochebuena, piensa que en nada comienza un año nuevo y tienes 365 días por delante para arreglarlo o para seguir cagándola. Trae tu culito a nuestra mesa. Y confía en la magia navideña, ¿no ves que hasta mi marido se ha ablandado y te ha pedido que vengas?
—¿Se puede poner él y repetírmelo? Porque no sé si he escuchado bien o me ha dado un síncope.
—No te pases, Asier —zanja Oli y suena el timbre de nuevo.
—Venga, rubio, que vas a ser el último.
Cuelgo y Oli abre la puerta al resto de invitados. Más besos, más abrazos y más presentaciones. Berta de los nervios. Su amigo mucho más tranquilo. Es guapo y se nota que no deja de mirarla. Inés cargada de bolsas, entusiasmada con las gangas. Y Enmanuel muerto de frío y cargando las compras de Arlette, a la que se le empieza a notar el embarazo.
Les mandamos a todos pasar al salón para que vayan acomodándose, aunque, por supuesto, tienen encima de los platos unas tarjetas con sus nombres para que ocupen sus sitios, idea de Olivier, obviamente.
Él y yo nos quedamos unos segundos solos en la cocina.
—Te quiero, profesor. Y quiero que disfrutes de nuestra primera Navidad como casados en nuestra casa. Así que deja de estar como un flan, recuerda que no tiene que ser perfecto, Oli, solo tiene que ser real. Nuestro. —Rodeo su cuello y me acerco a su boca.
—Ese es el problema, que es tan putamente perfecto que a veces olvido que es real, Teo.
—Pues lo es. —Suena el timbre. Solo falta de llegar Asier, así que asumo que cuando he hablado con él ya estaba de camino, lo que le gusta un buen drama al tío—. Tan real como el hecho de que el rubio va a acabarse tu champagne bueno y volverá a ofrecerte participar en un trío.
—No debería ser tan blando con él.
—Me encantas así. Blando y solo mío.
Cuando abro la puerta, Asier se abalanza sobre mí y me aprisiona entre sus brazos demasiado tiempo. Oli pasa al salón y nos deja unos segundos a solas.
—¿Vienes solo? —le pregunto.
—Quizá se pase luego. O no. No lo sé.
Antes de que avance hacia el salón cabizbajo, lo detengo y le cojo de la barbilla para que me mire.
—Cualquier día me descojonaría con vuestro pique, pero Oli se lo ha currado mucho hoy y sabes lo importante que es esto para él, así que sé bueno, ¿vale?
—Por ti lo seré. —Asier me guiña un ojo y se revuelve el flequillo, en ese gesto chulo tan suyo, por un instante me vuelve a parecer del todo él.
La mesa es un despliegue de culturas. Las conversaciones suben de tono. Las risas y los piques se entremezclan con los idiomas. Todos los platos se llenan y luego se vacían. Las felicitaciones al anfitrión. Las miradas cargadas de significado. El brindis de Axel. La interrupción de Sofia. El momento estrella del drama de Asier.
En un momento de la noche, cuando el ruido de las risas y la música llena el salón, me escapo con Olivier al jardín trasero mientras la nieve empieza a caer tímidamente sobre Brooklyn.
—¿Recuerdas la inauguración del centro de arte? —pregunto, apoyando la mano en el pecho de Olivier.
—Lo recuerdo cada día. Pero sobre todo recuerdo que, mientras el mundo miraba el edificio y elogiaban nuestro diseño, yo solo podía mirarte a ti.
Me pierdo en sus labios y en sus ojos. Pero sobre todo me pierdo en el tamaño generoso de su corazón. No hay sombras. No hay dudas. No hay necesidad de seguir postergándolo.
—Igual que te miraba yo a ti en aquel aula de la universidad. Y míranos ahora, aquí, casados, locos el uno por el otro y a punto de… —Saco la llave que me dio Inés antes del bolsillo de mi pantalón y se la entrego.
—¿Esta es…?
—La llave de tu buhardilla de París, sí.
—¿Cómo la has conseguido?
—He podido alquilarla de nuevo gracias a Inés.
—Estoy perdido, Teo. ¿Qué significa esto?
—Que ha llegado el momento de volver a la ciudad que nos vio chocar por primera vez, mon amour. Y demostrarles a todos que eres uno de los arquitectos más brillantes del panorama actual, que te estás labrando una prometedora trayectoria internacional, y que, además, tienes un marido guapísimo con el que te mueres de ganas de pasear por tu ciudad.
—Putain, Teo. ¿Estás seguro? Sé que te gusta esto y que tú también quieres tener tus propios proyectos, aquí podrías conseguirlos muy pronto.
—A ver, está claro que quiero dejar de chupársela a mi jefe…
—No seas bobo.
—En serio, Oli, quiero esto para los dos. Sé que mi momento llegará y tampoco tengo tanta prisa.
Olivier atrapa mis labios y masculla un te quiero sobre ellos que me sabe más dulce que nunca. Me resisto a abandonar su boca.
—Tu momento llegará pronto.
—Lo sé.
—Y nuestro sol volverá prender el mundo, enfant.
—Eso también lo sé, mon amour.

