Prólogo Mara, 22 canciones y un verano

¿Queréis saber cómo empieza mi última novela?

Si os pica la curiosidad, porque he sido muy mala y apenas os he contado nada de ella, podéis leer el prólogo que os dejo a continuación.

Espero que con esta pequeña introducción os quedáis con muchas ganas de conocer su historia completa.

Recordad que ya está disponible la preventa y que el 22 de mayo llegará a todas las librerías y plataformas digitales.

PRÓLOGO

Frío.

No. No puede ser. Sí. Sí es.

Sus manos. Mi camisón arremolinado en mi cintura. Mis bragas descendiendo por mis muslos.

Más frío.

—Saúl… —Las dos sílabas de su nombre me queman la garganta. Raspan. Arden. Arañan mis entrañas—. ¿Qué…?

¿Qué haces…?

—Dios, cariño. Es que mira cómo estoy…

No necesito mirarlo, lo siento. Siento cómo se pega a mí. Siento cómo busca mi entrada. Siento cómo se restriega contra mi sexo. Y siento el primer latigazo como un azote en el vientre cuando me penetra en un solo movimiento; seco, duro y desafortunado. Como una punzada. Como un zarpazo. Como una gota de alcohol en una herida abierta.

Siento la rabia silenciosa ascender por mi tráquea con cada uno de sus jadeos estrellados contra mi cuello. Siento el pellizco que sus falanges imprimen sobre la piel de mis caderas, magullando mis vísceras, malhiriendo mi interior, lastimando mi ego. Siento el sabor agrio de ese monólogo sexual adherirse al cielo de mi boca.

Lo siento.

Todo.

Lo padezco.

Todo.

¿Y qué hago?

Lo callo.

Todo.

¿Qué os ha parecido? ¿Queréis que sea 22 de mayo ya?

Nos leemos…

Mara, 22 canciones y un verano

Ha costado mucho, pero, por fin, ya tengo cubierta y fecha de publicación mi novela número catorce. Sé que esta entrada os llega con unos días de retraso, lo siento, pero es que tenía tanta ansiedad acumulada por contaros todo lo que yo ya sabía, que he necesitado unos días para procesar todo el esfuerzo y el trabajo que me ha costado llegar hasta aquí, y para mentalizarme de lo que está por venir.

A día de hoy, publicar con editorial no puede garantizarte el éxito ni las ventas, sin embargo, saber que, entre los miles de autores que hay en nuestro país, han apostado por mí y por mi historia, me hace sentirme orgullosa y feliz. Y eso no me lo va a quitar nadie, independientemente del resultado. Para mí, volver a las librerías, cuatro años después, sin pandemia de por medio, supone una nueva ilusión. Y también, un bonito reto: lograr llegar a muchas lectoras que aún no me conocen. Por eso, aunque sea con algo de retraso, me apetecía mucho dejar constancia por aquí.

Mara, 22 canciones y un verano, llegará a todas las librerías y plataformas digitales el 22 de mayo de la mano de N de Novela, el nuevo sello de Planeta.

Las voces expertas del mundo editorial afirman que es una fecha muy buena. Primavera, perfecta para la campaña de verano, donde la mayoría acompaña sus vacaciones o sus viajes con uno o varios libros, época de ferias, de firmas… Yo, que ya no soy tan novata en esto, y que soy consciente de que el mercado editorial, en este instante, está muy saturado; con miles de publicaciones nuevas cada mes (que, por mucho que anotes en tu lista de deseos, necesitarías tres vidas para poder leerlas todas), solo deseo que, entre todas esas novedades que llegarán los próximos meses, tengáis la curiosidad, las ganas y el tiempo necesario para darle una oportunidad a Mara y a su maravilloso y liberador verano.

Podría daros un montón de motivos por los que deberíais leeros mi novela; adictiva, divertida, fresca, intensa…

Aunque prefiero deciros solo tres:

  1. Si alguna vez habéis estado tan saturadas, que se os ha pasado por la cabeza dejar todo atrás (aunque solo fuera un fin de semana), y pensar solo en vosotras, tenéis que leer a Mara.
  2. Si adoráis coger un libro para entreteneros, sumergiros en él cada segundo libre, siendo conscientes durante la lectura de que, cuando terminéis, os dejará una resaca curiosa y una sonrisa enorme en los labios, tenéis que leer a Mara.
  3. Si queréis SENTIR , en mayúsculas, ese amor del bueno, seña de identidad de mi pluma, a ratos suave, a ratos salvaje, tenéis que leer a Mara.

Espero haberos convencido.

Nos leemos…

El 2023 ha llegado a su fin

Este año no pensaba hacer balance, pero, al final, contar lo que he sentido por medio de estas líneas es como un ejercicio de autoayuda. Cerrar un año para enfocarme en el siguiente, así que, allá voy.

He vivido momentos malos, algunos más jodidos que otros, y algunos buenos, como supongo que os habrá pasado a la mayoría de vosotras. Durante estos meses he aprendido algunas cosas, a base de darme de bruces contra muros, y he desaprendido otras, en beneficio de mi salud mental, aunque, no os engañaré, desaprender es un verbo que me cuesta mucho más que el contrario. Y es que hay comportamientos tan intrínsecos y adquiridos, y estigmas tan mimetizados en nuestro interior, que despojarnos de ellos nos cuesta un verdadero triunfo. Mi filosofía es abrir más la mente cada día, no juzgar a los demás y procurar ser fiel, sobre todo a mí misma. La hipocresía jamás irá conmigo.

Este año he viajado a dos sitios que no conocía, Fuerteventura y Oporto, dos sitios nuevos que he añadido a mi cuaderno de viajes y que quizá, algún día, volveré a recorrer, porque ambos me han gustado.

He escrito 4 libros y he publicado 3.

He firmado un contrato con una editorial de las grandes otra vez, cuatro años después. Y he asistido al lanzamiento de un nuevo sello que tiene una pintaza alucinante, además, lo hice rodeada de autores increíbles, de esos superventas que eclipsan al resto. Compartir conversación y hasta taxi, ya fue la leche.

He leído 61 libros. He conocido la pluma de escritores nuevos y he caído en los referentes de siempre. He descubierto nuevas series. He visto Un amor, de Isabel Coixet, y he vuelto a enamorarme en una sala de cine. He escuchado mucha música, de varios géneros diferentes, porque siempre he tenido un oído abierto, como mi mente. Y he llorado más minutos de los que me gustaría, sola y durante los trayectos en mi coche.

Aun así, sé que no estoy en posición de quejarme, porque el balance sigue siendo positivo.

Por todo ello, daré la bienvenida al 2024 con muchas más ganas que nunca. Y con una ilusión acojonante.

Antes de despedirme, también os contaré mi lista de deseos para este año que comienza, que son sencillos y alcanzables, porque no soy yo de hacerme muchas pajas mentales.

  • Salud, para los míos, para mí y para vosotras.
  • Llegar a más lectoras cada día.
  • Tiempo para mí, de calidad.
  • Que César me siga dando masajes en los pies por las noches.
  • Que mis niños sean felices.
  • Estar en la Feria del Libro de Madrid con M.
  • Ideas bonitas para escribir historias de #amordelbueno.
  • Más risas que lágrimas.
  • Música que me inspire
  • Y por último, y no menos importante, que en el 2024 todo el mundo con el que tratemos ya haya hecho terapia.

Feliz Año Nuevo para tod@s.

Nos leemos…

LA NÚMERO 13 (DESEADME SUERTE)

Dentro de cinco días verá la luz mi novela número 13. Menos mal que no soy supersticiosa. Todavía me parece increíble que haya podido llegar hasta aquí.

Os confesaré que para mí es una novela muy especial. No solo porque cierra la serie «Ojalá», sino porque, en cierta manera, también pone el punto final a mi primer universo literario que comenzó con la historia de Lía en 2018.

Tengo tantas ganas de que les conozcáis que os dejo por aquí el primer capítulo a modo de adelanto.

Disfrutadlo.

1. MI FAMILIA

TEO

Los miro y sonrío. Es inevitable.

Para que luego digan que solo existe un modelo de familia. Pues yo te puedo asegurar que la mía, formada por muchos miembros con los que no comparto sangre, no encaja en ningún molde. Quizá por eso, para mí, es la más especial del mundo, y no la cambiaría por una más convencional.

La risa aguda de mi hermana Sofía mientras corre con sus primos por el jardín es escandalosa. Los adultos (sí, en este grupo me incluyo, aunque me faltan dos meses para cumplir los dieciocho) estamos sentados alrededor de la mesa.

—Entonces, ¿cuándo te mudas a París? —me pregunta Alba, la hermana de Axel, mi padrastro.

No es que me entusiasme esa palabra para referirme a él, pero sigo teniendo un padre biológico. Aunque, si nos guiamos por los deberes y las obligaciones que tendría que cumplir para ostentar dicho cargo, Axel, sin duda, es el dueño de ese título.

—Dentro de quince días. Quiero estar allí antes de que empiecen las clases.

—Qué pena, con la tabarra que te hemos dado para que vayas a estudiar a París, y nosotros, este año, solo estaremos en noviembre —me dice Alma, la madre de Axel.

Los padres de Axel y Alba, a los que considero mis abuelos, básicamente porque tengo más relación con ellos que con los míos propios, viven en París. Aunque este año, por lo que me cuentan, apenas coincidiremos.

—Tendremos que recomendarte los mejores lugares de la ciudad, eso sí —afirma Joan, su marido.

—Todavía no me lo creo. —Gael, que está sentado a mi derecha, me pasa el brazo por los hombros—. El enano en París. ¿Tienes claro que quieres irte? Seguro que mamá te deja cogerte un año sabático, como he hecho yo. —En Australia, para ser más concreto.

Me hace gracia que mi hermano mencione mi mudanza a París como si fuera algo nuevo. Como si no me hubiera escuchado hablar de mi sueño cientos de veces (creo que lo tengo claro desde los doce, más o menos). Vamos, igualito que él, que todavía está dándole vueltas a continuar estudiando Económicas después de su parón o cambiar a Magisterio. Aunque quizá ya lo haya hecho y se lo haya callado para no enfrentarse a mi madre. Esa desmotivación con los estudios fue una de las razones por las que, en una semana, y sin que nadie se lo esperara, tomó la decisión más trascendental de su vida. Hizo la maleta, y se fue con su novia Jana, a la que conocía desde hacía solo dos meses, a la otra punta del mundo.

—Teo no necesita cogerse nada —afirma mi madre—. Él ya está centrado, ¿verdad? —Guiña un ojo a mi hermano, solo para vacilarlo, y él se hace el ofendido, llevándose una mano al pecho.

Me encanta ser testigo de lo bien que se llevan ahora, porque te puedo asegurar que no siempre fue así. Cuando nuestros padres se separaron, la relación entre ellos atravesó momentos complicados. Gael, que siempre ha tenido mucho carácter, culpó a mi madre de todo lo que ocurrió en nuestra familia. Además, en cuanto ella nos presentó a Axel, la situación empeoró. Gael y yo nos fuimos a vivir con mi padre un tiempo, y mi madre lo pasó fatal. No fue la única, porque yo recuerdo aquellos meses con demasiada tristeza. Siempre he sido un niño hipersensible y muy empático; saber que mi madre se había quedado sola me partía por dentro, aunque no me atrevía a expresarlo abiertamente. La echaba de menos y, la mayoría de los días, conviviendo con Gael y con mi padre me sentía fuera de lugar. Como si fuera un extraño en sus vidas. Así que, en cuanto pude, regresé a vivir con ella, y mi hermano se quedó con mi padre. Luego, por suerte, mi madre recuperó la custodia de los dos. La relación de nuestra madre con Axel avanzó después de algún altibajo, y, cuando nadie lo esperaba, llegó Sofía para volvernos locos a todos. Locos de amor, uno gigante e incondicional. Es como si hubiera sido la pieza que le faltaba al puzle para que todos encajáramos y formáramos esta peculiar familia. A partir de ese día, la relación entre todos mejoró. Tanto que, en este momento, Gael parece más hijo de Axel que de mi padre, y eso sí que nadie se lo esperaba.

—A ver, universidad y París, juntos en la misma frase. Suena bastante sabático, ¿no os parece? —apunta Axel y se gana la mirada asesina de mi madre.

A continuación, ella me mira a mí y se le dibuja una sonrisa triste en los labios. Nos hemos hecho mayores, y sé que le cuesta asimilarlo. Menos mal que tiene a Sofía, a la que todavía le faltan un montón de años para llegar a la universidad. Y que Gael ya está de nuevo aquí. No me gusta ver a mi madre de bajón. Además, no tiene sentido que se ponga así, porque ella siempre me ha animado a estudiar lo que me apeteciera, sin coaccionarme en absoluto, ni con los estudios ni con la ciudad donde realizarlos. Sabe que, desde hace unos años, mi sueño es estudiar arquitectura en la capital francesa. Y, desde el primer día que se lo planteé, ella y Axel (él es arquitecto y mi ejemplo a seguir) no han dejado de ayudarme en todo lo que ha estado en sus manos para conseguirlo.

—Suena a sueño cumplido, así que espero que os alegréis por mí —argumento.

—Pues claro que nos alegramos, Teo —asevera Axel—. Los demás no sé, pero tú ya sabes que yo estoy jodidamente orgulloso de ti. —Se levanta y viene a abrazarme. Los aplausos de toda mi familia me hacen reír. Y vale, sí, también se me ha metido algo en el ojo.

Menos mal que está mi hermana para salvar la situación y hacerla menos intensa.

—¡Papi ha dicho un taco! —Sofía se chiva a mi madre, que se aguanta la risa mientras riñe a Axel por usar ese vocabulario. ¿Ella también se ha emocionado o me lo parece a mí?

Me entra un wasap y saco el móvil del bolsillo para mirarlo.

Berta: ¿Ya vienes? Mi madre y mi abuela acaban de salir, tenemos la casa para nosotros solos.

—Buah, solo le ha faltado decir que te espera… —Gael se ha asomado por encima de mi hombro y ha leído el mensaje, sin cortarse.

Ahora divagará, como hace siempre cuando se trata de Berta y de mí. Menos mal que el resto están hablando y no le han oído.

—Te quieres callar —protesto.

Berta es mi mejor amiga. Solo eso. El verano pasado tuvimos un par de intentos de ser algo más. Nos enrollamos de manera esporádica, pero, por suerte, aquel hecho no estropeó lo nuestro. Lo cierto es que, a la vuelta de las vacaciones, estuvimos unos cuantos días raros. Hablamos de lo que había sucedido y pusimos en una balanza lo que nos satisfacía más. Ganó la amistad. Y volvimos a ser solo mejores amigos. Tampoco es tan extraño que mi mejor amiga sea una chica, ¿no? Y mucho menos tiene que serlo para Gael, cuando la suya es Leah. Lo que me cansa es que no deje de insinuar que lo mío con mi amiga irá más allá. Quizá le despiste la actitud de Berta, que, en ocasiones, sí que parece que quiere algo más que mi simple amistad, aunque de verdad pensé que los dos lo teníamos superclaro.

—Te puedo acercar con la moto. ¿Está en casa de su abuela? —Asiento—. Pues te llevo. Voy al Salitre a ver a Jana y me pilla de paso. Y tengo condones en la cartera, por si los necesitas.

—Tato… —me cabreo, pero me pone su cara de buena persona (aparentemente) y termino sucumbiendo, solo a medias—. Paso de explicártelo otra vez. Venga, llévame.

Nos despedimos de todos con besos y abrazos y prometemos a Sofía que mañana, si hace sol, la llevaremos a la playa, los dos.

Antes de ponerme la sudadera para subirme a la moto, recibo otro wasap.

—¿Se pone nerviosita? Dile que ya vas, que lo bueno se hace esperar.

Y dale.

—¿Eso le has dicho tú a Jana? —contraataco.

—Jana ya lo sabe.

Me río porque él es así de capullo, pero lo queremos. Mientras arranca y se ajusta el casco, miro el mensaje. No es de Berta, es de Asier, el amigo de mi hermano.

Tu rubio: Hemos quedado esta noche en casa de Bosco, se viene party. Si te acercas, cuidaré de ti.

No voy a mentir. Me gusta mucho cómo suena ese plan. Bosco es primo de Berta, y sus fiestas suelen ser… interesantes, lo dejaré ahí.

Fue el propio Asier el que metió su contacto en mi móvil con esa definición tan gráfica. Y fue una buena idea, porque así nadie sabe quién es. Como ya te he dicho, mi hermano no ha estado en casa este curso pasado, así que no tiene ni idea de la amistad, o lo que sea, que ha surgido entre el rubio y yo. El único que nos ha visto pasar algo de tiempo juntos ha sido Bruno, el otro mejor amigo de Gael, pero sé que no le ha contado nada. No es que quiera ocultárselo, pero, como lo conozco, prefiero ahorrarme esa presión.

—Vaya, ¿esa sonrisilla? No me digas que Berta te ha mandado un nude.

—Eres un cansino, Gael. ¿Quieres dejar de pensar con el rabo un segundo? —Me guardo el móvil en el bolsillo, no vaya a ser que lo vea y me acribille a preguntas que no sabré responder.

Lo único que tengo claro ahora mismo es que sí, definitivamente, quiero irme a París. Y no solo porque quiera estudiar allí, sino también porque me apetece salir de aquí. De mi ciudad, de mi casa, de mi pequeño círculo. No es que tenga la sensación de que, si me quedo a su lado, nunca podré aclararme. Sé que terminaría haciéndolo, de un modo u otro. El problema es que primero necesito entenderme a mí mismo; explorar, probar, crecer… Conocerme. Y cuando sepa cómo quiero vivir, y, lo más importante, cómo quiero sentir, seré yo mismo el que se siente con ellos y se lo cuente.

Bienvenido, Bruno

Mi novela número 12 ya está aquí.

Todavía me cuesta creerlo y es que, desde que publiqué la bilogía de Lía en 2018, he vivido tantas cositas buenas, que el tiempo se me ha pasado volando. El síndrome del impostor me acecha con cada lanzamiento. No solo me hace replantearme todo lo que he conseguido hasta llegar aquí, como si me hubiera caído del cielo, sino que me aterroriza que por fin os deis cuenta de que no valgo para esto, y así, sin más, aterrizar y darme de bruces contra el suelo. El miedo se ha acrecentado este año, por lanzarme a probar un nuevo género, como es este, al que no le tengo pillado el truco. Menos mal que os tengo a vosotras al otro lado, para abrirme vuestros brazos y no dejarme caer nunca. Sois lo mejor de este mundo, y a los hechos me remito, solo hay que ver lo bonito que habéis leído a Gael, a pesar de que su edad no está entre vuestras preferencias lectoras.

Para hacer un «más difícil todavía» he publicado en verano. Sé que en agosto apenas hay publicaciones; la gente está disfrutando de sus vacaciones y las editoriales posponen el lanzamiento de sus novedades para septiembre, porque es más complicado hacer una buena promoción. Pero la autopublicación tiene algunas ventajas y elegir cuando sale tu libro es una de ellas.

Podría haber esperado un poco, sin embargo, no me apetecía que pasara mucho tiempo desde la publicación de Ojalá mi luna dibuje tus mareas y, además, como sabéis, mi intención es publicar la historia de Teo antes de que finalice este año, por lo que mi calendario literario se aprieta y no podía dilatarlo mucho más.

Escribir este post en este momento, con mi novela ocupando el número uno en Amazon, en dos categorías diferentes, quizá signifique que no me he equivocado tirándome a la piscina ahora que todavía hace calor, ¿no?

Ahora solo espero que disfrutéis de esta novela tanto como lo he hecho yo escribiéndola. A ver, que Gael siempre será mi capullo preferido, pero reconozco que Bruno es el contrapunto perfecto, no solo para su amigo, sino para mí como escritora. Su sensibilidad, su inseguridad, sus miedos… Un personaje rico en matices. Y simplemente por eso, se merecía poder contar su propia historia.

Aprovecho y os dejo por aquí el enlace.

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Nos leemos…

BIENVENIDO, GAEL

Si hace unos siete años, cuando empecé a imaginarme la vida de Lía, mi primera protagonista, alguien me hubiera dicho que un día escribiría también la historia de su hijo, habría dicho que estaba muy loca. Porque, obviamente, por aquel entonces, jamás imaginé que inventarme vidas iba a ser tan adictivo.

De aquel primer paso ha nacido este último. Sí, aquí lo tenéis.

Ojalá mi luna dibuje tus mareas. Mi nuevo bebé.

Uf. Todavía me cuesta asimilarlo. Por eso sigo haciéndome millones de preguntas cada vez que lanzo una nueva publicación. ¿En qué momento ha sucedido todo esto? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Por qué jamás lo soñé? ¿Gustará como las anteriores? ¿LLegaré al número uno de Amazon? ¿Habré plasmado lo que quería trasmitir? Y así, podría seguir y seguir. Sin embargo, el paso del tiempo también me ha dado la perspectiva necesaria para saber que mi mundo no se rige por certezas, sino más bien por sensaciones. Y si me tengo que guiar por estas últimas, solo puedo curvar los labios ampliamente y sonreír.

Porque, joder, mi novela número 11 está aquí y es la leche poder sentirme así de feliz. Creedme cuando os digo que me sigue pareciendo increíble haber recorrido todo este camino hasta llegar aquí. Y, lo más alucinante de todo esto, es que muchísimas de vosotras me acompañáis desde aquel 8 de febrero de 2018 cuando aterricé en este mundo literario tan desconocido para mí.

De Gael os podría decir un montón de cosas. Él no solo es sumamente especial por ser el hijo de mi primera protagonista femenina, sino porque, además, se ha convertido, por méritos propios, en mi primer protagonista New Adult. Él me ha sacado de mi zona de confort por primera vez y, eso que tenía bastante miedo al género, sin embargo, a tenor de la gran acogida que le habéis brindado en sus quince primeros días en este mundo, creo que el acojono se ha ido esfumando.

Así que gracias infinitas, de corazón. Porque sé que a muchas de vosotras la edad del protagonista no os motivaba lo suficiente, pero, aun así, le habéis dado una oportunidad. Quizá porque tenéis más confianza en mi pluma que yo misma. Quizá porque el amor del bueno no entiende de edades. O, quizá, porque, aunque hayamos vivido más años que él, a todas nos gusta echar la vista atrás, aunque sea a través de las páginas de un libro, y rememorar aquella época en la que las responsabilidades no eran nuestra prioridad. Y revivir aquellos veranos, en los que la diversión, la música y los amigos eran los que hacían girar nuestro mundo. Uno más liviano, sin duda.

Como ya sabéis, la serie Ojalá está formada por tres títulos. Bruno ya está en el horno, poniéndose bonito para salir. Y si soy capaz de escribir la historia de Teo y terminarla para cerrar la serie, el orgullo entonces será máximo. Porque a estas alturas de la película ya me conocéis; no solo me gusta meterme en jardines, sino que, me emociona todavía mucho más salir de ellos.

Y Y si todavía no te has animado con Gael, te dejo aquí debajo el enlace. Es perfecta para este verano, no lo digo yo, lo dicen mis lectoras, que son las mejores del mundo.

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Nos leemos…

LOS PELIGROS DE LA NOCHEVIEJA

Una Nochevieja más aquí estoy. Os prometo que esta vez no sé cómo lo he conseguido, pero aquí estoy. Justo a tiempo para dejaros un nuevo relato navideño de mi Universo de #amordelbueno. Sí, parece que no aprendo con los años, porque, una vez más, este pequeño fragmento es un gran charco. Ya lo entenderéis.

Pero, ya me conocéis, sabéis que, en el fondo, adoro meterme en estos charcos.

También os digo una cosa, si no habéis leído la serie Buen Camino, no tiene mucho sentido que os aventuréis a leer esto, porque os vais a comer más spoilers que polvorones o turrones en Navidad y se perderá la magia.

Venga, no me enrollo más. Os deseo un 2023 cargado de SALUD, para que nada os impida cumplir vuestros sueños.

LOS PELIGROS DE LA NOCHEVIEJA

Mi padre me echa de la cocina, como de costumbre, y yo obedezco, pero me llevo un trozo de queso en la boca y otro en la mano, para luego. Cuando salgo, me debato entre subir al desván, que es mi habitación estos días, a tocar la guitarra un rato antes de cenar, o entrar en el salón e intentar encontrar un hueco entre toda esa gente que lo abarrota.

Hoy se termina el año y hemos venido todos a celebrar la Nochevieja a Menorca, a la masía de mis abuelos. Bueno, de momento, estamos todos menos ella, que perdió su vuelo desde Londres ayer y estará a punto de llegar.

—¿Y esa cara? —me pregunta mi madre cuando entro en el salón.

—Mal de amores —responde Zoe, su mejor amiga, y yo pongo una mueca de no sigáis por ahí, por favor.

Sí, hace dos meses que me dejó Olivia, pero lo llevo bien, ni lloro por las esquinas, ni miro su Instagram cada diez minutos, ni la echo de menos como para que me duela el pecho. No, a ella no. Lo único que no se me va de la cabeza son las palabras que me dedicó antes de mandarme a la mierda. Esas sí que me taladran el cerebro, constantemente.

¿Y si tiene razón? ¿Y si soy tan capullo y tan iluso que solo tengo hueco para ella? ¿Y si lo ven todos menos yo?

—Será mejor que me suba arriba —comento con desgana y me giro para salir de aquí. Pero, en este instante, suena el timbre de la puerta, y sé que huir ahora no tiene ningún sentido.

—Anda, abre tú. —Me guiña un ojo mi madre.

—Mamá… —protesto.

—Vamos, Santiago. Que no se te olvide que eres hijo del gentleman. —Mi padre sale de la cocina con dos bandejas de embutido en la mano y me deja su perlita, cómo no.

Bufo. Ya empezamos…

—¡Ay! ¡Ya está aquí! —chilla entusiasmada Zoe, que me coge del brazo para  arrastrarme por el pasillo hasta la puerta con ella.

Cuatro meses. Cuatro meses sin verla. Desde que se fuera en agosto después de… de aquello. ¿De aquello, Santi? ¿De verdad? Sus padres fueron en octubre unos días a estar con ella, pero yo no pude. O quizá sí que pude, pero no me atreví. Todavía estaba Olivia, todavía estaba ahogado en mi puto caos mental, todavía era un pedazo de cobarde…

Vale, ya me centro.

Soy el encargado de girar el pomo para encontrarme de frente con ella.

Con Triana.

Triana.

Mi Triana.

Mi otra mitad.

Mi mejor amiga.

Mi peor pesadilla.

Mi compañera de cumpleaños, juegos y aventuras casi desde el mismísimo día en que nació, porque lo hizo cuatro días después de que yo llegara al mundo.

Mi confidente

Mi instigadora.

Mi peligrosa.

—¡Tata! —Biel viene como un loco y se abalanza sobre ella antes de que nuestras miradas detengan el puto tiempo.

Una noche.

Agosto.

Los dos.

Está preciosa. Lleva el pelo más largo que la última vez, revuelto y sin peinar, las pecas han perdido intensidad, pero el tono verde de sus ojos junto con el rojo de sus labios, le dan toda la luminosidad que le falta. Brilla. Como cada día desde que la conozco. Brilla.

Me sujeto a la puerta mientras Adrián pasa con su maleta, su hermano deja el turno a su madre y se funden en un abrazo lento y fuerte. Yo sigo como un gilipollas observando en la misma posición, vamos, como lo que soy.

Trae puesto un abrigo de lana beige, que se abre para dejar a la vista un vestido negro de terciopelo corto, ajustado a sus increíbles curvas, es sus pies, sus eternas Martens, y sobre el cuello, una bufanda enorme, que con los abrazos, se le cae, así que me cerebro, que debe de estar en pausa, se reinicia para agacharme y recogerla del suelo. Su madre la suelta, por fin, y ahora sí, ahora solo quedamos ella y yo.

—Hola…

¿Hola? ¿Así? ¿Sin más adornos? Joder, Santiago, cada vez lo haces peor.

—Hola, amigo. —Tres sílabas con su peor entonación. Tres puñales.

¿No piensa reaccionar, Santi?

Acorto un paso. Dos. Y le paso la bufanda alrededor del cuello. Estamos cerca. Muy cerca. Sus ojos ahora sí que se posan sobre los míos. Un segundo. Dos. Y después lo hacen sobre mi boca, a mí me resulta también imposible no mirar la suya. Jugosa, entreabierta, perfecta. Doy un pequeño tirón sobre los extremos de la lana, que la pilla desprevenida, y, a continuación, abro mis brazos para envolverla con ellos.

Deluxe, idiota.

Me parece oír un suspiro de resignación mientras nos abrazamos.

—Hola, Triana.

No sé los segundos que pasamos así; mudos, inmóviles, perdidos.  Como si el calor de nuestros cuerpos fundidos, alineara de nuevo las órbitas de nuestros planetas, separados en los últimos meses y no solo por la distancia en kilómetros.

¿Pueden dos corazones crecer y latir juntos desde el minuto cero y jamás despegarse?

Ni idea, pero te juro que me encantaría averiguarlo.

Las voces de nuestros padres diciéndonos que la cena está lista rompen la burbuja, o la cueva, o lo que sea esto donde nos hemos quedado atrapados. Y, en el mismo silencio en el que nos hemos escondido del resto del cosmos, nos sentamos a cenar, no sin que antes Triana cumpla con su ronda de abrazos. Mis abuelos. Mi tío Eloy, mi tía Lorena, y nuestro primo Jordi, que aunque no sea con el ADN completo, le compartimos.  Mi tío Xavi y Carol, su segunda mujer, y sus mellizos, o sea, mis primos. Mi padre, mi madre y mi hermana, que como buena preadolescente le bombardea a preguntas sobre todo su outfit.

La cena es todo lo divertida y caótica que os podáis imaginar, porque  cuando juntas en una mesa a mi tío Eloy, que sigue sin haber adquirido la madurez necesaria, a mi padre, que sigue siendo el mismo gentleman, como bien él ha dicho, pero con un humor fino a la hora de responder pullas, y a Zoe, la madre de Triana, exenta de filtros a día de hoy, la diversión y las risas están siempre aseguradas. Y los cuchillos, esos también. Porque este grupo tan variopinto tiene la sana costumbre de no dejarse pasar ni una y eso incluye sacar los trapos sucios más recientes y los más antiguos, para eso llevan casi media vida juntos. Cuando Adrián empieza a incluirnos en las batallitas a Triana y a mí, sé que estoy perdido.

Vergüenza llegando en tres. Dos. Uno.

—¿Os acordáis de aquella Nochevieja que Santi no dejó de cantar el villancico que le compuso a Triana? Entró en bucle. Además con la pandereta.

—No, joder. No es necesario… —me quejo.

—Santi, esa boca —me riñe mi madre.

—Imposible olvidarlo, fue en italiano. —Añade mi padre orgulloso de sus raíces y un ohhh general suena a continuación.

—¡Fue divino! —Ironiza mi tío Xavi—. Si ahí ya se veía que… —Le fulmino con la mirada para que no termine esa frase.

Me llevo genial con él, es más, solemos comer juntos un día a la semana, él y yo solos. Me gusta, porque creo que es el único de la familia que piensa diferente y que me entiende. Él mejor que nadie sabe lo que es no acertar a la primera. Dios, voy a  matarlo.

—Venga, papá. ¿Eso es lo más bochornoso que has encontrado de todas sus actuaciones? —Interviene Triana y entonces, la miro. Será cabrona, no me puedo creer que esté disfrutando viéndome sufrir. —. Porque yo puedo hacerte una lista con todas. ¿Ya les contaste la última, Santi?

¿En serio? ¿Quiere hablar de esto aquí?

—Vaya, si casi son las doce. Santi, ayúdame a recoger, y así traemos las uvas para esta gente. —Gracias, papá, por el cable.

Me levanto sin apartar la mirada de la de Triana. Ella tampoco esquiva la mía. ¿Nos retamos? ¿O nos estamos diciendo cosas sin pronunciar palabras? Sí, quizás tengamos una conversación pendiente, o dos. Pero no creo que el último día del año, rodeados de toda nuestra familia, sea el mejor lugar para tenerla. O sí.

 Mi tío Xavi también se levanta para ayudarnos, o a darme apoyo psicológico, que le conozco. Hacemos varios viajes en silencio y echamos una mano a mi padre con las uvas. Él sigue queriendo mantener el rol de único cocinero de la familia y más en una noche especial como esta, pero le encanta que le ayude, y, sobre todo, que me interese por el amor y la sensibilidad que pone en cada plato que cocina para los suyos. Él y su amor del bueno eterno hacia mi madre, que sigue siendo su loca favorita. Sin embargo, él también derrocha amor hacia Laia y hacia mí, incondicional. Y, por supuesto, hacia el resto de la familia, la que le tocó y la que eligió.

—¿Todo correcto? —me pregunta mientras me da la última copa para que lleve al salón. Sonrío, porque esa pregunta es mítica entre él y mi madre. Me encanta ser testigo de su amor con el paso de los años. Pero también es un hándicap enorme y, a veces, me abruma. Me gustaría tener lo de ellos. Por supuesto que sí.

No soy imbécil, aunque lo parezca a ratos. Sé lo que siento y sé todo lo que podría construir o destruir con ello. De ahí el acojono.

—No, pero lo estará —respondo y espero zanjar aquí el tema.

—No lo retrases, Santi. —Ese es Xavi, dándome un pequeño empujoncito una vez más—. Luego cuesta el triple conseguirlo. Te lo digo yo.

El salón es un auténtico infierno. Gente agolpada delante de la televisión, en los sofás los más mayores y en el suelo los más pequeños.  

No necesito buscarla, porque, hemos compartido tantos cambios de año, que me conozco su ritual. Sola. Pegada a una ventana siempre abierta, para sentir que delante de sus ojos tiene un mundo lleno de posibilidades y para respirar. Da igual que estuviéramos en aquella cabaña de la estación de esquí a menos cinco grados. O en aquella casa que se caía a pedazos en Girona, con un fuerte temporal. O aquella otra vez en el apartamento minúsculo de Adri en Valencia, oliendo el Mediterráneo. Siempre, uvas en la mano derecha, sí, las come con la izquierda, con la misma que pinta,  y ventana abierta, en este caso es la puerta de cristal por la que sale al jardín donde ahora mismo solo está iluminada la piscina.

—El salón es muy grande…

—Y tú muy pequeña —la vacilo o trato de hacerlo, porque, tal y como tuerce el morro, creo que no lo he conseguido.

—¿Hoy también vas a huir cuando den las doce como Cenicienta?

—No huí.

—Y una mierda, Santi. Te largaste, como un corderito asustado y me dejaste allí….

—Estaba acojonado.  Y no quería estropear…

—Para, por favor. No necesito que me cuentes la misma película…

—Sigo acojonado. —la corto. Me pego a ella por detrás, porque están a punto de empezar las campanadas y ha roto nuestro contacto visual para mirar hacia el infinito, a ese mundo que nunca será lo suficientemente grande para ella—. Pero hoy voy a saltar.

Me mira, incrédula, y un segundo después, me ignora. Yo ignoro al resto. No sé si nos están observando o si cada uno está a los suyo, la verdad es que las voces y las bromas cada vez son más escandalosas y las apago de mi mente. Llega la primera uva y me coloco a su derecha para mirarla solo a ella. A su pelo jodidamente bonito, a sus labios rojos cuando los abre, a su nariz minúscula, a sus pecas que me sé de memoria, a sus manos pequeñas y a sus ojos verdes, vivos,  mágicos y únicos. Y como las uvas. Hipnotizado pero las como.

Ocho.

Nueve.

Diez.

Once.

Y doce.

—¡Feliz Año Nuevo! —gritan todos y yo salto, como he dicho hace unos segundos que haría, pero esta vez con ella.

La cojo de las rodillas y cargo con ella como si fuera una niña. La pillo tan de sorpresa que no le da tiempo a abrir la boca, solo a mirarme con los ojos como platos. Corro los metros que nos separan de la piscina y salto. Saltamos. Al agua. O al vacío. Y no la suelto durante la zambullida, ni tan siquiera luego, aunque ella intenta zafarse de mi agarre.

Después del tirabuzón, y de ser consciente que el 31, bueno, en realidad ya es 1 de enero, en Menorca el agua no está muy caliente, sacamos nuestras cabezas fuera.

—¡¿A ti se te ha ido la puta olla, Santiago?! —me grita, pero sonríe, joder, sonríe y está guapísima así. Con las gotas resbalando por su cara, con el pelo pegado y con los labios ahora morados por el frío, hasta con el rímel un poco corrido está preciosa. Y sonrío.

—A mí aquella noche de agosto se me paró el puto corazón, Triana. Y no quiero  volver a vivir sin ritmo cardiaco ni un día más. ¿Lo entiendes ahora?

Asiente y pegamos nuestras frentes. Estamos en una zona en la que yo hago pie pero ella no. Así que enrosca sus piernas en mi cintura y enmarca mi cara con sus manos para comerme la boca. No sabría decir quién ataca a quien antes, porque en lo único que puedo concentrarme es en su lengua caliente y en sus labios envolviendo los míos una y otra vez. No es nuestro primer beso, por supuesto que no, pero lo único que me importa en este instante es que no sea el último.

—¡Mamá! ¡Triana y Santi se están enrollando!

—¡Con lengua! Puag, que asquito.  ¿Pero son novios?

—¿En la piscina? Nosotros también queremos bañarnos, ¿podemos, mamá, podemos?

—¡No! No podéis.

—¡Oh, qué bonitos!¡Asomaos, consuegros! ¿Quién va a pagar la boda?

—¡Que boda, ni que boda!

—Joder! Si esto se veía venir.  ¿Desde hace cuánto?

—Una eternidad.

—¿Quién les da los condones? ¿El padre de la novia o el del novio?

—Los tíos bocazas, capullo.

—Mira, Adri. Otros que se estaban enrollando en secreto, seguro, como estos dos.

—¡Qué os den!

—¿Estáis llorando? No me lo puedo creer, mi sister y la Peli llorando.  Joder, con lo que habéis sido vosotras. Esperad, no os mováis, voy a haceros una foto.

—¡Idiota!

—Salid de ahí antes de que os congeléis.

—Loca, ¿tú crees que tienen frío?

—No lo sé. Sigo en shock, Camino.

—Y yo, mi calabaza, ahí con tu hijo…

—Mira, se están enrollando igual que vosotros en aquella piscina en el cumple de Eloy…

—Claro, mejor eso que solo mirarle la boca como hiciste tú en el primer cumple de ellos. ¿Recuerdas? Aunque luego le comiste otra cositaaa… que rima con…

—¡Cállate!

—Hay niños pequeños, por favor.

—¡Jo, mamá, dais cringe! Los padres de mis amigos son normales…

—Son aburridos, cariño, no normales. Eso aquí no lo verás.

—Nunca.

—Será mejor que los dejemos a solas…

—Sí, que ahora igual le toca las castañuelas, en vez de la pandereta y es mejor no verlo.

—¡Zoe! —Un último chillido de advertencia hace que los espectadores se empiecen a retirar para volver a entrar en casa.

—¿Qué pasa? No he dicho nada del otro mundo. Son los peligros de la Nochevieja cuando pones en tu vida a una pelirroja, ¿verdad? —añade tan pancha y me guiña un ojo, porque soy el único que puede verla, Triana está descojonándose, con la cabeza enterrada en mi cuello.

Sí, estos son los nuestros.

Estamos exultantes y felices, por eso volvemos a besarnos, aunque estemos a punto de perder algunas de nuestras extremidades.

—Dios, esto ha sido… —Tirito contra su boca.

—Surrealista, pero no podría haber sido de ninguna otra manera. Queramos o no, pertenecemos a este micro universo de chalados y peligrosas.

—Correcto y ¿sabes lo peor?

—¿Qué?

—Que vamos a tener que reconocer ya que nos gusta, porque no creo que exista un universo de amor del bueno en el que crecer y vivir  mejor que en este, en todos y cada uno de los sentidos.

—Lo sé.

Y continuamos besándonos…

                                      FIN

LA DÉCIMA

Diez novelas. Acojona un poco. ¿Verdad? Si alguien en 2016, cuando abrí aquel archivo word para plasmar la historia de Lía, me hubiera dicho que no iba a parar de escribir hasta hoy, habría pensando que estaba loco.

Ha sido un camino intenso, emotivo y lleno de gente bonita. Supongo que por eso me animé a escribir la historia de esta pelirroja, que tanto os gustó en El camino de Gala. Normalmente, me pedís que transforme en novela las historias de muchos secundarios de mis libros, pero creo que Zoe, al igual que Julia, aquella primera secundaria de lujo en la bilogía de Lía, se llevan la palman de vuestra insistencia.

Pues aquí está. Tres añitos tarde. Pero, ya sabéis eso que dicen de que nunca es tarde…

No me enrollo más. Porque esta entrada es solo un regalito, en forma de adelanto.

Os dejo por aquí, el prólogo, que ya estaba publicado en mi Instagram, y el primer capítulo.

Recordad que el 2 de noviembre estará disponible en Amazon en digital y papel, y que ya está abierta la preventa (digital).

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Espero que estéis preparadas para volver a sentir.

Os leo…

PRÓLOGO

Será mejor que empiece presentándome.

Hola, soy Gala, la mejor amiga de Zoe. Puede que algunas de vosotras ya me conozcáis. Para bien o para mal, mi historia ya está escrita. También puede darse el caso de que no tengáis ni idea de quién soy, pero no os preocupéis, tampoco es muy relevante, ya que las próximas páginas no hablarán sobre mí, sino sobre mi Peli, la protagonista absoluta de este universo tan particular.

Y ella es… ELLA. Perdón, ya sé que debería explayarme un poquito más. A ver si, ahora que os quiero contar cómo la veo yo y lo que significa para mí, no encuentro las palabras adecuadas. Venga, voy a intentarlo de nuevo.

Lo primero que tenéis que saber es que Zoe es mi hermana (sin necesidad de compartir sangre). Es mi familia. La bonita, la que se elige. Después de que tengáis clarísimo ese punto, mencionaré el sinfín de títulos más que tiene en mi vida. Zoe es mi motivadora. Mi compañera de aventuras y desventuras. Mi descerebrada, a veces cuerda. Mi confidente. Mi mano derecha y también la izquierda. Mi grano en el culo. La sal de mis comidas y el azúcar de mis cafés. Zoe es mi mitad. La parte explosiva que vive en mí y que no suelo mostrar sin su presencia. Zoe es mi motor y también mi guía, la que siempre me tiende su mano para caminar juntas. Siempre. Sin duda y para resumirlo, Zoe es una de las mejores personas que me ha regalado la vida.

Tiene tantas cualidades que no sabría cuál elegir para definirla. Es inteligente, divertida, sensible, extrovertida y fuerte, como un puñetero ciclón, de los que arrasa con todo y de los que, si te pillan, olvídate de salir indemne.

Mi amiga es creativa en una agencia de publicidad y una artista con las manos. Apasionada del arte, de la comunicación, y de las botellas de vino compartidas, sobre todo si son conmigo (y con mi hermano, aunque no se lo diremos nunca a él). Es increíble que, con esa complexión tan menuda, destile toda esa potencia y energía. Tiene un cuerpo de infarto, y lo digo yo, otra tía (para que luego digan que entre nosotras siempre hay rivalidades). Aunque, sin duda, lo que más llama la atención, al primer golpe de vista, es su pelo. Sí, porque Zoe Ferreras es pelirroja. Pelirroja natural, de las auténticas.

Puede parecer una tontería, pero tengo una teoría sobre ella y el color de su cabello. Creo que ese tono, tan particular, guía los pasos de su vida desde que nació. Llamadme loca (no seríais las primeras en hacerlo), pero una vez leí un artículo sobre el significado de los colores en una revista de psicología, que todavía no sé cómo fue a parar a mis manos. En él, hablaban del color naranja y de sus connotaciones especiales. Decían que suele ir asociado al entusiasmo y la exaltación, con tintes divertidos, claro. Fuerza. Espíritu independiente. Sociabilidad y originalidad, que a ella le sobran. Además, sabemos que es un color muy llamativo en casi todas sus tonalidades y que suele indicar PELIGRO. En grande y en mayúsculas.

Vamos, que si se basaron en un estudio de personalidades para redactarlo, tuvieron que analizar la de ella.

Su historia es un poco así, llena de matices, aunque prefiero que sea Zoe la que os la cuente, porque siempre ha tenido mucha más verborrea que yo.

Solo os puedo adelantar que, irremediablemente, su universo siempre estará teñido de color naranja.

2018

1. IRREAL

ZOE

¿En qué momento me he quedado sin bragas?

¡Ah, sí! Ha sido después de terminar la comida más soporífera de la historia. Y por comida me refiero a la que nos han servido en el comedor que han habilitado para nosotros en esta convención sobre marketing y publicidad, no a la que Gerard me ha regalado en el baño antes de volver a este salón, que ha sido la auténtica causante de que haya perdido mi ropa interior.

Hasta ahí, todo correcto. Pero ¿en qué momento me ha parecido buena idea no volver a ponérmelas? Supongo que en cuanto he visto la mirada matadora de Gerard mientras se las guardaba en el bolsillo. ¿Quién se resiste a ese pellizco morboso? Yo no. No sé cómo lo hace, pero cuando me mira así, consigue que no me llegue la sangre al cerebro. A fin de cuentas, esa extraña mezcla, e insana, de deseo y prohibición, que tan bien combinamos, es la que nos retroalimenta.

—Para finalizar mi ponencia. —Ha dicho finalizar, ¿no? Menos mal, por fin seremos libres—. Me gustaría recordarles…

¿En serio? Es el cuarto señor que habla esta tarde y a mí todas las voces me suenan igual de tediosas. Creo que hoy es el día de las ponencias más aburridas, así que voy a desconectar otro ratito.

¿Por dónde iba? Vale, sí. Te contaba que me acabo de dar cuenta de que no llevo bragas. A ver, después de estar aquí sentada tres horas, se me empezaban a entumecer las piernas, por eso me he revuelto en el asiento y, al separarlas un poco, zas, he sentido una ligera brisa sobre mi toto; lo normal en estos casos, sobre todo si llevas un vestido.

Los aplausos de los asistentes al Marketing Event me devuelven a lo que me atañe en este instante, que es salir de aquí, no mi entrepierna.

—Tengo que hablar con el señor Fuster. Me ha pedido mi suegro que, por favor, le comente un par de temas que tienen pendientes de la próxima campaña. Espero que no se enrolle mucho. —El que acaba de hablar ha sido Gerard, mi jefe.

Sí, el mismo que se ha quedado con mis bragas. Con él, de una manera o de otra, casi siempre, termino sin ellas. El suegro que le ha pedido un favor no es Pau, mi progenitor, es el señor Puig, el dueño de la agencia de publicidad en la que trabajamos. El jefe supremo de los dos y el padre de Ángela, la mujer de Gerard, para que lo entiendas.

—Tranquilo, tenemos mesa a las diez y toda la noche por delante.

—Lo sé, recuerda que tienes una deuda pendiente y que pienso cobrármela. —No me lo susurra en el oído, porque pegaríamos mucho el cante, pero casi. Y ese casi, combinado con ese tono, me hace juntar los muslos antes de avanzar para salir de aquí.

Antes de llegar al ascensor, saludo a Constancia, es la dueña de otra agencia de publicidad de Barcelona. Una mujer con unas ideas brillantes, con la que siempre es un placer charlar.

—A ver cuándo tomamos ese café que tenemos pendiente, Zoe.

—Cuando tú quieras —respondo. No nos da tiempo a concretar nada más porque una de las organizadoras la reclama, y se aleja con ella. Sonrío al ver su gesto de fastidio y entro en el ascensor.

Activo el sonido de mi móvil y rebusco en mi bolso para encontrar la tarjeta de la habitación. Espero que Gerard no se haya quedado con las dos.

Estamos en el hotel Renacimiento, en Sevilla. Somos los únicos que hemos venido en representación de P&P, la agencia de publicidad para la que trabajamos. Y, aunque nos han asignado dos habitaciones, Gerard solo pisa la suya por las mañanas, cuando va a ducharse. Me ha confesado que deshace la cama antes de bajar a desayunar, como si su mujer fuera a llamar al hotel para preguntarle a la gobernanta si estaban las sábanas revueltas. Bastante surrealista, lo sé.

No soy tonta, aunque a veces me comporte como una. Sé dónde me he metido y sé que habrá opiniones para todos los gustos sobre mí. Habrá personas que no lo comprendan y también habrá quienes hayan estado o estén en mi piel, y sabrán lo complicado que es mantener una relación así, si se puede usar ese término para esto. Lo que pasa es que él es mi puto talón de Aquiles. Y, sí, te darás cuenta enseguida de que soy una tía fuerte, independiente y cabal, aunque, cuando el rubito, con pinta de haber nacido en Alemania, ojos azules, boca de algodón y barbita escrupulosamente arreglada de no más de tres días, está delante de mí y me toca, soy débil. En realidad, prefiero decir que flaqueo, como si todo mi sistema nervioso sufriera una caída. Una caída hacia él. Sin duda, Gerard es mi piedra, esa con la que tropiezo una y otra vez. En mi defensa diré que es la consecuencia de que me vayan los cabrones.

Además de ser mi superior y estar casado, tiene una situación privilegiada en la empresa; es la mano derecha del socio fundador y el eterno candidato a sustituirle cuando este se jubile. Lo que nos convierte en un puto cliché. Empezamos a enrollarnos el año pasado, por purita casualidad. Los tonteos diarios se nos fueron de las manos y tuvimos que liberar la tensión sexual no resuelta que acumulamos durante meses. Desde la primera vez que caímos en la tentación, supimos que nuestros encuentros serían recurrentes. Llámalo necesidad o vicio, lo que quieras. Cuando nos vimos dentro de esa rueda, que no paraba de girar, él me dejó bastante claro que no tenía ninguna intención de abandonar a su mujer por un rollo sexual, que es lo que teníamos o tenemos. Los dos somos mayorcitos y sabemos lo que hay. También me confesó que él quería seguir con lo nuestro, que es, básicamente, sexo; bueno, furtivo y sin complicaciones. En todos los rincones imaginables, incluida la oficina; el morbo de que nos puedan pillar es un ingrediente que nos motiva bastante a los dos. Yo acepté conociendo las condiciones, por lo que no puedo decir que no sabía dónde me metía, porque mentiría.

Gerard es un tío ambicioso. Un competidor incansable a todos los niveles. Él solo quiere ganar. Sé que no se le pasa por la cabeza perder su empleo, ni dejar de disfrutar del alto nivel de vida que tiene gracias a ella, ni renunciar a ninguno de sus privilegios. Y, mucho menos, cuando su único aliciente es ser el propietario de la agencia dentro de unos años. Lo que pasa es que, a veces, delante de mí, es como si se le cayera la careta sin ser consciente, y entonces me deja entrever que, debajo de esa fachada y de toda esa seguridad, hay un tío diferente, uno más real, menos infeliz. Cuando eso ocurre, no tarda ni tres segundos en recomponerse y meterse de nuevo en su papel, no vaya a ser que me lo crea.

Me descalzo y me empiezo a quitar la ropa para darme un baño; después de una jornada interminable, lo necesito. Veo que tengo una llamada perdida de Gala, y antes de que pueda devolvérsela, entran sus wasaps.

Gala: Peli, hoy hay cena en casa de Marc. Te echaré de menos, a ti y al vino, porque seguro que mi hermano y Camino no me dejan ni olerlo.

Me río porque mi mejor amiga es una pésima enferma. Tuvo un accidente con la bicicleta el viernes pasado y como yo no estoy en casa, está quedándose con Marc, su… novio. Voy a decirlo así, ahora que ella no me escucha. Gala es una auténtica matacupidos, en cuanto huele el amor romántico, huye.

Yo: Estaba en mitad de una reunión muy aburrida. Una pena lo tuyo con el vino, yo pienso beberme la botella de champán, cortesía del hotel, mientras cae en cascada por la polla de Gerard.

Cuando le doy a enviar, abro el grifo y lleno la bañera. Normalmente no tengo filtro, pero ahora solo me he venido tan arriba para sacarle una sonrisa, que está convaleciente, la pobre.

Gala: Zorra, no tenías necesidad de ser tan gráfica. Sabes que esa seudoluna de miel se acaba el viernes, ¿verdad?

Me meto en el agua y suspiro con satisfacción. Qué sabia es mi Galita; no solo porque me conoce a la perfección, sino porque siempre sabe lo que se cuece dentro de mí. Sí, quizá me haya dejado llevar un poco estos días por una euforia absurda. Aquí, a tantos kilómetros de casa, Gerard y yo casi nos comportamos como una pareja normal, al menos cuando salimos del hotel. En Barna todo es distinto. Él conserva su piso de soltero y la mayoría de las veces nuestros encuentros tienen lugar allí. Excepto cuando es por algo relacionado con el trabajo, en nuestra ciudad no compartimos paseos, cafés, cenas en pareja, ni demasiados mimos poscoitales. Y no solemos dormir juntos, como estamos haciendo aquí.

Yo: Sí, capulla. Pero seguro que me recuerda durante todo su fin de semana.

¿He sonado arrogante? Puede, aunque no lo diría si no fuera verdad. Gerard es de ese tipo de tíos que siempre piensa con la chorra y, sin duda, la huella que dejo en él a nivel sexual tarda días en borrarse. Nuestra conexión en ese punto es inclasificable. Supongo que, como es lo único a lo que me puedo aferrar, me he convertido en una experta con él. A veces, en mitad de la madrugada, recibo sus mensajes rememorando algún encuentro. Otras, me confiesa que no me saca de su cabeza y que cuenta los minutos para volver a hundirse en mí. Es un cabrón, ya te lo he dicho, porque sabe cuándo tiene que tirar del hilo para que no se rompa. Yo, de momento, no necesito más, o eso es lo que intento creerme. Cuando me como la cabeza en exceso y él incumple sus promesas, aunque sean tonterías, discutimos y suelo cortarlo de raíz. Entonces, pasa a ser el difunto durante unos días. Pocos, porque él siempre resucita y encuentra la manera de convencerme para volver a caer. No suelo arrepentirme de nada de lo que hago, eso es un hecho, así que intento no racionalizarlo todo el rato.

Soy feliz. Comparto piso con Gala. Me gusta mi trabajo. Adoro dibujar, pintar, restaurar objetos antiguos… Y me encanta divertirme. Si él se une a mi fiesta, perfecto. Si él no aparece, que le den. No soy la típica chica que se queda en casa y llora por las esquinas. Aun con esas, y con todos los altibajos, estoy algo pillada, lo reconozco.

Gala: Está bien, el viernes ya le pegamos al vino juntas. Besos guarros.

Yo: Besos guarros.

Tengo un par de wasaps de mi amigo Adrián. A él sí que no puedo enfrentarme ahora. Últimamente, va mucho más a saco conmigo. Adoro su carácter cariñoso y su sinceridad, pero no necesito que sea la voz de mi conciencia desde la distancia, al menos no hasta que regrese a casa.

Dejo el móvil sobre la alfombrilla y meto la cabeza en el agua. Me sumerjo unos segundos del todo para aclararme las ideas. Cuando emerjo y me paso las manos por el pelo para apartármelo de la frente, me llevo un susto de muerte.

—¡Dios! No te he oído llegar.

—¿A qué hora me has dicho que has reservado?

Gerard se ha desabrochado la camisa y ahora se suelta el cinturón, con la clara intención de acompañarme. Su cuerpo, delgado, fibroso y definido, con los músculos marcados y colocados en su sitio, a pesar de no pisar un gimnasio (él es más de club de golf), me deja un poco obnubilada. ¿O será por el vapor? Porque empiezo a ver borroso.

—A las diez.

—Vale, pues entonces mejor me ducho. Si me meto contigo en la bañera, llegaremos tarde.

—¿Y desde cuándo eso es un problema para ti?

Que nos conocemos, y cuando se trata de piel desnuda, nos cambia hasta el apetito.

—Desde que sé que has hecho esa reserva para nosotros hace más de un mes, nena. La atención que le debes a mi polla la podemos dejar para el postre. Tenemos toda la noche por delante.

Se va y abre el grifo de la ducha. Yo abro y cierro la boca, sin articular palabra. Y mira que es bastante difícil hacerme callar a mí.

¿Eso significa que…? ¿Está anteponiendo ir a cenar conmigo a…?

Follar, Zoe, se dice follar.

No seas boba.

A ver, no estoy haciéndome ilusiones, lo que pasa es que me sorprende que anteponga uno de mis deseos al suyo, que siempre es el mismo: oírnos jadear.

Venga, céntrate. Quizás es que tiene hambre y solo quiere matarla.

Perfecto. Entonces, lo de esta semana sigue siendo…

Irreal, Zoe.

Irreal.

SIGUE EL LÍO

Aquí estoy de nuevo. No, no he llegado a desaparecer del todo, pero he estado algo ausente por aquí. Espero que podáis perdonar mi falta de actualización del blog, pero es que publicar dos novelas seguidas en tres meses ha sido una verdadera locura. Sobre todo por la repercusión la segunda, que ha sido brutal e inesperada, y que me ha tenido ocupadísima durante muchas semanas.

Como ya os dije, mi calendario de publicación para este 2022 no estaba pensado así. Lo que pasa es que las oportunidades surgen cuando menos te las esperas y si eso sucede, no puedes desaprovecharlas. La mía apareció cuando mi muso habló en su Instagram sobre mi novela y yo me dejé arrastrar por la inercia que desató, que es la que me ha traído hasta aquí. He llegado lejos. Bastante más lejos de lo que esperaba. Han sido cuatro meses intensísimos, en los que he disfrutado un montón viendo mi libro en miles de rincones y manos. He petado las ventas, he conseguido superar el millón y medio de páginas leídas en un mes y he llegado a nuevas lectoras de todo el mundo. Así que el balance es más que positivo. ¿Acerté? Yo creo que sí.

Probablemente Entre (a) mar y (a) mar.TE tenía que haber tenido algo más de tiempo para brillar sola, porque sigo pensando que es la novela más madura y más completa que he escrito. Aun así, creo que una historia ha retroalimentado a la otra y casi han caminado de la mano hasta llegar aquí. Por cierto, si eres de las que solo has leído NY, te estás perdiendo lo mejor de mi esencia.

Ahora, con un poco más de calma después de pensar en todo lo vivido, es hora de afrontar el resto de meses que quedan de este año, que no son muchos. Por eso quería pasarme por aquí para contaros que me animaré a publicar mi siguiente novela antes de que termine este 2022.

El universo de Zoe (teñido de color naranja) es un spinoff (aunque se me ha ido de las manos la extensión) de una de mis novelas más especiales: El camino de Gala. Creo que desde que conocisteis a esta pelirroja, a ratos peligrosa, en la novela de 2019, no habéis dejado de insistirme para que contara su historia. Pues podréis conocerla dentro de muy poquito. No quiero pillarme los dedos con una fecha todavía, pero será en el último trimestre de este año.

Tengo que reconocer que no ha sido fácil. Han pasado tres años desde que publiqué Gala y he estado muy comprometida y limitada por la voz y las circunstancias que ya vivieron los personajes de este spinoff en la primera historia, por eso he estado a punto de abandonar el proyecto varias veces. Sin embargo, gracias a mis lectoras cero y a toda su ayuda y comprensión, conseguí centrarme en lo que quería contar y mi cabeza y mi corazón hicieron el resto. Ha sido un reto para mí, por eso quizá estoy más orgullosa que nunca. Solo espero que tengáis en cuenta todo esto que os estoy contando antes de leerla.

Y como ya sabéis que mi cabeza no es capaz de parar, pues sigue el lío. Mi nueva aventura, que luego será vuestra, es una serie New Adult de tres libros. Tres protagonistas masculinos. Tres nuevas voces. Tres retos que me hacen mucha ilusión y que me obligan a salir de mi zona de confort (nombre trilladísimo). Pero ahora no quiero aburriros ni poneros los dientes largos, porque este será mi proyecto para el 2023. Así que disfrutad de todo lo que venga antes, porque hay pluma de Lacadelo para rato.

Muchísimas gracias por seguir a mi lado.

Nos leemos…

BIENVENIDOS Y GRACIAS

Ayer fue vuestro día y todavía sigo con una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Joder, me hacéis tremendamente feliz. Y no lo digo solo por los protagonistas de mi novena novela, sino por vosotras, que estáis contando los minutos siempre para leerme. Y para leerme bonito, que eso es lo mejor.

Llegasteis y arrasasteis, como el huracán Gaby en cuanto pone un pie en Manhattan. Y antes de irme a dormir ya los habéis dejado en el número uno de Amazon. Una vez más gracias. Gracias de corazón.

Como ya os he dicho con anterioridad, es mi novela más peliculera, porque tiene muchísimos más ingredientes que las otras y porque la he escrito precisamente para haceros soñar.

Ahora solo espero que la disfrutéis, que vibreis con cada página, que os metáis en la piel de su protagonista, y que os emocioneis con todo el #amordelbueno que he intentado transmitir.

Yo por mi parte solo os diré que voy a seguir soñando. Grande y bonito.

Un beso enorme y gracias por la acogida.

Nos leemos…