ESPECIAL NOCHEVIEJA (PARTE IV)

            Londres, 31 de diciembre.

            Cierro la puerta del frigorífico y antes de regresar al salón con la botella de champán para nuestros invitados, me doy de bruces con ella. Su sonrisa nerviosa, su olor a jazmín, ese que desata mis instintos más carnales, y su mirada, oscura y cargada de vértigos, concentrada en la mía, me hacen tambalearme. Está… Joder. Está tan guapa hoy que tengo que contenerme, mucho, demasiado, o terminaré cancelando esta cena y mandándolos a todos a sus respectivas casas.

            —Deja de perseguirme, Little.

            —No estoy aquí por ti. He venido a por agua.

            —Claro, y entonces, de manera casual, te has chocado conmigo. —Sujeto sus manos y las poso sobre mi pecho. Se muerde el labio por un lado y suspira.

            —No, me he tropezado con tu desmesurado ego, que con el paso de los años crece. Un día no vamos a caber en tu casa.

            —Nuestra casa —la corrijo.

            —Nuestra casa.

            Sonrío y me acerco más para estrecharla entre mis brazos. Trata de zafarse, pero su fingido desinterés se volatiliza cuando mi boca se posa sobre la suya. Noto como su respiración se acelera.

            —¿Te quieres tranquilizar? Estarán a punto de llegar.

            —No puedo. No la veo desde hace casi un año, Al. Estoy nerviosa.

                        Lo sé. Lo sé.

            —¿Ya estáis frotándoos otra vez? Joder, no sé por qué no he cogido un avión y me he pirado a alguna playa paradisiaca y solitaria —espeta Úrsula y se mete entre los dos para separarnos.

            Hay cosas que continúan igual, por muchos años que pasen. Su animadversión a las relaciones y a las muestras efusivas de cariño siguen sin ir con ella. Se mudó hace meses al apartamento que dejó Dafne a unos metros de nuestra casa, porque le resultaba más cómodo que el nuestro, pero sigue pasando más horas con nosotros que allí. Ahora vive a caballo entre Madrid, Londres y Nueva York; sí, ha añadió un destino más a su ajetreada vida laboral, y, quizá por eso, cuando está aquí, prefiere no estar demasiado tiempo sola.

            —En el fondo te gusta ver que los demás se quieren, Ursulita —le pica Nora.

            —Sí, muy en el fondo.

            —Perdón, Jules quiere una tónica y no quedan en la mesa. —Robert entra en la cocina y nos interrumpe.

            No me pasa desapercibida la mirada que le dedica nuestra amiga antes de poner los ojos en blanco y bufar, se gira con brusquedad para pasar por delante de él y regresar al salón.

            —¿Han llamado al timbre? —pregunta Nora atacada y se va escopetada a abrir.

            —¿Qué pasa con Úrsula? —le pregunto a Robert.

            Mi amigo y ella tuvieron algo, algo sin definir. Quisieron llevarlo en secreto y mantenernos a todos al margen. Más o menos lo intuíamos, pero preferimos no inmiscuirnos en su intimidad. Creo que aquello se les fue de las manos, eran muy amigos y se llevaban de puta madre, en cambio, desde que Robert empezó a salir con Jules, hace unos meses, no se soportan y parece que no pueden compartir el mismo espacio. 

            —Nada.

            —Ya.

            —Acabará entendiéndolo —sisea como si supiera que estoy al tanto de lo que les ocurrió y me deja con la palabra en la boca.

            Le preguntaré un día, pero no hoy.

            —Son Becca, Margot y Roy —me anuncia Ele y salimos al salón para seguir recibiendo a los invitados.

            El niño viene corriendo a abrazarme y me lo llevo a la cocina para darle su  chocolatina favorita. Sus madres son de la liga anti azúcar y no hay cosa que me guste más que malcriarlo, solo para escuchar cómo me ponen verde.

            —¡Alan! —se queja la pelirroja cuando le ve relamerse el chocolate que le ha quedado en el labio.

            —Es la última del año. Lo prometo.

            Me mira mal, pero me la gano envolviéndola con mi fuerte brazo y acariciando su barriga. Becca sigue siendo mi gran apoyo, no solo en el trabajo, también fuera de él. La familia que ha formado con Margot es increíble y, además, está a punto de ampliarla, porque está embarazada. Esta vez va a ser ella quien tenga a su próximo bebé y durante su baja seré el director de la escuela, así que también le hago la pelota todo lo que puedo, pero con disimulo.

            El timbre vuelve a sonar y nos piden ayuda desde la puerta. Son Dafne y Gio, cargados con las bandejas de la cena. Han preferido cocinar en el restaurante y traer todo preparado ya. La mesa está puesta, pero lo dejamos en la cocina mientras esperamos al resto de invitados. Estos dos siguen igual de locos el uno por el otro, es como si vivieran una luna de miel continua. Es extraño, porque, además de compartir la pasión por los fogones, comparten el trabajo en el restaurante, en el que invierten muchas más horas de las que deberían, y eso, en vez de alejarlos, les ha unido todavía más. El café Havana se lo ha traspasado a una prima cubana que ha recalado en Londres, afortunadamente, tiene la misma mano con la repostería que Dafne.

            —¿Ya han llegado? —nos pregunta la cubana igual de nerviosa que Ele.

            —No, todavía no —responde ella.

            —¿Pero han aterrizado, no? Con la cena no me ha dado tiempo a mirar el móvil.

            —Sí, tranquila. Estarán al caer.

            Lleno las copas de todos con el champán y hacemos un brindis sencillo.

            —Cheers.

            Nos quedamos alrededor de la mesa de pie y suena mi móvil. Es una videollamada de Andrea. Está en Italia, con Antonella y su familia. Jamás pensé que mi amigo caería así, con todo el equipo. Es verdad que en la boda de Dafne ya apostamos por la duración de su relación, pero en el fondo, ninguno tenía muy claro que ella fuera a ser la definitiva. Se lamenta por no estar con nosotros y termina hablando en italiano con Gio, muy acalorado, como suelen hablar entre ellos normalmente.

            —No me jodas. ¿Ha dicho la palabra boda? —le pregunto después de que cuelga porque he entendido parte de su conversación.

            —Sí, pero es la de mi hermana, no la suya.

            —Joder, qué susto.

            Gio y yo nos miramos, cómplices, y nos llevamos la mano al bolsillo. Sacamos unas cuantas libras y nos descojonamos cerrando la siguiente apuesta sobre su próximo enlace, que no tardará en anunciar.

            —Hola, ya estamos aquí…

            El timbre no ha sonado en esta ocasión. Claro, nos habíamos olvidado de que ellos tienen llaves.

            Nora se lanza al cuello de Lara y Dafne al de Evan. La imagen es… Buah, la imagen hace que se me empañen un poco los ojos, solo un poco. Pestañeo, porque no me reconozco. ¿Cuándo me he vuelto tan moñas? Vale, no se lo digáis, pero yo también los he echado de menos. Los chicos han estado viviendo en Estados Unidos todo el año y, al final, por una cosa o por otra, no hemos podidos verlos hasta hoy. Saco mi móvil y les hago unas fotos, a continuación, se las envío a Manuel y a Lucía, les encantará ver a su hija y a su nieta juntas de nuevo.

            —Estás… estás muy guapa, cariño. Ven aquí. Déjame mirarte.

            La mira y la toca, como si quisiera comprobar que es real.

            —Mamá, por favor. Vas a ahogarme.

            —Yo también quiero. —Úrsula se acerca a ellas y se abrazan las tres un buen rato.

            Gio choca su mano con Evan y yo hago los mismo. Lara aparta a todos cuando la agobian mucho y me sonríe con entusiasmo. Es mi turno.

            —¿Se ha puesto muy pesada? —Me pregunta refiriéndose a su madre mientras la estrecho entre mis brazos.

            —No más de lo que se pondrá cuando se lo cuentes.

            —¿Qué tienes que contarme? ¿Y, por qué tú lo sabes?

            Mierda. Ele me mira a mí, luego a su hija y después a Úrsula, suponiendo que ella está al tanto también de lo que sea que nos guardamos. Efectivamente, Lara nos lo contó a los dos, porque sabe que somos el mejor filtro antes de llegar a su madre. Ella y Evan van a regresar a Estados Unidos y quieren vivir allí por lo menos un año más, pero no se ha atrevido a contárselo todavía. Así que Ele se piensa que han vuelto para quedarse.

            —Mejor cenamos primero, ¿no? —dice Lara dubitativa.

            —Sí, no vaya a ser que a mi Norita luego no le pase la comida.

            Se van todos a sentarse a la mesa y Ele tira de mi mano, para encerrarnos en el baño.

            —Al…

            —Little… —La acorralo contra la puerta y me inclino para quedarme a un centímetro de su boca. Nos miramos a los ojos y aunque sé que hace tiempo que el vértigo dejó de acompañarla cada día, ahora, atisbo una pequeña sombra sobre su iris. 

            —Se va a volver a ir, ¿no?

            —Sí, pero ¿tú los has visto, Ele? Joder, irradian felicidad y son jodidamente perfectos. Dan puta envidia.

            —Lo sé. —Se tapa la cara con las manos.

            —La vamos a echar de menos, pero tienes que dejarla volar. —Llora y a la vez sonríe. Le limpio las lágrimas que caen por sus mejillas—. Yo sigo estando aquí para ti, Ele, no lo olvides. Y seguiré volando contigo.

            Paso el pulgar por su boca. Ella arquea una ceja, porque sabe que de ahí a que mi lengua se cuele entre sus labios y arrase con todo, solo hay un paso. Un pequeño paso, que por supuesto doy, porque besar y encender a Ele es un placer del que nunca me canso.

            Sus súplicas para que pare o vendrán a buscarnos, mueren en mi garganta, Y sus piernas apenas pueden aguantar el equilibrio cuando mis manos se abren paso entre sus muslos.

            Mis dedos.

            Mi boca.

            Mi piel.

            Mis te tengo.

            Mis te cuido.

            Sus te quiero.

            Sus jadeos.

            Sus temblores.

            Sus besos.

            Sus latidos.

            Adiós vértigo, ya puedes irte por dónde has venido.

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