Si Nueva York suena, tú y yo bailamos.

Lo prometido es deuda. Por aquí os dejo el primer capítulo de mi próxima novela, para que empecéis a acumular ganas.

No sé la fecha exacta de publicación todavía, pero lo anunciaré prontito.

Disfrutad y contadme qué os parece.

CAPÍTULO 1

NICOLA

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Me quedo como un idiota en el umbral de la puerta, observando cómo se miran, con una mezcla de respeto y devoción. La risa que mamá trata de disimular cuando él le susurra los mismos piropos en el oído, noche tras noche, es el mejor sonido del mundo. Ese hombre fuerte, de cabello oscuro, ojos negros y manos grandes, marca los pasos y ambos se mecen al ritmo de Cosa Della Vita, de Eros Ramazzotti y Tina Turner, como si el mundo fuera solo de ellos. Parece mentira que su jornada laboral haya empezado hace más de doce horas y aún tengan ganas de seguir moviéndose.

Nunca se lo confesaré, pero me encanta verlos bailar.

Papá se gira y me pilla mirándolos, a mí también se me escapa una risa floja, no lo puedo evitar, pero pongo los ojos en blanco, fingiendo que me da un poco de vergüenza ajena la escena. Entonces él, en una clara provocación, se marca un movimiento de cadera mucho más sensual, que termina con un beso sobre los labios de mi madre.

¿Oyes eso, Nicola? Es la vida, que suena. Solo tienes que alejarte del ruido y bailarla.

La voz de mi padre, pronunciando una de sus míticas frases, que bien podrían formar parte de un recopilatorio motivacional, se diluye con los últimos acordes de la canción. Me doy la vuelta para subir de nuevo a mi habitación y acostarme, dejándolos solos unos minutos más hasta que decidan apagar las luces y despedir el día. Estoy a punto de meterme en la cama cuando el suelo desaparece bajo mis pies.

Cuatro disparos.

Cuatro disparos. Dos golpes secos.

Cuatro disparos. Dos golpes secos. Toda una vida.

Empiezo a correr escaleras abajo, lleno de pensamientos y vacío de aire, porque apenas consigo que en mis pulmones entre una pequeña bocanada de oxígeno.

Fiona me llama.

Yo no me detengo.

Grito. Grito más fuerte. Grito hasta perder la voz.

Mi hermana llega hasta mí y llora. Llora cubriéndose los ojos, con desconsuelo, con pavor, con rabia, sin emitir ni una sola palabra. Solo llora. Solo llora.

Me abalanzo sobre sus cuerpos, calientes y ensangrentados, y los abrazo. Hundiéndome entre los escasos centímetros que los separan y juntándoles de nuevo.

Sudor. El mío.

Olor a sangre. El de ellos.

Dolor. Agudo e intenso, del que te traspasa las entrañas y anida en lo más profundo de tu ser; el de mi hermana y el mío, ahora ya solos en este maldito mundo.

Su último baile.

Beep. Beep. Beep.

El sonido incesante de la alarma del móvil me devuelve al presente de golpe.

Otro puto sueño. El mismo puto sueño. Una noche más.

Me siento en la cama como un resorte y noto como las gotas de sudor me resbalan por la frente y por la espalda, estoy empapado. Me froto los ojos con vehemencia, para arrojar un poco de luz a la oscuridad del túnel. Me presiono las sienes y, a continuación, me palpo el pecho, intentando controlar mi ritmo cardiaco.

Respira, Nicola, respira. Ya no tienes diecisiete años.

Inhalo. Exhalo. Giro el cuello a la derecha y luego a la izquierda hasta que cruje, con ese sonido tan característico que da algo de grima. Me quedo apoyado en el borde del colchón, necesito levantarme, pero me tomo un par de segundos de más para calmarme. En cuanto mis pies se posan en la alfombra de cachemira de pura seda, recuerdo que estoy en el ático del Upper East Side y no en casa.

De puta madre.

El vaso con los restos de whisky en la mesilla y la melena de la rubia que está encima de la almohada me recuerdan que anoche me pasé con el alcohol en la maldita fiesta. Y teniéndola aquí, también confirmo que cedí a su capricho.

Mierda. No sé por qué he consentido que se quede a dormir.

Son las seis y media de la mañana y no puedo perder un minuto más lamentándome por mis actos. Me voy al baño y entro directamente en la ducha, sin esperar a que el agua esté caliente, es evidente que no necesito quitarme el pijama porque no lo llevo puesto.

La rubia sigue en coma profundo cuando regreso a la habitación. En el vestidor cojo uno de mis trajes negros y una de las diez camisas blancas —son todas iguales— y me visto con premura. Hago ruido a posta con los zapatos sobre la madera, para ver si se despierta, pero ella sigue sin inmutarse.

Bajo a la cocina cabreado y decepcionado, sobre todo conmigo mismo. Antes de entrar, el olor a café recién hecho invade mis fosas nasales y, automáticamente, me activo.

—Buenos días, Rosy. Llego tarde, solo tomaré esto. —Me estiro por encima de mi asistenta para coger mi capuchino y me lo llevo a los labios, con necesidad. Suele llegar tan pronto por las mañanas que a veces dudo de si no duerme aquí.

—Le he traído bizcocho de limón, señor Costas. Venga, siéntese y cómase un trozo, que no son ni las siete.

Rosy, con su metro cincuenta, su mirada sabia y esos mofletes rellenos y sonrosados, me sonríe. Es consciente de que mi vida es una verdadera carrera contrarreloj y siempre voy con prisa a todas partes. Ahora, me observa, esperando una respuesta. Habrá dedicado su valioso tiempo a preparármelo, por lo tanto, corto un trozo grande con los dedos y le doy un buen mordisco.

—Está delicioso, Rosy. Muchas gracias. Por cierto, cuando te dé la gana me dejas de tratar de usted. —Empleo un tono más serio porque se lo habré repetido mil veces, sin embargo, ella sigue negándose a tutearme.

—Usted lo ha dicho, señor, cuando me dé la gana.

Me río con su respuesta y por ese punto de carácter que ha dado a su entonación. Me toqueteo los bolsillos del traje para comprobar que llevo todo y antes de salir le pido un pequeño favor.

—Por cierto, en mi habitación está mi ropa de ayer y hay otra tarea pendiente de la que te tienes que ocupar, cuanto antes mejor.

Tal y como la miro, sabe perfectamente a lo que me estoy refiriendo.

—¿Con desayuno o sin desayuno? —me pregunta, condescendiente.

—Sin desayuno. Lo siento, ya sabes que no se suele quedar nadie, pero anoche no sé qué me pasó.

—Quizás se lo podemos preguntar a Sinatra. —Me encojo de hombros haciéndome el inocente. Probablemente haya recogido la botella vacía de Jack Daniel´s edición especial Frank Sinatra que dejé tirada en el salón.

—Quizás…—respondo y me aguanto la risa. Cuanta sabiduría cabe en un cuerpo tan pequeño. Es increíble que me trate de usted y luego me eche esas broncas tan de madre preocupada, en fin—. Hoy tengo una reunión muy importante y no puedo esperar a que se despierte y decirle adiós yo mismo—me justifico.

—Tranquilo, ya se lo dice Rosy por usted.

Sonrío y me despido. Miro el reloj otra vez. Joder. En menos de dos horas aterrizará su avión y todavía tengo que preparar algunos papeles antes de la reunión. Es una pena que no pueda estrenarme como niñera hoy.

Marco el código de seguridad del ascensor que me lleva directamente hasta el garaje. Cuando me fijo en mi Lamborghini Urus, cruzado en mitad de la plaza, me doy un golpe mental por haber conducido anoche después de todas esas copas hasta aquí. Arranco y, en cuanto se conecta el bluetooth, llamo a Adam.

—¿Una mala noche? —me pregunta antes de que pueda decir ni una palabra. Genial, aquí está de nuevo, esa maravillosa confianza que suele dar asco. Es lo que sucede cuando aparte de ser mi empleado, es uno de mis mejores amigos.

—Para olvidar, capullo. Te llamo porque tienes que ir al JFK y recoger a la señorita Suárez, ponte un puñetero cartel de esos que llevan los chóferes, como en las películas y tráela lo más rápido posible. ¿Sabes escribir su apellido? ¿O te lo deletreo?

—Soy irlandés, idiota, no analfabeto. Nunca te he dicho que mi abuela materna era sevillana.

—No, que yo recuerde. Mira qué bien, ya tenéis un bonito tema de conversación.

Cuelgo sin despedirme, que para eso la maravillosa confianza también vale.

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