UNA NOCHEBUENA MÁS…

Os traigo un regalito.

“Atención” si no has leído Oli busca el mar no leas esta entrada porque contiene contenido extra con SPOILER.

Si eres fan del profe y aceituna espero que te guste este epílogo ( unos años después) que he escrito para compartir con vosotras hoy.

Disfrutad de ellos y Felices Fiestas

 

 

UNA NOCHEBUENA MÁS…

Suena el timbre y miro el reloj. Con el trapo colgando del hombro y las manos embadurnadas de harina me acerco a abrir. Me gusta cocinar  y como no lo puedo hacer muy a menudo por falta de tiempo, hoy, que es Nochebuena, me he negado a que  lo hagan por mí. Lo que no pensé es que nuestros invitados iban a llegar tan pronto.

Ro y Bruno esperan en el umbral. Guapos, vestidos a la última  y con cara de pocos amigos, eso significa que han discutido por enésima vez. Sí, estos dos mantienen una relación de amor/odio desde hace un tiempo. Ella trabaja como auditora externa para el banco y viaja por medio mundo, con paradas técnicas en Los Ángeles cada dos por tres, donde vive Bruno, que se ha convertido en uno de los actores españoles mejor pagados de Hollywood—todavía recuerdo cuando llegamos él y yo nuevos a la ciudad, cargados de miedos e incertidumbre —. Bueno, pues eso, que ellos tienen un relación de esas intermitentes, hoy sí, mañana no. Ninguno quiere detener sus respectivas carreras profesionales en este momento, pero tampoco son capaces de darse espacio y tiempo, o simplemente, dejarse ir y aceptar que a veces, no tener contacto sería lo mejor para ambos. Así que todos nos hemos acostumbrado a sus vaivenes. Unos días parecen inseparables y otros casi salen en los periódicos. Nosotros, con el paso del tiempo, hemos aprendido a relativizar sus dramas, ojalá lo hagan algún día ellos. Somos conscientes de que se adoran, sin embargo, su amor es tormentoso, explosivo e impulsivo. No te voy a mentir, yo no concibo así la palabra de cuatro letras, pero lo acepto, porque  los dos son mis amigos.

—Hola, Oli—me saluda Ro. Un beso rápido en la mejilla y se va hasta la cocina con las manos llenas de bolsas—.Necesito una copa.

—Pasa y sírvete.

—Hola, jefa. — Ya ves, al final me quedé con ese mote y qué quieres que te diga… pues eso, que en el fondo, me gusta—. Joder, que frío hace en este pueblo ¿no? Estaríamos mejor en tu casa de Malibú.

—Venga, exagerado. ¿Qué le pasa a la morena?

—Mejor pregunta qué no le pasa.

Bruno entra y cierra la puerta con el pie porque también viene cargado. Es verdad que estuvimos dudando hasta el último minuto, pero yo sé que Alberto prefiere pasar las Navidades aquí, en Salinas, no allí.

Esta casa sigue siendo su refugio, su calma, su hogar. A pesar de que aquella también está al lado del mar, es mucho más grande y además en esta época del año, la temperatura es bastante más agradable que aquí, pero la fuerza y la energía que le transmite  su mar Cantábrico no es comparable con lo que pueda ofrecerle cualquier otro mar.

Mientras meten las bebidas en el frigorífico, en el más absoluto los silencios, me acerco hasta la cristalera del salón para avisar a Alberto,  que está cortando leña para la chimenea en el jardín, que ya han empezado a llegar nuestros invitados.

—No salgas que te vas a congelar—me dice soltando el hacha y acercando su cuerpo al mío para darme calor— ¿Ya has metido la cena al horno?

—Todavía no.

Sus manos se cuelan por debajo de mi jersey y me erizan la piel. Está tan guapo con esa camisa negra y roja de franela, que parece un auténtico leñador, me quedo obnubilada mirándole, porque sigue siendo irresistible. Sonríe, con la boca y con los ojos y a mí ya no me importa que se me estén congelando las extremidades.

—Pues venga, que mientras se hace aprovecho y te meto yo otra cosita que tengo.

—Alberto…—intento cortarle, pero su lengua ahora se abre paso entre mis labios hasta dar con la mía. ¡Ay!, sus besos. Sus besos siguen siendo igual de adictivos. En un movimiento de cadera lento me arrima su paquete, para que vea claramente sus intenciones, por si todavía tenía dudas respecto a lo que me quiere meter.

Me empuja caminando hacia atrás para entrar en el salón de nuevo y no puedo zafarme de esos brazos que son mi verdadero hogar. Su beso me envuelve, me enciende y me transporta a nuestra burbuja, esa en la que solo estamos él y yo, esa en la que recibo mi ración diaria de amor en vena, esa que, a pesar de los años, sigue envolviéndonos, porque cuando se trata de nosotros las ganas siguen y siguen acumulándose, sin cesar. Por un momento  casi consigue que me olvide de los chicos.

— ¡Joder! Ahora ya sé porque vosotros no tenéis frío, capullos— espeta Bruno cuando ve cómo me tira encima del sofá y me cubre con su cuerpo.

— ¿Qué coño haces aquí?— pregunta mi marido mientras se separa de mí gruñendo como un niño al que le acaban de quitar su juguete favorito.

—Ya ves, no podía vivir sin ti.

Resopla y me ayuda a levantarme. Él y Bruno suelen comportarse como dos niños la mayoría  de las veces, siempre compitiendo por todo, a nosotras nos hace gracia ver esa guerra de egos en dos hombres hechos y derechos. Me da un último beso con mordisco incluido en el labio inferior.

—He salido a decírtelo—me disculpo con una sonrisa pícara.

—Tú y yo. Antes de cenar. Dentro de ti. — Sus palabras entre dientes conectan con todas mis terminaciones nerviosas y aunque suenan a orden sé que son una especie de amenaza.

Bruno y él meten la leña y encienden la chimenea, mientras mi amiga se sirve la segunda copa de vino en la cocina y yo meto la cena en el horno.

—Profe, ya toy. Let´s go!

—Eli, no has dormido nada—protesta Alberto con una sonrisa de oreja a oreja mientras se acerca a recoger a nuestra hija antes de que llegue al último escalón. Supuestamente, baja de dormir la siesta, pero no tengo ni idea de lo que habrá estado haciendo porque  aparece con su traje de neopreno puesto— la cuesta metérselo un mundo— y descalza, así que su padre solo puede envolverla con sus brazos y descojonarse.

Elisa nació hace cuatro años y no creo que haya un padre más idiotizado con su hija que Alberto. Rubia, rizosa y con unos ojos azules como el mar, es igualita a él, a veces le digo que la naturaleza debió borrar mi ADN de todas sus células durante ese parto interminable de veinte horas. Habla un español con acento yanqui  que hace las delicias de cualquiera que la escuche por primera vez y mezcla el inglés con el español a su antojo, además, como no podía ser de otra manera, está obsesionada con el mar.

—No vas a ir al agua, ahora—le digo mientras besa a Ro y a Bruno.

—Yes, yes. ¿Vamos profe?

— ¿La niña te llama profe?— pregunta Ro sorprendida.

—Solo cuando quiere hacerme la pelota, como su madre— dice Alberto con tonito, ganándose una mirada de hielo por mi parte— .No podemos ir ahora, señorita de la Vega.

Ella pone morritos porque no está muy convencida y su padre le hace cosquillas. El timbre vuelve a sonar y Alberto se acerca con la niña en brazos.

Raúl, Sara y Diego entran llenando la casa de risas y abrazos.

—Estás enorme— le digo a Diego dándole un abrazo gigante, está muy guapo y me encanta la sonrisa que le dedica a mi hija justo antes de abrazarla. Otro que es la viva imagen de su padre.

Sí, Diego es el sobrino de Raúl, el hijo de mi ex y aquella modelo que le puso una demanda por paternidad. La vida es tan retorcida cuando quiere que ella, después de pelear para que Diego le reconociera, le abandonó una tarde de domingo en su casa con poco más de un año. Se iba a casar con un tío que no quería saber nada del niño ni de su vida anterior y ni corta ni perezosa, le suplicó a Diego que se quedara con la custodia completa.

Hace un par de años Diego se fue a jugar a Australia, en Madrid las cosas no iban muy bien y quería seguir ganando dinero con el fútbol, así que, Raúl y Sara decidieron quedarse con el niño y darle un poco de estabilidad. Siguen viviendo en Barcelona y estoy muy orgullosa de mi amiga y de la familia tan bonita que ha formado, porque no todas tienen que ser ideales como en los cuentos. El niño ve a su padre dos o tres veces al año y el mes que tiene de vacaciones lo pasan juntos, incluso, hace unos meses estuvieron en nuestra casa de Malibú. Él estaba cerca por motivos profesionales y Raúl viajó con él para que se pudieran encontrar. Fue raro, pero Alberto y yo también tenemos cariño al niño, que no tiene la culpa de los errores de sus padres, por supuesto.

—Huele de maravilla, Oli—me dice Sara fundiéndose conmigo.

—Mejor sabrá— digo apoyando mi cabeza en su hombro. Ella también es mi casa.

Ponemos la mesa y picamos de todos los platos antes de sentarnos. La puerta se abre de nuevo y llega Lidia con su nuevo novio, un parisino, alto y delgado, que no tiene ni idea de español ni de inglés, así que su presencia será solo decorativa, como las bolas del árbol que está colocado al lado de la chimenea.

La abuela de Alberto falleció el año pasado, una dura pérdida para él de la que todavía se está recuperando, para él y para mí, porque era parte de mi familia. Siempre tan sabia, tan lúcida, tan positiva y tan cariñosa, un ejemplo a seguir. Lo mejor de todo es que pudo conocer a Eli, aunque ella cuando crezca no la recuerde.

Las navidades son exactamente eso, una mezcla extraña de alegrías y tristezas. En todas las casas ocurre lo mismo, los niños ponen las risas, la ilusión y los gritos y los adultos, el silencio, la calma y las miradas que recuerdan esas ausencias sin necesidad de pronunciar sus nombres.

—Por las tres mellizas—brinda Ro con su cuarta copa, no tardará en soltar por esa boca toda clase de improperios, lo veo venir. Sara me pregunta con los ojos si nuestra amiga está otra vez mosqueada con Bruno y yo solo tengo que poner los ojos en blanco unos segundos para confirmárselo.

Chocamos nuestras copas y damos un pequeño trago, Sara hace el amago pero me doy cuenta de que no se moja ni los labios.

Uy, uy, uy…aquí hay gato encerrado.

— ¿Algo importante que me tengas que contar?

—Cuidado a ver si te quema la cena— suelta ella y se va a sentar al sofá al lado de Raúl.

Alberto vuelve y me abraza por detrás, provocando que tenga que separarme de  la puerta del horno para no quemarme las rodillas.

—Tú y yo. Arriba. Ahora. Dentro de ti.

— ¿Estás loco? Tú no has visto cómo tenemos la casa.

Echa un vistazo rápido al salón y sonríe, sé que echa pestes cuando no podemos estar a solas, pero en el fondo, le encanta ver a todos juntos, ahora también han llegado  Tony, Noe  y sus hijos. Nuestra niña está emocionadísima con tantos críos por aquí revoloteando.

—Hermanito, ven que están mamá y Alejandro.

Lidia le reclama y él resopla, se separa de mí y antes de que se aleje enmarco su cara con mis manos y le beso, infundiéndole valor.

—Te quiero, profe.

—Vuelvo en un segundo, aceituna.

Se aparta un poco del bullicio y se asoma a la pantalla abrazado a su hermana, ambos felicitan las fiestas a través de una video llamada a su madre y a su hermano. Ellos se han arrepentido una y mil veces de su comportamiento y han tratado de acercarse a Alberto. Él ha dejado de lado el pasado, o al menos no lo arrastra con aquella amargura, y aunque  las aguas no hayan vuelto a su cauce, sí que han conseguido mantener una relación más cordial, sin grandes muestras de cariño.

Pequeños gestos, ilusiones gigantes, como siempre dice él.

Alberto con los años se ha hecho más fuerte mentalmente, su rutina, su trabajo, ahora desde el otro lado de la cámara, nuestros amigos, nuestra familia, su mar…  Cada día es más consciente de la importancia de vivir y disfrutar de todo lo que tiene ahora, por eso, desde que nació Elisa, se esfuerza por dar la mejor versión de sí mismo y créeme, es increíble verle lleno de luz y lejos de esa oscuridad que llevaba intrínseca.

Y yo estoy orgullosa y feliz, igual que espero que esté él de mí. Adoro mi vida a caballo entre Los Ángeles y España y mi trabajo. Represento a muchísimos actores, viajo, me relaciono con un montón de gente del mundo audiovisual, negocio y me vuelvo loca buscando nuevos talentos. Me encanta conseguir, en la medida de lo posible, que mis chicos y chicas consigan sus sueños, como yo sin darme cuenta he conseguido el mío.

Alberto me ayuda a servir todo y nos sentamos en la mesa. Brindamos y nuestros amigos piden mucha salud para el cine americano, porque eso significa que podremos seguir invitándoles a nuestra casa en Malibú. Menudos cabrones.

Antes de servir el postre Alberto me tira una copa de vino por encima del jersey, sin querer queriendo, ya me has entendido. El líquido está frío y me levanto como un resorte porque me ha calado hasta el sujetador. Mientras todos gritan alegría y aplauden sin darle mayor importancia, él, muy gustosamente, me sigue por las escaleras hasta nuestra habitación.

— ¿Te ayudo, aceituna?— me dice meloso, con su voz más ronca, esa que conecta con todo mi ser.

—No hace falta, profe, muchas gracias.

Y sin que mis manos lleguen al dobladillo de mi jersey para sacármelo por la cabeza ya lo han hecho las suyas. Le miro y me mira. Nos lo decimos todo sin palabras. Botones que se desabrochan, prendas que vuelan, un maravilloso olor a mar y nuestra piel.

—Tú y yo. Ya. Dentro de mí.

—Joder, cenicienta, como me pone cuando cambias el cuento.

 

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