UNIVERSO LACADELO- ESPECIAL NAVIDAD

Barcelona, 25 de diciembre.

Me estiro el vestido verde—verde esperanza, dicen— y me atuso la melena en un gesto demasiado nervioso para tratarse de mí.

<<Vamos, Zoe, es solo una exposición>>.

<<Bueno, solo, solo… >>.

Si me respondo a mí misma mal voy, ¿no?

A priori, sí, es solo es una exposición, pero para ser más explícita es: LA EXPOSICIÓN. Lo enfatizo porque hoy, con esta muestra, se inaugura la galería más cool de todo Barcelona.

Mi pequeña aportación va a compartir espacio con las obras de unos artistas que son…Uf, son la hostia.

Vale, vale, perdonadme, que no quiero hiperventilar tan pronto.

— ¿Preparada?—me pregunta Ana, mi jefa, que viene hasta mí de la mano de su chica, Angels, que además es la dueña de la galería. Ha sido tan iluminador conocer a estas dos mujeres, que solo puedo guiñarles un ojo y asentir.

—Pues haz los honores—me anima la galerista.

Con un ligero temblor en los dedos quito el cerrojo y abro la puerta de la “Love Art Gallery”, en pleno barrio del Born, a solo tres portales de mi casa.

El local, con un diseño industrial y minimalista, tiene dos salas enormes para dar cabida a cualquier muestra de arte.

Hoy, el lado derecho lo ocupa la pintura. La nueva colección del escocés,  Alan Scott—un pedazo de artista y maromo, el cabrón me tuvo media adolescencia loquita por sus huesos—, ya luce sobre las paredes blancas. Junto a sus cuadros abstractos llenos de vida está mi granito de arena; cuatro lienzos de tamaño considerable que no sé cómo he sido capaz de terminar a tiempo.

El lado contrario, el izquierdo, está destinado a la fotografía, para diversificar un poco. Angels ha conseguido reunir a dos magníficos fotógrafos que nos tienen nada que ver. Uno es el arquitecto, Axel Rivas, que en esta ocasión expone su última colección de edificios singulares, os lo aclaro porque quizás también le conozcáis por su afición a la fotografía erótica, una lástima no poder disfrutar de esa temática hoy. Y el otro es Andrea Bianco, uno de los mejores retratistas del mundo de la moda ahora mismo y, además, casualidades de la vida, amigo íntimo de Alan. Ya sabéis ese dicho de: Dios los cría y el arte los junta.

Ah, esperad, que igual no era así…

Los primeros en pisar las losas de piedra del interior de la galería son Axel y Lía, su mujer. Bueno, me han chivado esta mañana cuando los he conocido que no están casados ni intención tienen.

—Hola, ¿qué tal?— me saludan.

—Aquí, esperando a los invitados, un poco atacada.

—Tranquila es normal—me dice él—. En cuanto expongas más veces lo llevarás mejor.

—No sé si seré capaz de volver a coger un pincel—confirmo con desgana y se ríen al ver mi gesto de frustración.

Joder, cuando se quitan los abrigos y los dejan en el perchero me quedo como una idiota, mirándoles. ¡Menuda pareja de guapos! No es por criticar pero ella es un poco mayor que él, aunque apenas se nota. Y ya que me he puesto a darle a la sinhueso os diré que al arquitecto le queda la camisa blanca tan acoplada al torso que os entrarían ganas de arrancársela si estuvierais aquí. Claro que, ella no se queda atrás, el vestido negro con flores rosas que lleva puesto tiene un escote de vértigo que no lo puede lucir cualquiera. Así que, sonrío al ver a Axel desviar su mirada justo ahí, entre sus peras. Solo le falta relamerse.

— ¡Capullos! Podíais haberme esperado, ¿no? Os dije que solo necesitaba un cuarto de hora más. — La voz de una chica alta y morena llama nuestra atención.

—Tú sí que sabes cómo entrar en los sitios, amiguita— exclama Lía y nos presentan a la recién llegada.

Es Julia, su mejor amiga. En un minuto y sin pelos en la lengua, nos cuenta todo el periplo que ha tenido que pasar para llegar hasta aquí desde el hotel.

— ¿Y Claudio?—pregunta Axel.

—Llegará más tarde, es que hemos tenido un percance con su ropa.

— ¿Con su ropa?— Se interesa él.

—Sí, no es aconsejable que os la metáis en la boca sin bajarle el pantalón antes—apunta tan tranquila.

— ¡Joder, Julita!— espeta Axel y pone los ojos en blanco.

— ¿Qué pasa? Cómo si ellas no se hubieran comido una polla nunca. Es solo un consejito que les doy y gratis.

—Nosotras te lo agradecemos, pero no lo necesitamos— responden Ana y Angels entrando en la conversación y provocando que nos descojonemos al ver la cara de Julia.

Vaya, vaya… me da que Julia y yo nos parecemos bastante.

—Toma, bebe y calla— le dice su amiga y le tiende una copa.

—Te lo agradezco que tengo la garganta seca. —Más carcajadas—.Venga, ¿dónde están esas fotos de mi amiga enseñando piel?— pregunta ella eufórica.

—Lee—le dice Axel entregándole el flyer de la exposición.— Hoy toca hormigón y ladrillo, nada de cuerpos.

—Bueno, pensándolo bien, quizás sea lo mejor para evitar otro calentón tonto como el que he tenido antes—resuelve ella y me encanta su naturalidad.

Antes de que se muevan para ir a la sala, entra un pequeño grupo charlando.

— ¡Alberto! ¡Qué sorpresa!, pensé que no vendrías.

Me lanzo a abrazarlo y me choco con la barriga de Oliva que viene cogida de su mano, la pobre está a punto de reventar. Vale, vale, que igual me he pasado un poco, está a punto de ser mamá, no es que se haya puesto gorda la chica sin motivo.

—Mañana no tengo que rodar hasta las seis y Oliva necesita pasear.

—Vaya, no te queda nada, ¿no?— le pregunto y le doy dos besos a ella también.

—Pues no. —Se toca la barriga—. Elisa está a punto de llegar, salgo de cuentas en enero.

— ¿Entonces nacerá en Barcelona?

— ¡Qué remedio!, Alberto no quiere perdérselo por nada en el mundo y el rodaje durará unos meses todavía.

—Hay otros cagones que prefieren que les pille de viaje— dice una chica rubia que viene con ellos y mira achicando los ojos a su acompañante.

Sus amigos se ríen y Oli me los presenta. Son Sara, Raúl y detrás de ellos, Rocío.

— ¿Qué pillasteis una oferta?— pregunto al ver que Sara también tiene un bombo considerable.

—Sí, menos mal que ese día yo no fui de compras—apuntilla la morena y sus amigas niegan con la cabeza.

—No, Ro es más de ir de tienda en tienda, mirar, tocar y no comprar nunca nada— afirma Raúl y la aludida le mete un pequeño guantazo.

—Un poco de paz, chicos, que nos sube la tensión— rebate Oli y su chico la besa y la mira desbordado de amor.

Oh…

Alberto y yo hemos coincidido en alguna campaña publicitaria más desde aquella primera vez para la marca de jeans. Me parece que hace un siglo de aquello y la verdad es que como pertenece a mi etapa en la otra agencia, con el difunto resucitado, no me mola mucho recordarlo. Ahora os confesaré que él sigue tan impresionante como siempre, el chico envejece como el buen vino, y ella sigue siendo un amor. ¡Menuda pareja bonita, coño!

Les presento a Axel y compañía y se ponen a comentar algo sobre la casa de Alberto en Asturias que él diseñó. Desconecto cuando Ana y Angels descorchan un par de botellas de vino más y nos sirven unas copas. Las que vienen con premio solo beben agua, pero yo le pego un buen trago a la mía.

— ¿Ese es Alberto Vega, el actor?—me pregunta Julia cerca del oído, como si nadie se hubiera dado cuenta de la radiografía que le está haciendo.

—El mismo— respondo haciéndole un repasito yo también.

—Madre del amor hermoso, en persona es…— suelta sin cortarse y se empieza a abanicar con la mano.

— ¿Todavía tienes calor? Pensé que después de lo de antes. — Un chico moreno y alto, con mirada canalla, viene de frente hacia nosotras con una sonrisa lobuna.

—No, Dío, a mí solo me acaloras tú— rebate ella melosa y me aguanto la risa.

Este tiene pinta de ser el de la comida de berenjena.

—Claro, nena, por eso me tuve que tragar la serie de ese tío—señala a Alberto con la cabeza—, del tirón, porque no te ponía nada, ¿verdad?

—Venga, va, solo un poco. Por cierto, me gustas con ese vaquero.

—Era este o venir en calzoncillos.

— ¿Os queréis comportar?— interviene Lía cuando los escucha.

—Sí, zorri. — Julia junta las manos a modo de perdón—. No vayas de inocente ahora que tú y el Alegrías podrías encender las luces de Navidad de toda la cuidad con vuestra puta electricidad, que no se os agota nunca.

— ¿Me llamabais?— pregunta Axel acercándose por detrás y arrimando su pelvis al trasero de Lía, sin cortarse ni un pelo delante de todos.

<<Joder, un poquito de consideración para las que estamos muertas de hambre, ¿no?>>

—Vecino, recuerda comportarte, que hoy eres el artista— le advierte Lía.

—Por eso mismo no te estoy empotrando contra esa pared, princesa.

—Bueno—carraspeo con algo parecido a la envidia, qué coño, es envidia—. Bienvenidos, estáis en vuestra casa.

Me alejo de ese puto foco de calor y voy hasta la puerta para recibir a Galita y a Marc.

—¡Hola, chicos!

—¡Vaya, Peligrosa! Esto está hasta los topes. — Marc echa un vistazo rápido y asiente con aprobación.

—Guau, ha quedado muy bonita— afirma Gala mientras se gira a mirar todo.

Ana y Angels vienen a darles dos besos y de paso se llevan sus abrigos.

—No os los llevéis muy lejos— las advierte Marc—, nos vamos a ir enseguida.

— ¿Enseguida?— inquiero con sorpresa.

—Tarde de navidad y sin niños, Peligrosa. Gala tiene la llave de tu piso y yo tengo un millón de ideas para divertirnos.

—El arte también es diversión, capullo.

—El arte es ver como tu amiga se quita poco a poco ese puto vestido y yo paseo mi lengua desde su nuca hasta su precioso culo.

—Joder, ¿pero qué coño os pasa a todos hoy? ¿Qué cojones os han dado en la comida de Navidad? ¿Burundanga?

—No, solo ganas— replica Marc.

Niego con la cabeza. Estos dos juntos son una olla a presión, pero de pasión y sexo. No conozco a nadie que se tome más en serio lo de dedicarse minutos para ellos, siempre. Da igual que tengan a Santi y a Laia, que muchas noches también se queden con mi hija, Triana, que no se separa de su amigo del alma, o que a veces los trabajos les estresen, incluso que el resto de la rutina los devore, ellos nunca dejan de guardarse momentos a solas. Los idolatro, muy mucho.

—No le hagas caso, por supuesto que no te vamos a dejar sola. Estás muy guapa, peli. Ese vestido te queda genial, ya veo que al final has escogido el verde.

—Sí, por eso de la esperanza, ya sabes—afirmo con voz queda.

—Hola— Su voz, grave y profunda, me hace darme la vuelta para comprobarlo con mis ojos. No pensé que iba a venir. Eso que late es mi corazón.

—Ho…hola—titubeo nerviosa y ahora mismo me parece que el mundo se detiene y solo estamos él y yo —.No sabía que ibas a venir.

—Yo tampoco. —Cortante, rotundo, silenciador—.Estás muy guapa. Bonito vestido.

—Me lo regaló alguien con mucho gusto— respondo coqueta buscando una pequeña señal en sus labios—.Tú también estás muy guapo. Ya veo que la soltería te sienta bien.

—Zoe…

—Lo siento. Tenerte tan cerca me borra el filtro.

—Tú nunca has tenido filtro— contraataca con media sonrisa.

—Yo nunca he tenido paciencia, Adrián.

—Pues conmigo la vas a tener que tener. ¿Qué tal está mi… Triana?

—Tú niña, Adrián, ella sigue siendo tu niña.

Puedo sentir la punzada en la boca del estómago. Su mirada apagada. Mi dolor. Su gesto serio. Mi pena. El sonido de nuestras respiraciones intentando coordinarse. El murmullo de un silencio que encierra muchas cosas. No sé cuánto tiempo podré soportar su ausencia.

—Mañana paso a buscarla por la tarde, si me dejas…

—Claro que te dejo, Adri, yo también quiero que me busques, ¿sabes?

—Disfruta de tu día, Zoe— responde lacónico y me acaricia la mejilla antes de ir tras Gala y Marc, que hace rato que se han escaqueado entre el gentío.

Respiro hondo un par de veces y como la gilipollas que soy, me vuelvo a colocar el vestido. Su favorito.

<<Verde… ¿qué? >>.

<<Esperanza decían, no te jode>>.

—¡Vaya, cómo se nota que no eres inglés!—Me adelanto para sujetar la puerta a los que llegan tarde.

Alan y Andrea entran en este instante con sus respectivas chicas y otra pareja más.

Presentaciones y besos por doquier. Gala se acerca a saludar a Nora, la chica de Alan, solo espero que no se pongan a hablar del próximo libro que publicará porque estas dos hablando de literatura aburren a cualquiera. Caminamos hasta la sala de pintura y comentamos cada cuadro en tono relajado.

—Pues hasta aquí las obras del artistazo. — Hago el gesto con la mano después de pasar por los cuadros de Alan— .Y aquí, las de la artistilla, o sea, servidora.

Me abuchean un poco por pecar de modesta y enseguida se ponen a echarme flores. Se lo agradezco con una reverencia aunque no me lo termino de creer.

— ¿Estás bien?—me pregunta Gala cuando ve que no puedo dejar de mirar a Adrián, que ahora charla con Úrsula, la amiga de Nora, delante de uno de mis cuadros.

—Solo a medias.

—Que haya venido ya es un paso, ¿no crees?

—No lo sé, neni. Con él ya no sé nada.

— ¿Ese es Alberto Vega?—me pregunta Úrsula cuando pasa por mi lado.

—El mismo— respondemos Gala y yo entre suspiro y suspiro.

—Y esa su mujer, Ursulita, que nos conocemos— puntualiza Nora a su amiga, por si acaso.

—Joder, pero a qué clase de sarao me habéis traído, ¿todos están pillados?

—Yo no y encima duermo contigo.

—Sí, Robert, lo nuestro debe ser: la maldición de la última habitación— espeta ella a su amigo mientras pone los ojos en blanco.

—Yo creo que lo hace a posta.— Se carcajea Alan y le guiña un ojo al tal Robert.

—No tuviste quejas la última vez— deja caer él y Úrsula chasquea la lengua.

Comprobado, hoy ninguno va a pasar hambre, excepto yo.

Me cojo una copa de vino y doy un par de sorbos mientras me acerco a la exposición de fotografía. Saludo a Andrea y me presenta a una chica que está hablando con él, es Sira Flores, una fotógrafa aficionada que está empezando a exponer, viene con su chico, Noel, y os juro que tengo que hacer un esfuerzo enorme por escuchar lo que hablan sobre la luz, porque me quedo un poco hipnotizada con la sonrisa de su novio, decir que es de anuncio es decir poco.

<< ¡Menuda concentración de pibones, por dios!>>

—Zoe, ¿puedes venir un momento?

—Claro, si me disculpáis.— Me despido de los recién llegados y me acerco hasta Angels.

—Mira, esta es Vega Sáez y este es su cliente, Nicola Basso, un gran coleccionista,  acaba de llegar de Nueva York con su chica, Gabriela.

—Encantada— les doy la mano. Primero a ellas y luego a él. Me quedo unos segundos de más disfrutando de su tacto.

Sonrío como una idiota porque, joder, se parece muchísimo a Miguel Ángel Silvestre, que me pone como una moto, para que ocultarlo. De repente, me estoy imaginando cosas, muchas, aunque sean con otra persona que no está muy lejos de aquí.

—Tienes mucho talento— me dice Vega y antes de que continúe hablando, alguien le acaricia la espalda por detrás, es un gesto tan posesivo y sensual que casi lo siento mío. —Elio, esta es Zoe, la artista.

—Enhorabuena, buen trabajo.

—Muchísimas gracias— respondo y pestañeo sin querer, ¿este tío es su chico? Pues tiene una pinta de dar fuerte y flojo que creo que con su voz ya he sentido un pinchazo entre las piernas.

<<¿Perdonad? ¿Hay una puñetera cámara oculta aquí?>>

¿Por qué todos los invitados parecen salidos de una historia de amor del bueno de Lacadelo?

Sí, así, literal. ¿No la conocéis? Pues en serio, si todavía no habéis leído sus novelas os animo a hacerlo. Esto parece un puto libro de ella, de los que empiezas a leer y no puedes soltar. Tiene todos los ingredientes: amistad, familia, amor, mujeres valientes y tíos que te hacen salivar. Una barra libre de maromos. Un cóctel muy intenso y sexi, demasiado sexi.

Creo que necesito salir a que me pegue el aire un poco.

—Espera, Zoe. Yo también salgo.

Su voz otra vez, mierda. Tengo que controlarme para no colgarme de su cuello, aspirar su olor y comerle a bocados. Le echo en falta, muchísimo. Y mi vida y la de Triana no son las mismas sin él.

— ¿Ya te vas?—pregunto con pena.

—Sí, me voy a casa.

—Tu casa está a tres portales.

—Estuvo, Zoe.

— Estuvo, está y estará, Adrián. Nadie más que tú tiene hueco en mi cama y aquí— digo conteniendo una lágrima y tocándome el pecho.

—Mañana te veo— me dice, meditabundo, y en un gesto que acaba por matarme me besa en la mejilla, absorbiendo mi lágrima furtiva.

—Chicos, por favor, entrad que vamos a brindar— Gala y Marc se asoman por la puerta para reclamarnos.

—Yo…— se excusa él.

—Adrián, es Navidad, no puedes esconderte de la magia— suelta su amigo y ladea la cabeza esperando su reacción.

Las chiribitas que me salen de los ojos cuando Adrián entrelaza sus dedos con los míos y entramos cogidos de la mano sí que podrían iluminar Barcelona.

Nos colocamos en círculo y levantamos nuestras copas.

— ¿Por qué brindamos? —pregunta el escocés a grito pelado.

Me aclaro la voz y me envalentono:

—Porque la magia de la Navidad nos encuentre siempre.

Chinchín se oye cuando chocamos nuestras copas.

—Y por el amor del bueno— añade Marc, nuestro perfecto gentleman.

—Por el amor del bueno—repetimos como nuestro verdadero mantra.

                                                                                       FIN

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