Prólogo La felicidad estaba aquí (a la distancia exacta)

Mi novela número quince verá la luz el próximo 18 de diciembre en Amazon. Y como apenas quedan veinte días, he pensado que os gustaría leer un pequeño adelanto.

A mí las ganas me pueden. Así que espero que con este prólogo vosotras empecéis a acumularlas también.

Aquí lo tenéis.

PRÓLOGO

Me quito las sandalias y huyo por la parte de atrás.

La bisagra del portón de la consulta está tan oxidada que chirría más de la cuenta. Me encojo de hombros como si así fuera a envolverme una cortina de humo y pudiera pasar desapercibida a los ojos de cualquiera, en especial a los de mi madre, que no tardará en echarme en falta en el salón. Solicitará mi ayuda para servir la segunda ronda de cafés y me obligará a volver a sonreír a los invitados. No a todos por igual. En particular solo quiere que sonría a uno. «Hasta que la mandíbula te duela». Esas han sido las palabras que no ha parado de repetirme mi progenitora los últimos días. Como si mostrarle mis dientes a ese señor, aunque nada de lo que pronuncie tenga ninguna gracia, me fuera a garantizar una vida llena de dicha y prosperidad en este país que agoniza de precariedad, rencores y hambre. «Las mujeres no hablan de política, solo escuchan». Esa es otra de sus advertencias. Dios no quiera que sea capaz de compartir mi humilde opinión, porque una cosa es que no se pueda tocar un tema vetado para mí y otra muy distinta, que mi mente esté vacía de criterio propio. Parece ser que en esta época está feo que los privilegiados mentemos la situación de los que no gozan de nuestros privilegios.

Mis pies pisan la hierba recién segada. La tierra, más seca de lo habitual para estos primeros días de verano, se me adhiere a los dedos. Los pulmones se me van llenando de aire y el espíritu de paz. Respiro. Cierro los ojos. Sonrío. Ahora sí. Sin fingir que disfruto escuchando las tediosas conversaciones que tiene el doctor Tomás Díaz de Villegas con mi padre sobre enfermedades respiratorias crónicas, vacunas, tuberculosis y el Régimen.

Atravieso nuestra finca por el lado derecho, alejándome de la pared de piedra que separa nuestra propiedad de la de los Martín. Desde el ventanuco de nuestra cocina, si te colocas en el ángulo correcto, divisas casi toda la extensión de la linde. Y si mi madre me ve escapando, se la llevarán los demonios.

Cuando llego a mi refugio, donde muere la tapia de piedra a los pies del monte, me agacho y paso las manos por la hierba. Una suave ráfaga de cosquillas, como la brisa que se abre paso en el valle las tardes estivales, me surca las palmas. Enredo las briznas sueltas que el rastrillo no consiguió atropar ayer, las recojo y las esparzo de nuevo como si estuviera echando sal al cocido.

Sin pensarlo, me tumbo boca arriba debajo del cerezo que vino de Japón o, al menos, eso es lo que cuenta la leyenda. Nadie puede asegurarnos su verdadero origen, sin embargo, a la vista de todos está su mayor particularidad, ya que es el único de la zona que tiene las flores rosas y no blancas. Me encanta cuando empieza a florecer por mi cumpleaños, ese cambio de tonalidad, dejando atrás los colores del invierno, me insufla energía. A rebosar de cerezas en pleno verano, como luce en este instante, también me gusta.

—Te vas a manchar el vestido, niña.

No necesito girarme para saber a quién pertenece esa voz.

—¿Qué haces aquí? ¿No estabas ayudando a tu padre con el tejado?

Sigo tumbada, sin moverme ni un ápice, porque él y yo hace tiempo que dejamos de disfrazarnos de lo que no somos, aunque sigamos guardando las formas delante de los demás.

—Sí. He bajado para rellenar el botijo. Ahí arriba podemos morir de una insolación. ¿Quieres un poco? Está fresca —me ofrece un trago y me reincorporo.

—Gracias.

—Las tuyas.

—No seas tonto. —Me fijo en sus brazos fuertes y en el recorrido de sus venas—. Se te va a quedar la marca de la camiseta —le advierto por el tono rosáceo que luce su piel.

Se los he visto así otras veces. Y los he sentido alrededor del cuerpo en alguna ocasión. Si mi madre conociera esa información, me mandaba de un puntapié a ver a don Herminio para confesarme. Le devuelvo el botijo y lo coloca contra la tapia. Sin mediar palabra, se sienta a mi lado y nos dejamos caer de espaldas.

—A ti se te quedará la marca de los tirantes del vestido. Por cierto, tu madre va a montar en cólera como te vea aquí tumbada.

—Me da igual. —Me aliso la zona de la falda desde debajo del vientre. Tiene una largura ridícula para estar a mediados de siglo xx. Mi padre me trajo de su último viaje una revista francesa y allí las mujeres no visten así. Además, la tela es tiesa y encima está almidonada—. He cogido manía a este vestido.

—Estás guapa con él.

—¿De verdad te gusta?

—Sí, aunque a esta hora del día tiene poca o ninguna relevancia cómo te veo yo. No obstante, si quieres que sea sincero, el vestido me gusta bastante menos que tú. ¿Y tus sandalias?

—Me las he quitado antes de salir. Ya sabes que me gusta estar descalza. Además, son de vieja.

El sonido de su risa es uno de los mejores de este mundo, al menos, de este ínfimo rincón del mundo, que, por suerte o por desgracia, es el único que conozco. 

—Viejo soy yo. Todavía me cuesta asimilar que el lunes cumpliré dieciocho. Y más pensar en las consecuencias que conllevará…

—Bonita manera de recordármelo —lo interrumpo. Llevamos meses hablando de deberes, obligaciones y de sueños que no se van a cumplir—. Aunque no hacía falta. Jamás podré olvidarme de esa fecha. —Me pellizco el muslo que él no ve para mitigar la pena que, ineludiblemente, me empieza a anidar en las entrañas.

Durante unos cuantos segundos, nos quedamos atrapados en un denso silencio que sobrevuela nuestras cabezas y se arremolina entre las ramas que nos resguardan. Ahora solo somos dos mudos presos de las circunstancias.

—Espero que no lo hagas.

No lo haré. Estoy segura. Como sé que tampoco podré olvidarme de él, aunque deje de verlo cada día.

—¿Dónde crees que caerá la felicidad este año?

—Aún quedan muchas semanas para que caiga la última cereza. Y aunque a simple vista parece que está más cargado por este lado, no deberías preocuparte, niña, sé que este año la felicidad no será para los Martín.

Estiro la mano y consigo rozar los dedos de la suya. Una caricia ligera. Una respiración profunda. Un soplido fuerte, mitad forzado mitad aliviado. Cuando pienso que va a aferrarse a mí para hacerme promesas bonitas, se despega.

—¿Por qué estás tan seguro de eso?

—Porque he visto la cara de tus padres al darle la bienvenida.

—¿Y la mía? ¿Has visto la mía?

—Solo un segundo. Parecías contenta cuando te ha entregado esa caja.

—Eran bombones. A mi padre le ha regalado un libro, uno más para su biblioteca. Por quién doblan las campanas, de Hemingway. Pensé que a mí me traería el último de Corín Tellado o alguno de poesía, pero no he tenido esa suerte.

—También he visto su cara, muy a mi pesar. Se me ha grabado a hierro su semblante de triunfador. Con total franqueza, niña, creo que ya perdí. —Modula la voz a un tono más grave.

—No digas eso. Sabes que yo no quiero…

—¿Qué estás haciendo ahí? —La voz aguda de mi madre nos hace incorporarnos de golpe—. ¿Así te he educado? Qué poca vergüenza. Tumbarte ahí con él, como si fueras una descocada. Solo lo haces para enervarme.

—Necesitaba tomar el aire.

—Lo siento, señora María, he sido yo, que la he entretenido.

—Estoy hablando con mi hija, no contigo. Haz el favor de entrar en casa. No te das cuenta de que estás faltándoles el respeto a él y a tu padre.

Y así es como mi señora madre impone la palabra fin a nuestra historia, antes de que nosotros podamos seguir escribiéndola.

Ojalá os haya gustado.

Nos leemos.

1 comentario en “Prólogo La felicidad estaba aquí (a la distancia exacta)”

  1. Que maravilla… Nos dejas con la miel en los labios. Deseando tenerlo entre las manos y poder descubrir lo que nos deparará esta vez tu pluma, estoy segura que será amor del bueno 💕

    DESEANDO QUE LLEGUE EL 18 DE DICIEMBRE

    🤩

    Me gusta

Replica a yessicacfernandez Cancelar la respuesta